martes 2 de febrero de 2010

Presentimientos sobre un viaje

.

Son las 17:00 hs. justo cuando veo, siento y presiento, lo que ocurrió y ha de ocurrir.
Relamianse mis tripas, se avecinaba el escape. Algo parecido a la angustia apretaba el pecho, decía que no le era yo inmune a lo que venia. Iba a ser mas o menos así.
Saldría con unos cuantos otros como yo, a la hora indicada en el boleto. Horarios, trasbordos, asientos, equipajes, días, personas, lugares, kilómetros, todo y absolutamente todo numerado, calculado, cifrado, como por alguna matemática ordenadora del mundo, de la realidad, esa de la que algunos aun intentan escapar, incluso en este viaje que se formó por alguna atrocidad del destino.
Entonces partimos, y fue la ruta, fueron las paradas, la casa de algún amigo lejano pero cercano, el centro de alguna ciudad de pasada, compras, más números: 17:30 hs., asientos 46, 47, 48, 49, 50, 51, 52, etc., un vehículo con 64 pasajeros, individuos, personas, mucha gente para un lugar tan limitado, tan numerado.
Otro país, otra gente, otro lenguaje, otro dialecto, tonada, costumbres, y hasta otra mirada en el trato. Las ciudades y sus formas, sus disposiciones, sus historias, y aquellos que cargan con las propias historias, que se avecinan a transitar aunque sea una mañana de lluvia, con algunos mates, unas dos horas. Las terminales y la espera, la peor parte de nunca llegar a destino.
Por fin el aviso, la parada indicada en el boleto, el pueblo anhelado, la tierra, el pasto, la arena, el mar, la parada del primer destino. Bajada apresurada, carga de equipajes al hombro, sueño, y la incertidumbre de estar en un lugar remoto y desconocido, donde casi no se advierten los números. “Qué hacemos” es lo mas oído, lo que evoca que hay que hacer algo, ir a algún lado, en vez de estar parados en la calle. Ahora si, a buscar un techo. Pueblo manso, sin demasiadas preocupaciones por llenarse de asfalto o cemento, por iluminarse con la electricidad, o por llenarse de vidrieras, telones de una cultura que va en detrimento y que se intenta alejar lo más posible de este lugar que dicen se llama Valizas. Un lugar donde lo sucio todavía no causa tanta repugnancia, o se ha hecho costumbre, o como gesto reaccionario nunca se ha apagado. Las calles terminan en la nada, o en alguna casa, algún rancho, alguna cabaña, hecha mas o menos con una arquitectura bastante rustica, sino algo desprolija y malhecha. Un grupo de borrachos anima la llegada de los turistas desde la placita central, un triángulo apenas más grande que el patio de alguna casa. Ellos representan el comercio de la zona, el que buscan todos afuera de los almacenes y despensas. Se dificulta conseguir techo, caminamos todo el pueblo, con un mapita hecho por algún extranjero con nombres, no de calles, sino de personas. Entonces por esta calle, doblando a la izquierda, buscas a Teresa, y no la avenida San Martín. Al final de una hora ya teníamos caminado el pueblo entero, y conseguido un techo, una cama, un baño, una cocina, eso que es tan común para nuestra cotidianeidad, nos causó tanta alegría conseguir, supongo que no podemos abandonar ciertas cosas del “estilo de vida”, ese patrón que en la ciudad mide la miseria. Se abre el cielo, el sol nos quema la nuca y los antebrazos, es hora de dejar la ropa e irse al mar.
Caminamos una cuadra, subimos un médano, tal vez dos, llegamos a la orilla, dejamos las cosas tiradas en el piso, y sin ninguna otra preocupación, corrimos en una carrera hacia las olas. Un salto, dos, y caímos derribados por una rompiente, el frío del mar, nos recibe, y le damos un buen abrazo, estrechamos nuestros cuerpos, y las tripas dejaron de relamerse: por fin llegamos, a esos momentos de la vida que nos hacen sentir de algún modo aproximado la felicidad, el llegar a destino en un viaje. Y una vez en el lugar donde consiguiéramos techo, me hubo de dar la certeza de que el comunismo es mas un estilo de vida que crea política, antes que una política que crea estilo de vida: la comida, las habitaciones, los baños, los patios, las mesas, las sillas, los utensilios de cocina, la comida, el agua, el alcohol, el tabaco, la residencia, y la vida, se comparte, se vivencia en grupos humanos, formados al azar o con antelación. Da igual, el hecho es que no hay otra forma de ser en este lugar.
La noche es oscura, naturalmente, da toda la impresión de que ahí es donde estuvieron tantos creadores de mitos e historias sobre las cosas que anidan en la oscuridad. Y cuando se ve bien no hay más que personas, gente, individuos, caminando por las calles, bebiendo, fumando, riendo, cantando, gritando, bailando, todo espontáneamente, deliberadamente, ya no hay números que representen a nuestros equipajes ni a nosotros, somos otra vez nombres, apodos, caras, imágenes, cuerpos, danzando, fumando, bebiendo, cantando, gritando, en la oscuridad, dejando en cada paso por esas calles, algo más que un rastro imperceptible, bajo ese cielo que aumenta cuando no hay luz humana, el mar de noche: “La oscuridad, cerca de mí hoy, tus ojos son el sol. Viento lunar, en tu respiración, i live in paradise”.
Nuevamente el día, el colectivo, el equipaje al hombro, cosas de viajantes, cansados de descansar, partimos hacia destino final, pero esta vez sin numero, parados en un colectivo lleno de incontables personas.
-Es una casa con techo azul- nos indicaron, -está en la entrada-. Y ahí estaba, mirando hacia la ruta, a ver cuando llegábamos. Traíamos encima mucha oscuridad, mucha aceleración, poca realidad, y esa casa nos dijo que deberíamos de sentarnos a descansar, y sin dudarlo, algunos se acostaron donde hubo lugar, con la brisa que traía al mar consigo, la primer siesta afortunada y cómoda en mucho tiempo. Este lugar lo llaman Punta del Diablo, y según cuentan aquí una viuda hubo de sufrir el infortunio, la consecuencia, de un naufragio, la pérdida de su amor, a quien esperó por mucho tiempo en una casa, que se convirtió en faro, alrededor del cual emergió un pueblo pesquero, y hacia el cual emprendimos el escape.
Lo presentí, el paisaje era abrumador, el sol parecía estar a mil metros encima nuestro, no había nubes, y la tranquilidad era suprema.
Son las 19:30 hs., debo irme, el colectivo parte a las 21:00 hs., tengo el asiento numero 42, ya tengo ahorrado un poco de humor, y algo de dinero, me voy al mar, mis tripas se relamen.

.

.

Por Chespi

domingo 20 de diciembre de 2009

Ser humano en el beso

Al azar preguntándonos sobre una cama. Todo cuanto sea alegría. Miles de besos a la madrugada. Tardes omniscientes en medio del tormento. Al azar está hecho el destino de los que tienen el ansia de encontrarle sentido a todo lo que pasa. Ocho casualidades, y ya se tiene un libro escrito al nacer. Dar gracias al padre, a la madre, por un hermano rival. Dar gracias a la vida, por una muerte para el final. ¿De qué habla un beso en una plaza?
Es un interrogante que por fuerza podría mover a pensar seria, simple, y apresuradamente en el amor, en la vida, en los paisajes de la ciudad, en las relaciones, en el narcisismo, en las infidelidades y las fidelidades, en la juventud y la vejez que se besa en las plazas, y toda una serie de cosas que pueden fácilmente corresponder al itinerario de una novela recopiladora que se gane algún premio concursado. Pero, ¿pueden todas esas cosas responder? Puede que no, y no solamente por el hecho de ser cosas superficiales, que por cierto lo son, sino por el hecho de corresponder a complejidades demasiado abstraídas de lo que le corresponde, es decir, lo fáctico del beso. La cosa siempre tiene que ser muy simple, fácil, visible, incluso muy estúpida al final de los giros (al menos es una condición que se impone el relator).
Un día, una mujer dijo que cuando nació, junto con ella había nacido algo que se llamaba conciencia, y que no la dejaba hacer algunas cosas. Este es un hecho cotidiano, sobre todo en la privacidad de los consultorios. Ahora bien, eso que nació junto con la mujer, tuvo que haber convivido con otros seres de su especie, con quienes relacionarse, como por algún mandamiento supremo de lo existente, y desde ahí, tenemos un sentido común.
Sucede que cuando esta mujer pronunció aquella confesión enojosa para ella misma, quien la escuchaba resultó ser un tarado, por lo demás demasiado consecuente. Y bien sabía él algunas cosas, que lo llevaron a saber algo simple en última instancia, justamente, eso a lo que alude un beso en una plaza.
Me dijo así: -Un beso en una plaza habla de la muerte-. Y como es de esperar, esto siempre produce un cierto sarcasmo en quienes lo escuchan, porque pareciera ser que los que filosofan en algún sentido siempre tienen que hablar sobre eso, la muerte, como si no hubiera otras cosas en el universo. La cuestión es que su resultado, como sabemos, es algo simple, que resulta de giros muy complicados, y como me advirtió desde el principio, es imposible hablar de la muerte separadamente de la vida y todo lo que implica ella.
Entonces pedí fundamentos, por mi inclinación humana al querer saber.
Dijo saber sobre la forma de vivir y sobrevivir que tiene el ser humano, por medio de su boca, en los momentos más remotos de su existencia, justo cuando nace el más primordial de los deseos, que lleva a aferrarse a la vida a un ser que puede llegar a vivir, comenzar a franquear la muerte de entrada, y para siempre que pueda dar un beso, incluso en una plaza. El simple hecho de que el beso constituya una acción de a dos seres, da la pauta de que todos están en esas condiciones, de querer besar, a la vida por supuesto.
Entonces, ¿no habla del amor?
El amor es una mas, de las excusas que se inventaron para besarse. A la hora de la verdad, lo que importa es el beso, el acto que ejecuta mucho más que lo que un estúpido ideal como el amor puede ofrecer.
Significa mucho más, alude al silencio que representa una boca que besa y no habla, al sabor, al aliento, a la vida, de cada uno de los besantes, porque trae consigo el motivo de esas vidas. Es algo tremendamente decisivo, deja una huella, una marca, en las pobres mentes de los seres humanos. Esa marca es el deseo, y todos lo experimentan, cuando recuerdan un beso, o anhelan besar a alguien, sin estar en presencia de una boca para besar inmediata.
Entonces hube de preguntar si no sería más bien algo aprendido gracias a la cultura en que nacemos. Y no fue así, ya que resultó ser para este tarado consecuente que la cultura le debe su existencia al beso, que inició la vida, y aferró al ser humano a ella, en el momento en que la muerte se presentó como el motivo más importante para besar.
El beso es el acto mismo que inaugura la cultura, que obviamente no es resultado de quién sabe qué ser supremo, a quien según algunos chistosos le salió mal el experimento, o se le infectó con un virus llamado humanidad. Es lo que tiene mas consecuencias en la vida, porque la inicia, la guía, lleva a uno a tomar decisiones en base al beso, a meterse en líos, a confundirse, a desear y a odiar, a extrañar, a llorar, a sentir ganas, a querer reemplazarlo con objetos que simulen ser bocas que besan.
A partir de ahí, todo un lío, la vida, el tormento, los besos en las plazas, en las casas, en los baños, en los andenes de trenes, en los autos, en las esquinas, sobre las camas, en medio de preguntas, silencios y recovecos del sexo, que constituyen la novela del hombre, que es mas esencialmente un ser besante, antes que un ser parlante y razonante.


Por Chespi

sábado 5 de diciembre de 2009

RAREZAS

Alfredo cuenta las cuadras, son unas diez más, hasta la tranquilidad. Tuvo tantos encuentros en la vida, pero nunca tantos desencuentros. Llega al parque, apaga el motor del auto, ahora está en medio del silencio que necesitaba, pone su mano en la frente, agita su cuerpo en espasmos, emite algún tipo de sonido híbrido, un gemido, y llora.
Dolor, angustia, pena, bronca, tristeza, miedo, y todas las cosas que ustedes se puedan imaginar, provocan las ganas de ese llanto, pero lo es más, la impotencia. Esa sensación de rebasamiento, mas bien de insignificancia, que surte efectos intolerables para Alfredo, lo obliga a golpear el volante del auto, a mirar fijamente un horizonte que no tiene absolutamente nada de atractivo, lo que le llama la atención es la frialdad.
Por la ciclovía camina uno de los seres más raros del planeta, con un perro labrador sujetado por una correa, cabello largo y rizado, del color de los bosques en otoño, indumentaria deportiva, y cierta tranquilidad de viernes por la tardecita.
Este ser advirtió claramente que en ese auto que estaba allí había un hombre llorando y descargando impotencia contra el volante, lo cual le inspiró compasión, y no pudo menos que soltar un lagrimón. Alfredo le había parecido un hombre de esos buenos, queribles por toda la humanidad, y obviamente por la situación en que se hallaba, lo habrían desilusionado terriblemente. O al menos eso pensó este ser, que tenía la increíble capacidad de ver a las personas sin ser advertido, en sus situaciones reales, no en las falsas interacciones humanas, y verlos cómo eran en realidad, cuando no debían mentir a nadie, ni aparentar ser amables, ni mucho menos honestos. A pesar de esa lágrima de compasión, siguió camino, con su perro labrador, y durante unos veinte minutos trató de recuperar esa tranquilidad que traía por la ciclovía.
Llegó a su casa, se desnudó completamente, y entró a la ducha, con el ritmo sereno que solía mover su cuerpo, hasta que recordó nuevamente al hombre, y con toda el agua que se llevó parte de su ser mezclado con jabón, dejó irse varias otras lágrimas. Su debilidad era la humanidad, la real, la de la calle, y no la de las películas, los libros, y las canciones. Por eso nadie de su entorno entendía cómo era que podía ponerse tan triste o feliz por personas que no conocía, y sin embargo no podía sentir esa compasión con los dramas y las comedias que a todo el mundo inspiraba a catarsis. Este ser explicaba que era muy simple, que no lograba sentir nada por cosas que eran ficcionales, y lo que es peor, armadas por alguien como si fuera un calefactor, o un auto.
Un día llegó a un bar, donde siempre acumulaba sentimientos encontrados, causados por la humanidad en estado puro que allí anidaba. En medio de una increíble ternura, observando cómo una madre daba de comer a su hijo, se sorprendió mucho al ver a Alfredo entrar, elegir una mesa en un rincón, y abrir un libro, mientras esperaba su café. Además tenía la capacidad de retener fotográficamente los rostros de quienes le inspiraron sentimientos fuertes, y cuando lo reconoció, se invadió de angustia como aquel día. Se acomodó un poco para tratar de que Alfredo no se diera cuenta de que lo observaba, y en un movimiento torpe derramó el vaso de gaseosa, haciendo un ruido que centró la atención de todo el bar en su mesa, y sintió que todos le tenían vergüenza ajena. Alfredo la observó, pero en lugar de sentir vergüenza ajena, quedó admirado por el conjunto armónico de su cara, su nariz, su cabello color bosque de otoño, y la situación que sobrellevó muy cómicamente diciendo a todo el bar que no la mirara así porque le daba vergüenza, mientras reía y trataba de ayudar al mozo terco que limpiaba el enchastre. Ella lo miró también, e inmediatamente Alfredo volvió la vista hacia su libro.
Leyó tres páginas casi sin sentido porque no prestaba atención y no comprendía lo que leía, levantando cada dos segundos la mirada para observar, a ese extraño ser que todavía no conseguía aminorar el color rojo de sus cachetes. Terminó el café, el reloj dio las tres, se levantó, y dispuesto a irse tuvo que soportar un latido fuerte en su pecho, cuando ella lo frenó, y le dijo, -sé que sufrís, y no comprendo cómo alguien puede hacerte daño-. Alfredo no entendió nada por un momento, y cuando supo lo que acababa de escuchar, abrió grande los ojos, preguntó a la señorita si lo conocía, y qué estaba pasando, él quería saber si acaso eso era una broma. Ella sintió esa desesperación en él, y trató de calmarlo, le dijo que no era ninguna broma, que no lo conocía, pero que lo había visto llorando en el parque unos días atrás. Alfredo siguió desconfiado, y le dijo que no estaba para bromas, y se fue mirándola como a una loca.
Lo cierto es que ella no sólo había sentido compasión por él aquel día, sino que había quedado prendida de esa tristeza, tan real, que había en su cara, en sus golpes, y en la perdición de esa mirada que lloraba.
Volvió a sentarse en su mesa, y por un rato perdió la mirada por las paredes del bar, hasta que una discusión entre un hombre y una mujer la puso de mal humor. Se levantó y se fue. Pensó que era injusto vivir en tan constante tranquilidad, sin posibilidad de experimentar emociones propias, quedando fijada siempre por las de los demás, incluso enamorándose de ellas. Pero no consiguió enojarse por ello.
Llegó a su casa, se desnudó e inició el ritual que repetía al volver de la calle todos los días, cuando trataba de sacarse la mugre del mundo. Cocinó una pasta con salsa, encendió el televisor y miró una película, sin sentir nada, hasta que el sueño la arrastró a la cama, en donde soñó algo que nunca va a saber, y se despertó angustiada, a las tres de la mañana, comenzando a vivir.
.
.
Por Chespi

viernes 20 de noviembre de 2009

Ensayo y error: así se vive

.
Si el universo en que se supone que habitamos, es resultado (esto también es una suposición) de una multitud de accidentes, cómo esperar que el planeta nuestro sea armonioso? Tal vez deberíamos mudarnos de universo para alcanzar esa paz, que todos parecen querer, si es que existen, universos de otros tipos, y algo parecido a lo que se llama paz en alguna parte de algún universo. Incluso si se toma por convicción la idea (disparatada) de un universo hecho por ese ser supremo que ni siquiera quiero nombrar, tenemos algo así como un castigo por un pecado original, que se llama mundo. ¡Cómo esperar que las personas que resultan de esos orígenes convivan en paz! Si lo pienso un poco más, lo tomo por disparate.
-Querés que te pague?- con toda la sinceridad denigrante, un tal Pablo.
-No, no hace falta, no te preocupes- ella todavía mas sincera, pero al cabo de unos largos segundos, después de considerar bien la proposición. ¿Por dignidad? Ella sabe bien que los ideales son pura ficción, y no sabe bien si cobrar por sexo no es más digno que no hacerlo, después de todo el primer comercio es el sexual. De todas formas, el tal Pablo le resultó interesante, así sin saber bien por qué, tal vez por haber tocado alguna de sus fantasías.
-Y vos no me querés pagar a mí?- y con esto hubiera arruinado el momento mágico que había despertado la sinceridad, con la misma sinceridad. Pero ella rió mucho más, el caso es que no tenía dinero para pagarle.
-La próxima nos pagamos mutuamente, querés?-
-Pero eso sería simbólico nada más, si yo te pago, y vos me pagas con la misma plata-
-Ah no sé, yo no te dije aún cuánto te voy a cobrar-
-Si es así yo también me reservo la tarifa- se relajaban los dos en esas reacciones que tiene el cuerpo humano, espasmódicas, locas, causadas por la palabra, que son las risas, sumadas a la sensación orgánica de placer que se habían dado hace unos minutos y que todavía no se extinguía del todo.
-Sabés qué pienso?- esa preguntas le parecían muy comprometedoras a ella, que sin embargo quería saberlo.
-Hay días en que me levanto y me cuesta recordar cosas del día anterior. Y si recuerdo algo no estoy seguro si fue el día anterior o cuándo. Entonces pienso que esos días en los que no tengo registro, alguien hace algo conmigo. A vos no te pasa?-
-Estoy con un loco o algo así?- ella sigue relajada, contestando con ingenios del pensamiento.
-No, ojalá estuviera loco, no dudaría tanto- se vistió de humano, por fin, y dijo lo que sentía.
-No a mi no me pasa-. Él pensaba que era raro, que nadie advirtiera lo que para él era muy sospechoso, ya que como se sabe, basta con una sospecha para dudar de todo.
Su idea era que en esos impasses de su memoria, lo que hacían era borrar su mente como un pizarrón, para que empiece cada tanto desde cero. Entonces se había formulado el delirio de que tenía la dicha de empezar desde cero cada tanto, es decir, cumplir el sueño del hombre, de probar varias veces, por distintos caminos, a dónde lleva la vida. Pero como no recordaba nada, no sabía (y este era su problema a resolver), si en realidad probaba variantes, o si se mantenía en una eterna repetición, lo cual le resultaba muy duro, porque lo haría ver como un idiota.
Ella sin embargo tenía una conducta típica, jugaba de memoria, con el libreto en la mano, a ser una mujer: decía verdades en forma de broma, y siempre aludía a lo raro cuando no se animaba a expresar algo. Tenía amigas boludas, de pura pose, que sacaban culo hasta para hacer fuck you, que la mantenían muchas veces atada a eso que repudiaba que era. El tal Pablo le venía bien para hacerse la freak, aunque nadie se lo creyera, porque él, según muchas de sus amigas, “no iba con ella”.
Cuando chocaron no les quedó otra que improvisar, con los roles asumidos, una ficción amordazada que luego serviría de base para anécdotas de madrugada.
Entre la obstinada paranoia de cambiar de vida en la posterioridad de los días de amnesia, y la neurosis de aparecer con una imagen precisa para el otro, se tomaban de la mano y caminaban por el parque, por la ciudad, por el mundo, ese ojo que los veía como dos nenes. Ese mundo caótico que les daba propósitos en las susceptibilidades de las sustancias adictivas, así como les ofrecía una itinerario de ropajes especulares, y los hundía en habitaciones húmedas y olorientas, para apagar un poco el dolor, de vez en cuando, y serse sinceros, si daba el tiempo, después de matar miedos en algún bar.
Pero volvamos a la pregunta: ¿Cómo esperar que las personas convivan armónicamente en un mundo, en un universo, resultados del caos? Basta con observar los artificios a los que obliga esa convivencia, para pispear una respuesta: tal cosa es imposible. Aún más, tal cosa no tiene razón de ser, no posee atracción, no forma parte de ninguna naturaleza, sino de algún “lazo social”, que por sus propias palabras nos expresa todo: un lazo, algo construido, del orden de los “arte-factos”, que sirve para unir, un desorden universal, que por lo demás es hermoso.
.
Por Chespi

jueves 12 de noviembre de 2009

Alguien ahí?

Los dientes rechinando, el cuello apretado, las manos sudada, un escalofrío de mil voltajes por toda la médula espinal, los ojos abiertos al máximo de su radio, las pupilas dilatadas. Sentado con tremenda gravedad sobre sí, está el hombre mirando la televisión en mute, tratando de volver a percibir ese débil sonido que le anunció la presencia de algo más que él en ese departamento oscuro. Casi no puede, pero con un inmenso esfuerzo, se levanta y lo apaga. Y aparece, quien no quería que apareciera. Su fantasma más viejo, atraviesa por el pasillo dejándose ver. Y él parado, pesado e inmóvil, siente el pecho a punto de explotar.
Una princesita de buena crianza, piel rosada, rebelde, pelo negro teñido, como manda la ley de los estereotipos, lo mira a él, un valiente, fuerte de actitud, loco, atrevido, seguro de sí, que está metido en la escena y casi no tiene nada que ver con ella, y le pide que cambie de canal. Él ni la escucha, come y mira. Entonces le pega un sacudón en el brazo, y él la mira desorbitado, como apenas percatándose de que hay alguien a su lado.
-Me da mucho miedo loco, cambiá-. La princesa se tapa los ojos, para espiar de a poquito entre los dedos, y tratar de no pensar, en que sus fantasmas aparezcan cuando tenga que entrar a la pieza, o cuando camine por el pasillo.
-Vos estás loca si pensás que voy a perder esta oportunidad de sentirme así-.
Le transpiran los pies y las manos, le falta el aire, la habitación se agranda demasiado, pero no hay lugar donde irse. Se está volviendo loco muy rápidamente, tiene el impulso en el estómago, de ir hacia el pasillo, cuando da el paso algo lo frena como una mano en el pecho. Espera y se agita cada vez más, insoportablemente.
La princesa parece estar absorbida en la sensación. Tampoco puede moverse. El valiente siente mucho calor en la cabeza, y los pies y las manos congelados. Come y mira.
Se acaba de abrir un hueco en el medio de la habitación de las oscuridades. El hombre comienza a caer.
Los dos ahí sentados, se sacuden, como si fueran a caer también. En una reacción casi automática, innata, defensiva, sienten todo el temor de caerse por el vacío. Se agarran, como simbolizando el motivo por el cual las personas tienden a unirse.
El negro es muy denso, y silencioso. No da oportunidad de hacer nada, ni de agarrarse de algo. Ahí termina todo, la imaginación no puede ir más lejos.
-Qué sarpado- dice él, que no dudó un segundo en querer sentirse así. Se ríe. Siempre se ríe, de los gestos que delatan a los sujetos que tratan de ocultarse, en lo más intimo, de esos ojos que no engañan.
-Qué te reís- ella todavía está con pánico, y él con su risa, que al parecer la utiliza para amortiguar un poco el cagazo.
-Te estás muriendo de miedo-
-Si boludo, te dije que cambies-
-No hubieras mirado y listo- como si el humano pudiera contener esa tendencia de ir hacia lo que no le gusta. El supuesto derecho natural no es tan fuerte como para cubrir completamente ese impulso.
-Es como si nosotros quisiéramos caer por ese abismo viste, pero hay algo que te hace querer atajarte. Yo creo que eso es la vida- dice con acertada intuición, él que ha visto siempre la vida desde una perspectiva algo atrevida, sintiendo que todo le enseñaría algo en la vida, incluso la muerte.
-Dejame de joder- la princesa es vulgar.
-Enserio te lo digo, es como si quisiéramos ir directo hacia el final. Por qué te creés que pintaron tantos cuadros sobre eso, e hicieron tantas canciones de abismos, tantas obras de arte que simulan ese irse directo, pero de una manera más leve-. No será que algunos sublimados hayan experimentado realmente la desembocadura final? Es inverosímil, pero está sujeto a debate, ya que no se puede explicar cómo a veces las cosas tienen sentido recién a partir algunas pocas sublimaciones en el mundo. Después de todo, para qué sirve la sublimación, si no es para eso, para llevar más lejos, a un simbólico, ese pedazo de existencia que parece extinguirse en donde el tiempo deja de ser relevante.
-Qué tiene que ver, no delires-
-Y que si uno quiere expresar algo, enseguida se enfrenta al deseo de querer hacerlo, ir al final, y pinta un cuadro o escribe una canción, una poesía, justamente para no hacerlo- Cuando algunos han sucumbido al final de cuentas a ese impulso, han terminado por evidenciar que sus obras eran una estúpida etapa de preparación.
-Y los que pintan sobre cosas lindas?- ella no cree que todo se trate de la muerte solamente.
-Es otro punto de vista, pero de lo mismo. Por algo tenemos comedias y tragedias, nada más. Es imposible hablar de otra cosa, o te reís, o tenés miedo de morirte-
-Vos siempre te reís de todo-
-De vez en cuando, me gusta sentir el miedo. La verdadera forma de sentirse vivo, es tener miedo de morir. Pero no el terror, ese que vuelve locas a las personas-.
Como aquel que haciendo alarde del coraje de sufrir, no se mata por cobarde, por temor de no morir.”
.
Por Chespi