jueves, 12 de junio de 2008

Desalmado

Habían pasado varios días ya de aquel encuentro, aquel encuentro que los separó, a ellos, quienes habían pasado cuatro años “juntos”. Cuatro años que terminan en cinco minutos, pero que venían extinguiéndose desde hace ya un tiempo. Como cuando sus peleas empezaban por algún absurdo pero que en realidad nunca era algo absurdo, sino todo lo que estaba siendo aguantado por el “dique”, y que cuando le daban salida, rompía la barrera, y desembocaba en un aluvión de problemas y reproches. Ella recordaba sus palabras, las resignificaba y lloraba en su balcón, un hombre al pasar por la vereda pensó “va a llover”. El cielo era inmenso, terriblemente cautivador, oscuro. Ella era insignificante, se sentía así, tal cual se sentía respecto a su dolor inmenso, y ella una insignificante persona que se veía cautiva de una angustia enorme, un cielo oscuro y grande, muy grande.

De algún modo le era placentera esta sensación tan penosa, debía descargarse, y lloro toda la noche. Le era placentera porque se daba cuenta que él había sido importante, esa persona a quien recurrir, con quien hablar, y que nunca la dejó sola. Le dolía por eso, le faltaba eso, pero sabia que no podía seguir con él.

En otro lugar, otra escena. Él rodeando por la casa, hablando por teléfono, con música de fondo siendo ignorada, el televisor prendido, los ojos cansados, pero sonriendo, siendo espontáneo con el interlocutor de la comunicación, absolutamente solo, rodeado de medios y sonidos, hablando por teléfono. Pero rodeando mucho mas que los muebles de la casa, requiriendo mucho mas que la compañía de alguien, estando solo pero no de alguien, sino de “esa persona”. Corta el teléfono después de acordar un encuentro en su casa. Mira el reloj, las 10 de la noche. Ansiedad. Deja de dar rodeos, de esquivar su ansiedad, y de querer estar acompañado, toma el teléfono de nuevo, y la llama.

Ella atiende, él corta. Va a la cocina, busca un vaso de algo para beber, sube el volumen de la música, “no tiene que saber que estoy en silencio y solo” (piensa), y llama de nuevo. Ella atiende sonriendo, adivinando que era él y le había cortado.

-Hola?-

-Maria luz?- Dice él, cuando al escuchar su voz se estremece su estomago, y el corazón le da un latido galopante.

-Si quién habla?- disimula la espera ansiosa de su llamado, y se saca los mocos con la mano para no hacer el ruidito de tragárselos, para que él no sepa que estuvo llorando. Porque él siempre le adivinaba como estaba.

-Eliseo!! No te acordas mas de mi? Que bárbaro che!!- rompe el hielo.

- Ah si, como estas! Es que estaba en otra y atendí el teléfono como por inercia. Que haces? Todo bien?- siguió rompiendo el hielo.

Ya sumergidos en un océano de deshielo, se comentaron quehaceres, él iba a juntarse con amigos a tomar algo, y estaba bien, ella iba a visitar a unos amigos también, y por supuesto, también estaba bien. Se hablaron un rato disimulando, riendo, sintiéndose bien, cubriendo un poco la falta que se hacían, demostrándose que estarían bien sin estar juntos, hasta que ella, no pudo dejar de decirlo.

-Me siento un poco rara, como que algo me falta no?- no daba muchos rodeos.

-Si si, yo también (entusiasmado).. el otro día pensaba, que bueno seria que estuvieras para ayudarme porque quería hacer unos canelones y no sabia como! jeje.- llevo hacia un chiste lo terrible de sus angustias. Y ella lo siguió.

-Hay nene, cuando vas a aprender a cocinar!-.

Y así estuvieron, dedicándose a que el otro no se de cuenta, creyéndose la mentira, en un mutuo acuerdo implícito en “estar bien” separados. De seguir cada uno con su vida. Cuando sobrevinieron los silencios, se despidieron, se desearon suerte, y se encargaron cuidarse, y seguir así de bien como estaban.

Pero al cortar el teléfono, los nervios, la ansiedad, esa cosa en la panza cuando algo no anda bien. Cosa que le explicaría a su amigo, después de haber hablado toda la noche y haber esquivado mucho el tema por medio de rodeos, cuando le dijera: que tenia el corazón dado vuelta.

Pasaron varios días, y estuvieron enredados, entre las cosas comunes de la vida, del mundo real, y el otro mundo, en el que estaban ellos, ese mismo lugar en el que estaban, sin estar exactamente en el mismo lugar. Entonces un día Maria luz pensó en darle una sorpresa, y decidió visitarlo. Un viernes por la tarde, casi entrando en la noche.

Al llegar a la casa de Eliseo, él no atendía el portero eléctrico, y era raro que no esté, entonces insistió, pero nada. Se empezó a inquietar, y a pensar que tal vez él ya se había ido, a otro lugar, a cualquier otro lugar lejos, que ya no le habría importado ella y entonces simplemente se fue. Pero se convencía de que no, y seguía tocando el timbre. Ya estaba realmente asustada, diciéndose a si misma que era una tonta por haberlo dejado, que si salía a tenderla, no lo habría de dejar nunca mas. Entonces fue a hablar con el portero, éste le abrió la puerta, y subió. La puerta del departamento no estaba con llave, después de golpear un rato, entró. No lo podía creer.

Yacían las partes de Eliseo desparramadas por el living, un brazo en el pasillo, otro sobre la mesa, las piernas por un lado entre la mesita ratona y el sofá, y su cabeza sobre el sofá, con los ojos cerrados, y las mejillas humedecidas de lágrimas. Flotando en el ambiente, su alma. Que se había desprendido en forma de mariposa de su cuerpo cuando éste se desarmó literalmente. Revoloteando por todo el departamento

Maria se aterrorizó, y sin ni siquiera pensarlo una vez comenzó a juntar las partes, y lo armó, desesperada, llorando, impotente, sin entender que había pasado, y sin dejar de reprocharse lo que había causado. Después de un rato, y de mucho rogarle a la mariposa, el alma de él, que volviera a su cuerpo, de tratar que no se escapara, que no se fuera, de atraparla y meterla en el cuerpo. Hasta que esta por si sola, volvió al cuerpo y entró por la boca de Eliseo, como una inhalación vital.

No se calmó hasta vio que por fin Eliseo volvió a moverse, y pestañeó, sonrió, y dijo:

-Maria, que haces acá? Que sorpresa! Como entraste?- y se le iluminaron los ojos.

-Vine a darte una sorpresa- y lo envolvió con sus brazos, para no soltarlo nunca mas, y le dijo: -Vas a estar bien-.


Para Maria Clara...

Escrito por chespi

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