jueves, 9 de octubre de 2008

La guerra del tiempo

Día soleado de octubre, ya entrada la primavera, y en transición al verano. Esos meses de transición que casi nadie tiene en cuenta, ya que solo se esperan los meses de inicio y final de estación. A no ser los divulgadores de palabras que se reinventan en cada momento, de cada mes, de cada estación del año. En fin, un día soleado cualquiera de octubre, un hombre se encadenó al mástil de la plaza principal de la ciudad. Y como suele suceder -este tipo de acontecimientos trascienden rápidamente- se hizo noticia enseguida.

“Un hombre se ha encadenado al mástil de la plaza San martín, reclamando que le devuelvan lo que le quitaron”

Anunciaban las cadenas de TV que acudieron al lugar. Y las personas que no se andaban con vueltas, que estaban trabajando, o en sus casas, o en los cafés de la ciudad, se proponían saber qué era lo que le quitaron a este hombre encadenado ahí en la plaza. Nadie lo sabia, pero como era moneda corriente, seguramente estaría reclamando su empleo, o la parte de su salario que le descontaron, una vivienda digna, justicia por algún crimen o delito que el sistema no haya podido controlar, o no le hayan hecho caso alguno. -“Típico”- pensaba la gente en los cafés, las oficinas y en sus casas.

-Y así cree que le van a dar bola-

-Pero si!! es la única forma de que te escuchen-

-Pero no, lo van a tranquilizar un poquito con promesas y después vas a ver como lo meten preso, por kilombero!!-

Se abría el debate en todos lados, desde diferentes puntos de vista, que emergen en una trama singular en cada lugar de la ciudad, pero siempre en torno a un mismo objeto de discusión, “el hombre encadenado”. Ya que para diferir, es necesario coincidir en algún punto.

Todavía nadie sabía qué era lo que este hombre encadenado reclamaba. Las autoridades municipales no dejaban acercarse a los periodistas para dialogar, siguiendo órdenes del Mayor Céspedes, que alejaba a la gente curiosa que andaba por la plaza, rumbo a las oficinas, las empresas, o bancos de cobro de impuestos, y vivía en vivo y directo el episodio. Se acercaban lo más que podían para mirarlo, y algún desinhibido por ahí acotaba gritando:

-Justicia para el pueblo!-

-Que aparezcan los chantas, que den la cara!-

Aunque nadie sabia todavía qué era lo que él reclamaba. Entonces todos seguían en sus tereas especificas, asignadas, para que la sociedad marche como debe, y el suceso quedaba latente, en los televisores prendidos las 24 hs, y los noticieros retornando cada 10 minutos al móvil en vivo y en directo desde la plaza. Solo para decir lo mismo, y mostrar al pobre desgraciado encadenado, ya que aun no había hecho oír su reclamo, solo había acatado la atención de los medios, que acataron la atención de la masa organizada que marchaba a un ritmo vertiginoso.

Llegado el momento de la orden, un policía del cordón deja pasar a una periodista de la cadena nacional para hablar con el hombre, y así fue que provocó un efecto dominó que el cordón policial no pudo contener, y los periodistas de todos los canales se abalanzaron sobre el hombre como animales feroces sobre su presa. Pisoteando a los pobres policías que estaban allí cumpliendo su deber, como debían, sin importarle a los periodistas, que por supuesto estaban también cumpliendo su deber de llevar la información al pueblo. La primera en llegar y poner su micrófono sobre la boca del hombre preguntó. –Señor por qué esta usted encadenado al mástil, qué reclama?- y su rostro se tapó de micrófonos. A nadie le importaba saber quién era él, que hacia, de donde venia, ni como era, solo saber qué reclamaba a la sociedad, ya que todos los problemas son producto de ésta, según la opinión publica, y el sentido común, que es de lo mas común. Y allí devino, como desde todos los rincones, por las calles, bajando por las paredes de los edificios, brotando del verde de las plazas, de las copas de los árboles, de las ventanas de las oficinas, de las casas, de sus chimeneas, como un estruendo que rugió en toda la ciudad, que estaba en silencio a la expectativa de lo que dijera el hombre, las palabras que escupió con un resentimiento incomparable y súbito:

-Quiero que me devuelvan mi tiempo-.

El desconcierto fue tal, que desfiguró los rostros de toda la ciudad. Esa desfiguración, de ceño fruncido, que expresa la in-asimilación de lo que están oyendo, o viendo. In-asimilación por creer tan disparatado este tipo de reclamo, en lugar de pedir trabajo, o dinero. Este sentido común que sentencia lo que hay que tener, y pedir si no se consigue, exigírselo a las autoridades, para que “hagan algo”.

-Peeeroo, al final es un loco mas nomás!-

-Qué!?-

-No puede ser, para eso tanto kilombo??-

La gente estaba indignada, la ciudad se abría un nuevo debate en todos los ámbitos, con esta vez un objeto de discusión distinto, pero el mismo en todos lados, “el loco del mástil”, o mas bien la locura.

-Hay que meterlos presos a todos los locos esos que andan dando vueltas, molestan nomás-. Decía un viejo cincuentón que tenia las cosas muy en claro, sentado en la barra de su café, con el diario en la mano. –Mirá, estas si son cosas dignas, una marcha pidiendo justicia por el asesinato de…-. Y así, el tema seguía vigente mientras las horas de la mañana se extinguían, y el mediodía se apoderaba de la ciudad con un calor insoportable. Todos resguardados del calor en sus casas y oficinas al soplo de ventiladores y demás artefactos, seguían el noticiero constantemente, este loco había cautivado la atención, y no solo de la ciudad, sino que la noticia ya giraba por todo el mundo, como una gota de agua recorriendo un globo, un globo sin fisuras, sin barreras. En fin, lo que mantenía a todos expectantes era lo insólito del reclamo del hombre, escuchaban una y mil veces la repetición de la explicación que dio a los periodistas.

-He perdido mucho tiempo de mi vida señorita, me la he pasado laburando, rompiéndome el lomo para mantener a mi familia. Y no he vivido nada para mi, porque adónde esta todo lo que trabajé, adónde se fue, eh? Usted sabe? Mi vida entera ha transcurrido de trabajo en trabajo, el poco tiempo que tenia libre lo usaba para descansar-.

-Entonces quiere que le den subsidios por todo lo que ha trabajado? Aportó para su jubilación?- Preguntaba la periodista.

-No señorita, yo dinero tengo, para eso trabajé toda mi vida. Dinero no me falta. Pero míreme ahora, con 65 años, jubilado, viejo, y todavía ando perdiendo tiempo en colas para cobrar mi pensión, y después lo sigo perdiendo en la cola de al lado, para pagar los impuestos. Qué clase de vida es esa eh? Me paso el día perdiendo el tiempo. Yo quiero que me devuelvan todo mi tiempo invertido, ya que mi vida está marchita por culpa del tiempo que perdí.-

Los periodistas simplemente no sabían qué decir, esto no estaba en sus libretos, ni en los apuntes de la facultad de periodismo, ni en cómo hacer una entrevista por un reclamo. La gente estaba igual.

-Qué cosa eh, el viejo tiene razón-. Decía esta vez el cincuentón desde la barra de su café, echando el diario sobre una silla. Pues ahora él estaba pensando en el tiempo que pierde sentado ahí, y en todo el tiempo que ha perdido durante los últimos 30 años, trabajando.

Las familias estaban consternadas, pues las disputas empezaron entre los pilares de todas las relaciones humanas. Los trabajadores comenzaron a reclamar lo mismo a sus jefes, y las mujeres lo mismo a sus parejas, los niños en las escuelas y a sus padres, todos los viejos nostálgicos desde los geriátricos, los médicos en las salas de operación, los abogados a los jueces reclamando prórrogas, los neuróticos en los consultorios de sus analistas reclamando tiempo para tomar las decisiones. Todo el mundo ahora quería tener más tiempo, o que le devuelvan el tiempo perdido. Lo irreversible se había hecho cuestión, y no había solución. Todo era un caos, los bancos no llegaban a cobrar a tiempo los préstamos, las empresas no recibían el pago de los impuestos, ni los servicios, las maestras no enseñaban todo el programa, los analistas no podían analizar a todos sus pacientes por falta de tiempo. Faltaba el tiempo en todos lados, mas bien, cada uno se tomaba el tiempo que creía necesario para hacer lo que debiera hacer. Y eso simplemente era inaceptable para el sistema, que no soportaba el desorden.

El hombre encadenado al mástil se había convertido en todo un líder de la nueva revolución, que esta vez si se estaba concretando, que esta vez tenia una causa justa para todos, una muy noble. Era un líder de cambio, a la vez que sembraba el desorden por todo el mundo. Las fábricas de relojes cerraron, y el tiempo transcurría de un modo no natural en la sociedad. Finalmente la cultura, termino con todo lo que quedaba de natural en el mundo, si es que hay algo que se dé por naturaleza en el mundo, o no haya sido ya absorbido por la cultura. Ya todos tenían tiempo para todo, se lo tomaban a gusto, y la palabra “tiempo” se suprimió de todas las lenguas, hasta el refrán “el tiempo es oro” fue eliminado. La sobredosis de tiempo había creado una inermidad de la sociedad que ni los sociólogos podían explicar.

Todo esto angustiaba cada vez mas a la gente que se tomaba su tiempo, pero quería, como todos los egos, que el otro hiciera las cosas en tiempo. La angustia gobernaba la sociedad estática, que tenia periodos de dinamismo, pero efímeros. Esta lucha contra la muerte, motorizada por la arrogancia del hombre, que cree que puede ganarle a la muerte, ganando en tiempo, ganando en vida, como todo lo que aparece, debía terminar. Para eso era necesario volver al tiempo real, y establecer una ley que castigue a todo aquel que no lo cumpla. La autoridad moral necesaria para semejante reconquista de la humanidad la tomó a su cargo el líder por excelencia en esta tierra, el mas grande de todos los seres, curiosamente asignado a este papel por la humanidad misma, y envió un Mesías para que vuelva a sembrar el orden, y el tiempo vuelva a ejercer su poder. Tal autoridad fue impuesta con terror sobre la humanidad, y el globo que se había mojado entero por aquella gota que hizo agua por todos lados, se volvió a secar y a limpiar, una vez mas, el hombre había terminado con una nueva ilusión propia, para poder seguir viviendo en sociedad, y seguir tirando piedras.

No se sabe bien cuándo fue, ya que es difícil estimar el tiempo que transcurrió en desorden la vida, pero se supone, que fue llegado el verano, porque ya hacia mucho calor, y en el norte nevaba, y como siempre ha sido, la gente festejaba la llegada de la nueva estación. Sin importar los meses de transición que habían transcurrido, y a fin de cuentas el reclamo termino siendo uno mas de tantos otros, quedó olvidado en el tiempo, que todo lo devora.



Por Chespi...

3 comentarios:

Anónimo dijo...

que buen reclamo habia hecho ese hombre ahi encadenado.. despues de todo nos pasamos la vida perdiendo el tiempo.. hay que recuperarlo..

muy bueno el blog.. buenisimo..

Anónimo dijo...

Weps.. andando y andando llegué hasta acá.. Me encanto todo lo que lei hasta ahora, pero este mas..

Cosmogonias?... mmm, y eso? esta bueno..

Sabry

Anónimo dijo...

Esta muy bueno esto chespi la verdad.. sos un groso.. me gusta lo que escribis.. aunque no se entienda muy bien aveces jaja..

un saludo grande..

Migue