viernes, 21 de noviembre de 2008

Los perros de Leibig


Esteban, un estudiante de comunicación social a los veinte años le comunicaba a su madre por teléfono que ese fin de semana iría a visitar a su abuela Isabel, que vivía en un pequeño pueblo de Entre Ríos llamado Leibig. El estaba necesitando despejarse de la gran ciudad y que mejor que unos días cerca de la naturaleza.
- Además, le voy a hacer compañía a la abuela que esta sola allá – le dijo a su madre.
El viernes muy temprano en la mañana ya estaba tomando el tren y cerca del mediodía ya estaba observando esos altos pinos que daban la bienvenida al pueblo.
Su abuela Isabel ya lo estaba esperando en la casa con unos tallarines y budín de pan para el postre.
- Hola mijo tanto tiempo, que lindo es tenerte por acá. Deja tus cosas en la habitación que ya esta lista la comida – Dijo la abuela.
- Estos días van a estar muy bien – pensó Esteban, dejando su bolso mientras observaba las fotos de su abuelo que había fallecido hace tres años ya.
Tomar mate a la tarde con su abuela, cuando ya se asomaba el atardecer en Leigbig era lo que hace tanto anhelaba mientras estaba en la gran ciudad. Esas sillas de metal con almohadones floreados, esa mesita, las plantas y la calle de tierra eran la mejor postal de sus recuerdos. No había nada que podía ser mejor en ese momento, cuando de pronto apareció este personaje simpático moviendo la cola de un lado hacia otro mientras jugaba con la abuela que se reía como en otras épocas.
- Donde te habrás metido todo el día? – le pregunto la abuela mientras se reía.
Era un perro, un Border Collie de color blanco y marrón oscuro. Se acerco a Estaban y empezó a jugar entre sus piernas mientras el le hacia cosquillas en el cuello, cuestión que al parecer le agradaba mucho al perro que se quedaba inmóvil con los ojos cerrados.
- Es macho, se llama Titán – Dijo la abuela – Por la luna de Júpiter.
- Hace cuanto lo tenes? – Pregunto Esteban
- Hace ya unos siete meses mas o menos, no le conté nada a tu madre porque viste como es… me hace muy bien su componía en estos días. Me lo regalo el hijo de Marita, le estuve curando unas verrugas y como no me gusta que me den plata me trajo el perro –
- Es perfecto – añadió Esteban
- Si, la verdad es que no pudo haberme podido hacer un mejor regalo este chico –
Titán diviso una perra que paso por en frente del pórtico de la casa y salio corriendo tras ella, Esteban y su abuela comenzaron a reír juntos mientras ella le cebaba otro de esos mates que tenían ese sabor característico. – Los mates de la abuela, que bien pasa el tiempo en este lugar – pensó Esteban – lejos de los apuros, del ruido, ese constante perseguimiento por la inseguridad, el vacío que esconde el no ser nadie entre tanta gente. Cuestión que lo mantenía ocupado pensando, cada vez que viajaba en colectivo.
- Seguís con eso de la curandería? Le pregunto a la abuela.
- Por supuesto querido, como no lo voy a hacer mas? Exclamo Isabel.
Esteban solo atino a reírse tranquilamente y tomar otro mate mientras pensaba en los libros de filosofía que habían hecho hacerlo abandonar toda creencia espiritual, estando cómodo con la posición del ateismo, con el que no debía rendir cuentas a nadie pero que en este momento lo hacia sentir tan vacío. Se reía tranquilo porque le resultaba simpática toda esta cuestión pueblerina de aferrarse a los santos y cuestiones milagrosas, que en efecto hacían que la abuela se sienta mas segura de si misma y le depositaba ciertas dosis de tranquilidad que le hacían mucho bien al parecer.
- Y se le curaron las verrugas al hijo de Marita? -
- Supongo que si mijo – contesto segura la abuela, cuando se acerco de nuevo Titán que venia con la lengua afuera y se puso a tomar agua de su bebedero.
Los dos rieron otra vez y el perro se les acerco moviendo la cola de un lado hacia otro.
- De no ser así este no existiría mijo – dijo la abuela mientras se reía.
Esteban quedo pensando, mientras observaba los helechos que tenía plantados su abuela que usaba para curar los dolores corporales del pueblo. Pensaba en todo el tiempo que llevaba negando la existencia de Dios y el vacío que sentía de pronto al estar solo una tarde en el pequeño pueblo de Leibig.
- Al final quien es el que ignora? – Se pregunto, pero decidió dejar de pensar en ello y se propuso disfrutar del momento. El color naranja del sol del atardecer sobre la calle de tierra y las plantas de su abuela fue todo lo necesario para dispersarse rápidamente y dejarse llevar por un tiempo que no corría como hace mucho en su vida.
Así pasaron los días, Esteba tuvo tiempo para leer, pensar y estar tranquilo. Recorrió las afueras del pueblo en componía de Titán, que ya se había acostumbrado a su presencia y no se le despegaba un segundo.
El domingo a la tarde, en sus ultimas horas en el pueblo, su abuela le pidió que llevase al perro a pasear a la plaza – va a encontrar otros perros y se va a divertir – le aseguró.
Siguiendo las simples coordenadas de su abuela, Estaban se encontró con esta plaza en la que había tres personas con sus respectivos perros. Titán empezó a correr y jugar con los otros perros mientras los dueños intercambiaban opiniones sobre el cuidado de sus mascotas y las miles de anécdotas que habían tenido con ellas. Esteban no tenia anécdotas, pues conocía a Titán hace tres días y mas pobre aun era su conocimiento sobre el cuidado perruno. El encontraba a estas personas de pueblo como personajes risueños y aunque no le interesaba en absoluto sus temas de conversación, no encontraba el momento como algo que le disgustase.
Las otras cinco personas, se habían sumado dos más, lo miraban sospechosamente.
– Vos no sos de acá no? – le pregunto una señora mayor.
- No, solo estoy de visita unos días – contesto Esteban.
- Y a quien estas visitando? – volvió a preguntar insistente la señora.
- A mi abuela Isabel – contesto mirando a Titán que acorralaba a un Caniche
- A ya me parecía que ese era el perro de Isabel – agrego la señora ya en un tono más relajado. Luego el grupo de trece personas, se habían sumado ocho personas mas, siguieron hablando sobre sus perros y cual era su comida favorita.
Esteban quedo pensando en ese conocimiento pueblerino en el que no solo se conocen a todos los que viven en el pueblo sino también, cuales son sus perros. Dejo de asombrarse con eso cuando noto que el grupo de personas ya eran treinta y sus respectivos perros correteaban por ahí, mas la cantidad que se acercaba a la plaza son sus respectivas mascotas.
- Todos son perros – pensó, y al cabo de una hora y media Esteban ya había perdido la cuenta como también había perdido de vista a Titán, había de todas las razas y colores. Ni siquiera podía moverse ya que los perros pasaban por entre sus piernas a toda velocidad desparramándose en el pasto a los mordiscones.
A las tres horas desde que había llegado a la plaza Esteban empezó a preocuparse ya que según sus cálculos debía haber alrededor de mil perros corriendo por todos lados a la par de sus chiflados dueños, ya no les resultaban risueños, y además todavía no encontraba a Titán. Esteban trato de alejarse y se dirigió, con gran esfuerzo, hasta una esquina de la plaza en donde había un gran pino y se subió al cantero para poder tener una mejor perspectiva. Desde ahí arriba estaba medio metro mas arriba del nivel de la locura y el descontrol perruno, desde donde pudo ver una par de situaciones bastante figurativas.
En un momento un señor saca de su bolso un frisbee de color fluorescente y lo arroja al aire lo mas rápido posible. Rápidamente, se genero una especie de ola hecha por perros que se abalanzaban unos sobre otros detrás del recorrido del frisbee, que cuando callo a tierra genero algo muy similar al rompimiento de una gran ola en el cual además de los perros había implicados unos cuentos dueños.
Mas a lo lejos de esta situación había una señora mayor que corría por su vida detrás de unos doscientos perros, al parecer había tenido la brillante idea de sacar una bolsa llena de carne picada para alimentar a un par de caninos nada más.
Esteban observaba a los miles de perros defecando y teniendo sexo por doquier mientras los miles de dueños discutían fuertemente ya que no querían que sus perros de raza se mezclen con los callejeros y los dueños de estos, sintiéndose muy ofendidos ante las declaraciones de los dueños de los perros de raza.
A todo esto Esteban estaba construyendo analogías en su mente cuando de pronto comenzó a notar que la gran cantidad de perros empezó a correr desesperadamente hacia el pino en donde estaba el, y al escuchar los ladridos de furia no lo pensó un segundo y empezó a trepar el árbol con todas sus energías. Al pasar por la tercera rama se dio cuenta del problema, había un gato refugiado de toda la barbarie entre las ramas, se detuvo y al sentir como debajo se asomaba a gran velocidad la gran jauría siguió trepando hasta quedar a salvo. La rama se partió y el gato y los perros se fueron todos al demonio en unos segundos. Esteban solo atino a quedarse ahí arriba hasta que todo se tranquilizara y pueda bajar a salvo de esa locura.
En efecto unas horas después todos los dueños empezaron a sacar pequeñas bolsas para juntar los residuos mientras comentaban lo lindo que había estado esa tarde y se iban retirando tranquilamente cada uno con sus respectivos perros, para disfrutar de alguna cena de domingo. Solo quedaban aquellos que aun todavía no estaban seguros si los perros que habían escogido eran efectivamente los suyos, ya que había gran cantidad de perros bastante similares y algunos habían perdido los cuellos con sus respectivos nombres.
Esteban miro hacia abajo y ahí estaba Titán esperándolo para regresar a la casa.
- Donde te habías metido? – le pregunto al perro mientras lo acariciaba en el cuello.
-No sabes lo que paso en la plaza abuela – le comento con gran entusiasmo a su abuela, que estaba preparando la cena y el aroma a esa salsa se olía a media cuadra.
Luego, Isabel le explicaría a su nieto que aquello que había presenciado no era más que una vieja costumbre en el pueblo que se había originado por tener una sola plaza en Leibig.
- Ya lo se mijo, no tiene mucho sentido si tenemos en cuenta que estamos en un lugar rodeado de campo y espacios libres, pero es así nomás, que le vamos a hacer –
En ese momento, Esteban entendió que algunas cuestiones sociales no tienen una explicación lógica, simplemente existen y hay que convivir con ellas lo mejor que se pueda.
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Por: Martin