domingo, 20 de diciembre de 2009

Ser humano en el beso

Al azar preguntándonos sobre una cama. Todo cuanto sea alegría. Miles de besos a la madrugada. Tardes omniscientes en medio del tormento. Al azar está hecho el destino de los que tienen el ansia de encontrarle sentido a todo lo que pasa. Ocho casualidades, y ya se tiene un libro escrito al nacer. Dar gracias al padre, a la madre, por un hermano rival. Dar gracias a la vida, por una muerte para el final...
PERO: ¿De qué habla un beso en una plaza?
Es un interrogante que por fuerza podría mover a pensar seria, simple, y apresuradamente en el amor, en la vida, en los paisajes de la ciudad, en las relaciones, en el narcisismo, en las infidelidades y las fidelidades, en la juventud y la vejez que se besa en las plazas, y toda una serie de cosas que pueden fácilmente corresponder al itinerario de una novela recopiladora que se gane algún premio concursado. Pero, ¿pueden todas esas cosas responder? Puede que no, y no solamente por el hecho de ser cosas superficiales, que por cierto lo son, sino por el hecho de corresponder a complejidades demasiado abstraídas de lo que le corresponde, es decir, lo fáctico del beso. La cosa siempre tiene que ser muy simple, fácil, visible, incluso muy estúpida al final de los giros (al menos es una condición que se impone el relator).
Un día, una mujer dijo que cuando nació, junto con ella había nacido algo que se llamaba conciencia, y que no la dejaba hacer algunas cosas. Este es un hecho cotidiano, sobre todo en la privacidad de los consultorios. Ahora bien, eso que nació junto con la mujer, tuvo que haber convivido con otros seres de su especie, con quienes relacionarse, como por algún mandamiento supremo de lo existente, y desde ahí, tenemos un sentido común.
Sucede que cuando esta mujer pronunció aquella confesión enojosa para ella misma, quien la escuchaba resultó ser un tarado, por lo demás demasiado consecuente. Y bien sabía él algunas cosas, que lo llevaron a saber algo simple en última instancia, justamente, eso a lo que alude un beso en una plaza.
Me dijo así: -Un beso en una plaza habla de la muerte-. Y como es de esperar, esto siempre produce un cierto sarcasmo en quienes lo escuchan, porque pareciera ser que los que filosofan en algún sentido siempre tienen que hablar sobre eso, la muerte, como si no hubiera otras cosas en el universo. La cuestión es que su resultado, como sabemos, es algo simple, que resulta de giros muy complicados, y como me advirtió desde el principio, es imposible hablar de la muerte separadamente de la vida y todo lo que implica ella.
Entonces pedí fundamentos, por mi inclinación humana al querer saber.
Dijo saber sobre la forma de vivir y sobrevivir que tiene el ser humano, por medio de su boca, en los momentos más remotos de su existencia, justo cuando nace el más primordial de los deseos, que lleva a aferrarse a la vida a un ser que puede llegar a vivir, comenzar a franquear la muerte de entrada, y para siempre que pueda dar un beso, incluso en una plaza. El simple hecho de que el beso constituya una acción de a dos seres, da la pauta de que todos están en esas condiciones, de querer besar, a la vida por supuesto.
Entonces, ¿no habla del amor?
El amor es una mas, de las excusas que se inventaron para besarse. A la hora de la verdad, lo que importa es el beso, el acto que ejecuta mucho más que lo que un estúpido ideal como el amor puede ofrecer.
Significa mucho más, alude al silencio que representa una boca que besa y no habla, al sabor, al aliento, a la vida, de cada uno de los besantes, porque trae consigo el motivo de esas vidas. Es algo tremendamente decisivo, deja una huella, una marca, en las pobres mentes de los seres humanos. Esa marca es el deseo, y todos lo experimentan, cuando recuerdan un beso, o anhelan besar a alguien, sin estar en presencia de una boca para besar inmediata.
Entonces hube de preguntar si no sería más bien algo aprendido gracias a la cultura en que nacemos. Y no fue así, ya que resultó ser para este tarado consecuente que la cultura le debe su existencia al beso, que inició la vida, y aferró al ser humano a ella, en el momento en que la muerte se presentó como el motivo más importante para besar.
El beso es el acto mismo que inaugura la cultura, que obviamente no es resultado de quién sabe qué ser supremo, a quien según algunos chistosos le salió mal el experimento, o se le infectó con un virus llamado humanidad. Es lo que tiene mas consecuencias en la vida, porque la inicia, la guía, lleva a uno a tomar decisiones en base al beso, a meterse en líos, a confundirse, a desear y a odiar, a extrañar, a llorar, a sentir ganas, a querer reemplazarlo con objetos que simulen ser bocas que besan.
A partir de ahí, todo un lío, la vida, el tormento, los besos en las plazas, en las casas, en los baños, en los andenes de trenes, en los autos, en las esquinas, sobre las camas, en medio de preguntas, silencios y recovecos del sexo, que constituyen la novela del hombre, que es mas esencialmente un ser besante, antes que un ser parlante y razonante.


Por Chespi

sábado, 5 de diciembre de 2009

RAREZAS

Alfredo cuenta las cuadras, son unas diez más, hasta la tranquilidad. Tuvo tantos encuentros en la vida, pero nunca tantos desencuentros. Llega al parque, apaga el motor del auto, ahora está en medio del silencio que necesitaba, pone su mano en la frente, agita su cuerpo en espasmos, emite algún tipo de sonido híbrido, un gemido, y llora.
Dolor, angustia, pena, bronca, tristeza, miedo, y todas las cosas que ustedes se puedan imaginar, provocan las ganas de ese llanto, pero lo es más, la impotencia. Esa sensación de rebasamiento, mas bien de insignificancia, que surte efectos intolerables para Alfredo, lo obliga a golpear el volante del auto, a mirar fijamente un horizonte que no tiene absolutamente nada de atractivo, lo que le llama la atención es la frialdad.
Por la ciclovía camina uno de los seres más raros del planeta, con un perro labrador sujetado por una correa, cabello largo y rizado, del color de los bosques en otoño, indumentaria deportiva, y cierta tranquilidad de viernes por la tardecita.
Este ser advirtió claramente que en ese auto que estaba allí había un hombre llorando y descargando impotencia contra el volante, lo cual le inspiró compasión, y no pudo menos que soltar un lagrimón. Alfredo le había parecido un hombre de esos buenos, queribles por toda la humanidad, y obviamente por la situación en que se hallaba, lo habrían desilusionado terriblemente. O al menos eso pensó este ser, que tenía la increíble capacidad de ver a las personas sin ser advertido, en sus situaciones reales, no en las falsas interacciones humanas, y verlos cómo eran en realidad, cuando no debían mentir a nadie, ni aparentar ser amables, ni mucho menos honestos. A pesar de esa lágrima de compasión, siguió camino, con su perro labrador, y durante unos veinte minutos trató de recuperar esa tranquilidad que traía por la ciclovía.
Llegó a su casa, se desnudó completamente, y entró a la ducha, con el ritmo sereno que solía mover su cuerpo, hasta que recordó nuevamente al hombre, y con toda el agua que se llevó parte de su ser mezclado con jabón, dejó irse varias otras lágrimas. Su debilidad era la humanidad, la real, la de la calle, y no la de las películas, los libros, y las canciones. Por eso nadie de su entorno entendía cómo era que podía ponerse tan triste o feliz por personas que no conocía, y sin embargo no podía sentir esa compasión con los dramas y las comedias que a todo el mundo inspiraba a catarsis. Este ser explicaba que era muy simple, que no lograba sentir nada por cosas que eran ficcionales, y lo que es peor, armadas por alguien como si fuera un calefactor, o un auto.
Un día llegó a un bar, donde siempre acumulaba sentimientos encontrados, causados por la humanidad en estado puro que allí anidaba. En medio de una increíble ternura, observando cómo una madre daba de comer a su hijo, se sorprendió mucho al ver a Alfredo entrar, elegir una mesa en un rincón, y abrir un libro, mientras esperaba su café. Además tenía la capacidad de retener fotográficamente los rostros de quienes le inspiraron sentimientos fuertes, y cuando lo reconoció, se invadió de angustia como aquel día. Se acomodó un poco para tratar de que Alfredo no se diera cuenta de que lo observaba, y en un movimiento torpe derramó el vaso de gaseosa, haciendo un ruido que centró la atención de todo el bar en su mesa, y sintió que todos le tenían vergüenza ajena. Alfredo la observó, pero en lugar de sentir vergüenza ajena, quedó admirado por el conjunto armónico de su cara, su nariz, su cabello color bosque de otoño, y la situación que sobrellevó muy cómicamente diciendo a todo el bar que no la mirara así porque le daba vergüenza, mientras reía y trataba de ayudar al mozo terco que limpiaba el enchastre. Ella lo miró también, e inmediatamente Alfredo volvió la vista hacia su libro.
Leyó tres páginas casi sin sentido porque no prestaba atención y no comprendía lo que leía, levantando cada dos segundos la mirada para observar, a ese extraño ser que todavía no conseguía aminorar el color rojo de sus cachetes. Terminó el café, el reloj dio las tres, se levantó, y dispuesto a irse tuvo que soportar un latido fuerte en su pecho, cuando ella lo frenó, y le dijo, -sé que sufrís, y no comprendo cómo alguien puede hacerte daño-. Alfredo no entendió nada por un momento, y cuando supo lo que acababa de escuchar, abrió grande los ojos, preguntó a la señorita si lo conocía, y qué estaba pasando, él quería saber si acaso eso era una broma. Ella sintió esa desesperación en él, y trató de calmarlo, le dijo que no era ninguna broma, que no lo conocía, pero que lo había visto llorando en el parque unos días atrás. Alfredo siguió desconfiado, y le dijo que no estaba para bromas, y se fue mirándola como a una loca.
Lo cierto es que ella no sólo había sentido compasión por él aquel día, sino que había quedado prendida de esa tristeza, tan real, que había en su cara, en sus golpes, y en la perdición de esa mirada que lloraba.
Volvió a sentarse en su mesa, y por un rato perdió la mirada por las paredes del bar, hasta que una discusión entre un hombre y una mujer la puso de mal humor. Se levantó y se fue. Pensó que era injusto vivir en tan constante tranquilidad, sin posibilidad de experimentar emociones propias, quedando fijada siempre por las de los demás, incluso enamorándose de ellas. Pero no consiguió enojarse por ello.
Llegó a su casa, se desnudó e inició el ritual que repetía al volver de la calle todos los días, cuando trataba de sacarse la mugre del mundo. Cocinó una pasta con salsa, encendió el televisor y miró una película, sin sentir nada, hasta que el sueño la arrastró a la cama, en donde soñó algo que nunca va a saber, y se despertó angustiada, a las tres de la mañana, comenzando a vivir.
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Por Chespi

viernes, 20 de noviembre de 2009

Ensayo y error

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Si el universo en que se supone que habitamos, es resultado (esto también es una suposición) de una multitud de accidentes, cómo esperar que el planeta nuestro sea armonioso? Tal vez deberíamos mudarnos de universo para alcanzar esa paz, que todos parecen querer, si es que existen, universos de otros tipos, y algo parecido a lo que se llama paz en alguna parte de algún universo. Incluso si se toma por convicción la idea (disparatada) de un universo hecho por ese ser supremo que ni siquiera quiero nombrar, tenemos algo así como un castigo por un pecado original, que se llama mundo. ¡Cómo esperar que las personas que resultan de esos orígenes convivan en paz! Si lo pienso un poco más, lo tomo por disparate.
-Querés que te pague?- con toda la sinceridad denigrante, un tal Pablo.
-No, no hace falta, no te preocupes- ella todavía mas sincera, pero al cabo de unos largos segundos, después de considerar bien la proposición. ¿Por dignidad? Ella sabe bien que los ideales son pura ficción, y no sabe bien si cobrar por sexo no es más digno que no hacerlo, después de todo el primer comercio es el sexual. De todas formas, el tal Pablo le resultó interesante, así sin saber bien por qué, tal vez por haber tocado alguna de sus fantasías.
-Y vos no me querés pagar a mí?- y con esto hubiera arruinado el momento mágico que había despertado la sinceridad, con la misma sinceridad. Pero ella rió mucho más, el caso es que no tenía dinero para pagarle.
-La próxima nos pagamos mutuamente, querés?-
-Pero eso sería simbólico nada más, si yo te pago, y vos me pagas con la misma plata-
-Ah no sé, yo no te dije aún cuánto te voy a cobrar-
-Si es así yo también me reservo la tarifa- se relajaban los dos en esas reacciones que tiene el cuerpo humano, espasmódicas, locas, causadas por la palabra, que son las risas, sumadas a la sensación orgánica de placer que se habían dado hace unos minutos y que todavía no se extinguía del todo.
-Sabés qué pienso?- esa preguntas le parecían muy comprometedoras a ella, que sin embargo quería saberlo.
-Hay días en que me levanto y me cuesta recordar cosas del día anterior. Y si recuerdo algo no estoy seguro si fue el día anterior o cuándo. Entonces pienso que esos días en los que no tengo registro, alguien hace algo conmigo. A vos no te pasa?-
-Estoy con un loco o algo así?- ella sigue relajada, contestando con ingenios del pensamiento.
-No, ojalá estuviera loco, no dudaría tanto- se vistió de humano, por fin, y dijo lo que sentía.
-No a mi no me pasa-. Él pensaba que era raro, que nadie advirtiera lo que para él era muy sospechoso, ya que como se sabe, basta con una sospecha para dudar de todo.
Su idea era que en esos impasses de su memoria, lo que hacían era borrar su mente como un pizarrón, para que empiece cada tanto desde cero. Entonces se había formulado el delirio de que tenía la dicha de empezar desde cero cada tanto, es decir, cumplir el sueño del hombre, de probar varias veces, por distintos caminos, a dónde lleva la vida. Pero como no recordaba nada, no sabía (y este era su problema a resolver), si en realidad probaba variantes, o si se mantenía en una eterna repetición, lo cual le resultaba muy duro, porque lo haría ver como un idiota.
Ella sin embargo tenía una conducta típica, jugaba de memoria, con el libreto en la mano, a ser una mujer: decía verdades en forma de broma, y siempre aludía a lo raro cuando no se animaba a expresar algo. Tenía amigas boludas, de pura pose, que sacaban culo hasta para hacer fuck you, que la mantenían muchas veces atada a eso que repudiaba que era. El tal Pablo le venía bien para hacerse la freak, aunque nadie se lo creyera, porque él, según muchas de sus amigas, “no iba con ella”.
Cuando chocaron no les quedó otra que improvisar, con los roles asumidos, una ficción amordazada que luego serviría de base para anécdotas de madrugada.
Entre la obstinada paranoia de cambiar de vida en la posterioridad de los días de amnesia, y la neurosis de aparecer con una imagen precisa para el otro, se tomaban de la mano y caminaban por el parque, por la ciudad, por el mundo, ese ojo que los veía como dos nenes. Ese mundo caótico que les daba propósitos en las susceptibilidades de las sustancias adictivas, así como les ofrecía una itinerario de ropajes especulares, y los hundía en habitaciones húmedas y olorientas, para apagar un poco el dolor, de vez en cuando, y serse sinceros, si daba el tiempo, después de matar miedos en algún bar.
Pero volvamos a la pregunta: ¿Cómo esperar que las personas convivan armónicamente en un mundo, en un universo, resultados del caos? Basta con observar los artificios a los que obliga esa convivencia, para pispear una respuesta: tal cosa es imposible. Aún más, tal cosa no tiene razón de ser, no posee atracción, no forma parte de ninguna naturaleza, sino de algún “lazo social”, que por sus propias palabras nos expresa todo: un lazo, algo construido, del orden de los “arte-factos”, que sirve para unir, un desorden universal, que por lo demás es hermoso.
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Por Chespi

jueves, 12 de noviembre de 2009

Alguien ahí?

Los dientes rechinando, el cuello apretado, las manos sudada, un escalofrío de mil voltajes por toda la médula espinal, los ojos abiertos al máximo de su radio, las pupilas dilatadas. Sentado con tremenda gravedad sobre sí, está el hombre mirando la televisión en mute, tratando de volver a percibir ese débil sonido que le anunció la presencia de algo más que él en ese departamento oscuro. Casi no puede, pero con un inmenso esfuerzo, se levanta y lo apaga. Y aparece, quien no quería que apareciera. Su fantasma más viejo, atraviesa por el pasillo dejándose ver. Y él parado, pesado e inmóvil, siente el pecho a punto de explotar.
Una princesita de buena crianza, piel rosada, rebelde, pelo negro teñido, como manda la ley de los estereotipos, lo mira a él, un valiente, fuerte de actitud, loco, atrevido, seguro de sí, que está metido en la escena y casi no tiene nada que ver con ella, y le pide que cambie de canal. Él ni la escucha, come y mira. Entonces le pega un sacudón en el brazo, y él la mira desorbitado, como apenas percatándose de que hay alguien a su lado.
-Me da mucho miedo loco, cambiá-. La princesa se tapa los ojos, para espiar de a poquito entre los dedos, y tratar de no pensar, en que sus fantasmas aparezcan cuando tenga que entrar a la pieza, o cuando camine por el pasillo.
-Vos estás loca si pensás que voy a perder esta oportunidad de sentirme así-.
Le transpiran los pies y las manos, le falta el aire, la habitación se agranda demasiado, pero no hay lugar donde irse. Se está volviendo loco muy rápidamente, tiene el impulso en el estómago, de ir hacia el pasillo, cuando da el paso algo lo frena como una mano en el pecho. Espera y se agita cada vez más, insoportablemente.
La princesa parece estar absorbida en la sensación. Tampoco puede moverse. El valiente siente mucho calor en la cabeza, y los pies y las manos congelados. Come y mira.
Se acaba de abrir un hueco en el medio de la habitación de las oscuridades. El hombre comienza a caer.
Los dos ahí sentados, se sacuden, como si fueran a caer también. En una reacción casi automática, innata, defensiva, sienten todo el temor de caerse por el vacío. Se agarran, como simbolizando el motivo por el cual las personas tienden a unirse.
El negro es muy denso, y silencioso. No da oportunidad de hacer nada, ni de agarrarse de algo. Ahí termina todo, la imaginación no puede ir más lejos.
-Qué sarpado- dice él, que no dudó un segundo en querer sentirse así. Se ríe. Siempre se ríe, de los gestos que delatan a los sujetos que tratan de ocultarse, en lo más intimo, de esos ojos que no engañan.
-Qué te reís- ella todavía está con pánico, y él con su risa, que al parecer la utiliza para amortiguar un poco el cagazo.
-Te estás muriendo de miedo-
-Si boludo, te dije que cambies-
-No hubieras mirado y listo- como si el humano pudiera contener esa tendencia de ir hacia lo que no le gusta. El supuesto derecho natural no es tan fuerte como para cubrir completamente ese impulso.
-Es como si nosotros quisiéramos caer por ese abismo viste, pero hay algo que te hace querer atajarte. Yo creo que eso es la vida- dice con acertada intuición, él que ha visto siempre la vida desde una perspectiva algo atrevida, sintiendo que todo le enseñaría algo en la vida, incluso la muerte.
-Dejame de joder- la princesa es vulgar.
-Enserio te lo digo, es como si quisiéramos ir directo hacia el final. Por qué te creés que pintaron tantos cuadros sobre eso, e hicieron tantas canciones de abismos, tantas obras de arte que simulan ese irse directo, pero de una manera más leve-. No será que algunos sublimados hayan experimentado realmente la desembocadura final? Es inverosímil, pero está sujeto a debate, ya que no se puede explicar cómo a veces las cosas tienen sentido recién a partir algunas pocas sublimaciones en el mundo. Después de todo, para qué sirve la sublimación, si no es para eso, para llevar más lejos, a un simbólico, ese pedazo de existencia que parece extinguirse en donde el tiempo deja de ser relevante.
-Qué tiene que ver, no delires-
-Y que si uno quiere expresar algo, enseguida se enfrenta al deseo de querer hacerlo, ir al final, y pinta un cuadro o escribe una canción, una poesía, justamente para no hacerlo- Cuando algunos han sucumbido al final de cuentas a ese impulso, han terminado por evidenciar que sus obras eran una estúpida etapa de preparación.
-Y los que pintan sobre cosas lindas?- ella no cree que todo se trate de la muerte solamente.
-Es otro punto de vista, pero de lo mismo. Por algo tenemos comedias y tragedias, nada más. Es imposible hablar de otra cosa, o te reís, o tenés miedo de morirte-
-Vos siempre te reís de todo-
-De vez en cuando, me gusta sentir el miedo. La verdadera forma de sentirse vivo, es tener miedo de morir. Pero no el terror, ese que vuelve locas a las personas-.
Como aquel que haciendo alarde del coraje de sufrir, no se mata por cobarde, por temor de no morir.”
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Por Chespi

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El roce

"Pero a los ciegos no le gustan los sordos, y un corazón no se endurece porque sí"
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Click para acá, y click para allá, va un tipo vestido de sobretodo marrón arena, con gafas oscuras, y sombrero bombín, fotografiando por la calle, los árboles, los pájaros, las personas que pasan y de vez en cuando miran a su cámara. También autos, edificios, casas, colectivos, y todo cuanto no pertenezca a alguna supuesta naturaleza.
El hombre es famoso y reconocido en el ambiente artístico, por alguna razón sus fotos tienen algo fuera de lo común, que nadie sabe cómo hace, ni con qué técnica. Es como si esa moraleja, tan romántica como patética, que dice que “lo esencial es invisible a los ojos”, se cumpliera en él, que dice que percibe las cosas con claridad, y usa un sistema óptico de unos cuantos mega píxeles que las capta. Esas imágenes despiden efectos, aparentemente artificiales, que él mismo afirma no usar ni aplicar.
–Solamente apunto a lo que siento- repite en todas las circunstancias en las que sus admiradores tratan de averiguar su secreto, lo que dicen que él absorbe, esa supuesta esencia de las cosas, culpa de Platón. Cuando alguien se detiene en alguna de sus fotos, siente una profunda revelación, una incomprensible sensación de estar viendo algo fuera de toda posibilidad de ser real por sí solo. Pero materializado al fin, y a disposición del asombro de multitudes. Para el que quiera convencerse de que en realidad la capacidad humana para ver las cosas es mucho más limitada de lo que se cree. Para el que quiera hacer realidad el deseo de ver las “cosas como son”, a pesar de que está hace mucho tiempo, instalada la creencia de que uno ve las cosas, no como son, sino como uno es. Un pretexto para hacer las cosas más aparentes, más acordes al estúpido deseo de que todo encaje o vaya alineado. No era su caso.
Lo más asombroso de su arte eran las fotografías de personas. Escapaban a toda significación, o fe, que alguno pudiera depositar en algo que ve y simplemente no puede creer. Las personas aparecían normales, en su figura, en sus contornos y proporciones, pero presentaban una especie de expresión. Era impresionante verlo, realmente cada persona que captó con su cámara estaban como envueltas en lo que según él, era su energía, su alma, su esencia, su ser, o como quieran llamarlo los literatos de las profundidades. Algunos tenían un halo de luz alrededor, otros un punto de color en el rostro, otros un brillo que les tapaba la cara, y algunos pocos poseían apenas algunos elementos perceptibles como unos botones de saco, o cordones de zapatos.
–Es lo que muchos experimentan como sentimientos, o afectos, es algo que está en todos, incluso en aquellos zombies que divagan por las calles junto a mí, junto a todos, en estado de alineación, en camisones, en pijamas, disfrazados, o como dicen, en estado de locura, habiendo perdido la razón. La verdad es que yo a la razón solamente la puedo escuchar- Todo el mundo sabe, que tratar de describir con palabras eso, es prácticamente imposible.
-Las que sacaste esta tarde tienen algo llamativo- le dice su editor en el taller. Ve que todo estaba teñido de un tono violáceo, cual si fuera una aurora boreal en medio del centro de la ciudad, a las doce del mediodía. Y que entre la multitud había una luz clara, mas fuerte que cualquiera, pero esta luz no correspondía a ninguna persona ni a nada. Era sólo una luz, sin objeto.
-Esta tarde sentí algo muy raro, era como si alguien o algo me estuviera siguiendo. Había un malhumor tremendo en el ambiente, ese es el violeta, pero también podía sentir una presencia fuerte, cerca de mí-. El fotógrafo creyó haberse enamorado de eso que estuvo cerca de él a la tarde. Su editor lo miraba desconfiado, enojado casi, como si le estuviera mintiendo para justificar un secreto que le valía éxito
-Como te la imaginas- le preguntó.
-Me “la” imagino?- pregunta el fotógrafo, como retándolo, por creer que el amor para un hombre tiene que provenir de una mujer. –No puedo imaginarme nada, lo único que puedo simbolizarme es un ruido constante y fuerte en la calle, esa agresividad que va desde las máquinas hasta el deambular vertiginoso de los hombres y mujeres, que de repente se hace murmullo, como si me taparas el oído con las manos, y el brillo que ves, aparece como tocándome la piel-. El editor le tiene tanta envidia.
-Qué nombre le ponemos a esta entonces- como restándole importancia a la foto.
-“El roce”- propone, y se dispone a seguir retándolo, -tu problema es que estás enamorado de la imagen, y no te das cuenta de que todo lo que aparece, es apariencia-.
Los demás le anudarán la forma a lo que sienten, y verán que tiene tal o cual color, tal o cual resplandor, tamaño, pero nunca van a poder sentirlo más que como un asombro. Ya que ese instrumento que llevaba en sus manos representaba justamente todo lo que él no podía. La única forma que tenía de “mirar” el mundo. Sólo para mostrarlo a los demás, con una cámara, porque por si mismo él no podía verlo, ya que este hombre, fue siempre ciego.
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Por Chespi

miércoles, 21 de octubre de 2009

Rompecabezas nocturno

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Es sábado, muy tarde en la madrugada, y afuera hay tormenta. Una guitarra le dice a un hombre, que tiene los dedos de los pies congelados, que la soledad es bienvenida cuando se acompaña de la lluvia, y se lo dice justo antes de ir a buscar unas medias gruesas al placard.

Quién sabe por cuáles circunstancias tiene que pasar un hombre como éste para estar así, un sábado por la madrugada mientras muchas personas de su edad estarán divirtiéndose en un bar, con amigos, en parejas, o en sus casas como él, pero mirando una película, u ocupándose de alguna tarea atrasada. Nadie lo sabe, pero el hecho es que mientras el viento penetra por las hendijas de las aberturas de su casa y hace temblar su cuerpo, así como agita las hojas de los solitarios árboles del parque, él canta en soledad, y su guitarra le continúa comunicando que si ha de haber una manera de comprobar que los sentimientos existen, es justamente a través de ellos.

A su lado un cenicero con nueve colillas y un cigarro prendido, un vaso que ya no contiene nada, unos cuadernillos, y un cancionero repleto de guiones para responder a las vicisitudes del amor. Qué bien se siente este hombre al darse cuenta de que está sufriendo la soledad. Está como disfrutando esa sensación de extrañar, de añorar, un olor, una sonrisa, un color, una voz, un beso.

Hojea el cancionero, y se le van pasando los meses y los años así como corren las escenas de las películas que otros estarán mirando en compañía de alguien, o quizá, y mucho mejor, en soledad como él, disfrutando de la ausencia. A cada guión hay una pregunta, y si no sabe para qué pregunta es el guión que usa en este momento, es porque tal vez se haya perdido en eso de deformar las cosas para que encajen en lo que lo atarea en el momento.

Ella, la pregunta para sus guiones, sin embargo no está como él, ni como los amigos en los bares, las parejas en las habitaciones, o los solitarios frente a la pantalla. Ella está en ese momento en el lugar donde las fantasías se hacen realidad, con un guión que no se lee, ni se entiende bien, pero que lleva adentro, y cierra los ojos para desarrollarlo. Es intrascendente para ella, y para él (porque nunca van a advertir la conexión que hay entre el sentir de sus guiones en ese preciso momento), cuando la voz que expresa uno, acompañado de una guitarra que cuenta y responde, produce el cerrar fuerte de los ojos de alguien que duerme, y sonríe, en medio de una inconsciencia y un silencio remotos. Ambos se detienen sin embargo, en ese segundo, en algún lugar de sus pensamientos, a ser testigos.

Vuelve a llenar el vaso, prende otro cigarro, hojea el cancionero, y cuenta que hay sólo una cosa para ver, escuchar, sentir, y pensar. Lo sabrá ella? No es probable, porque duerme. Pero por algo sonreirá.

Toma, fuma, canta, y de tan sólo que está, se da el lujo de llorar. Estando así es imposible, e inútil, tratar de comprender la cadena de sucesos que lo llevan a eso. Sólo hay discontinuidad entre lo que es y lo que lo causa. Un gran signo de pregunta de color negro, a lo que el guión no responde, ya que se limita a transmitir la sensación, y aún para eso sólo, resulta insuficiente.

Él supone que al final de todos los rebotes en el suelo, la moneda va a caer del lado que más gravedad tenga. A no ser por alguna cosa conspiradora que nunca falta para armar insólitos resultados del destino.

Mientras alguien en un bar, se desprende del grupo de amigos y va a comenzar una sucesión de hechos que podrían llevarlo a estar en completa soledad de lo que hubiera comenzado ese día, el hombre que hojea su cancionero al tiempo que da una pitada larga, sufre todos los efectos. Las causas están en los bares. Están también en los sueños de la sonriente. En la trama de las películas. En el decir de las parejas. Y terminan por ser explícitas en las letras de sus canciones.

Si alguien tuviera que armar este rompecabezas, sonreiría irónicamente como quién arma uno que ya conoce de memoria, hasta en sus secretos y mañas, porque ya lo ha armado muchas veces antes. Pero tal vez se sienta angustiado, insatisfecho, al darse cuenta al final, que se le perdió una pieza, y haya un hueco del color de la mesa en la figura.

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Por Chespi

viernes, 9 de octubre de 2009

Asesinato de Cuchillo

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Domingo pasado el mediodía, y “Cuchillo”, junto con sus amigos llena de vino la sobremesa. Por la avenida ayacucho viene pedaleando José, en su bici de mujer con asientito detrás. Cuchillo siente el mareo, José está decidido, y ya ni siquiera lo piensa.

Hacía unos días la hermana le contó a Cuchillo que José había vuelto borracho y maltrató a uno de los mitahíses, ella quiso pararlo, sólo consiguió que se pusiera peor y la moliera a palos. La ley del hombre todavía ejerce su fuerza por estos lugares, donde las cosas se arreglan a la antigua. José salió del lavadero de autos donde trabaja y gana monedas por día, muy cansado, y se tomó todas las cervezas que pudo en el quiosco de la esquina. Llegó a su casa y explotó, al contemplar una escena cotidiana deprimente, que le causaba impotencia. Propino golpes para todos lados y contra todos, descargando un impulso furioso sin motivo aparente.

Cuchillo manda a comprar mas vino, se saca la remera y deja lucir una cicatriz en la panza hinchada por años de sobremesa. Cicatriz que le valió el sobrenombre, cuando en una trifulca ligó un puntazo y tuvo que dejar internado al que se lo hizo. La hermana lava los platos, atiende a los amigos de su hermano el macho, termina y se va a lo de una amiga a contarle sus dramas personales. Al salir mira la vereda, el pasto, la cuneta con mierda a cielo abierto, el puentecito para pasarla, y se va pedaleando por la calle de tierra, llenándose de polvo los pies.

-Cuchillo te buscan-, le dice un amigo, a él, que sale gritando –Quién lo que viene a hinchar a esta hora!-. Le dicen en voz baja que es su cuñado José. Sale enojado, -Sos un hijo de puta!-. Pasa el portón con bronca, medio tambaleándose, José lo espera en el puentecito que une la calle de tierra con la vereda de pasto, sobre la cuneta.

La mujer de José había ido corriendo y toda golpeada a casa de su hermano para resguardarse. Cuchillo le dejó quedarse, ya vería José lo que era meterse con la familia.

-Quiero hablar con tu hermana-. Le dice José, recto, inexpresivo, sólo dos ojos bien abiertos llenos de frialdad.

-Para qué! Para pegarle de nuevo!... Cobarde de mierda porque no me pegas a mi!-.

José saca un cuchillo de su espalda cual si fuere el traidor en una película y lo atraviesa por el estomago, abriendo la cicatriz que le valió el sobrenombre al macho panzón. Cuchillo cae, José se le sube encima para comenzar a incarlo por todo el cuerpo unas veinte veces sin parar.

Se levanta agotado, mira lo que acaba de hacer. Su hijito menor que lo espera, mirándolo a punto de llorar, sentado en la sillita de atrás de su bici para mujer.

Los vecinos de la cuadra salen a ver que pasa, y ven a José irse con el mitahí en la bici.

–Díganle a todo el mundo que yo lo maté-. Enseñando su mano ensangrentada sosteniendo el cuchillo –Yo lo maté, yo fui-. Y se fue ante la mirada de todos.

La madre de Cuchillo, una señora que vivió demasiado pronto la vida y ya estaba cansada, salió corriendo y gritando desesperadamente a ver a su hijo que estaba tendido en la vereda, con los pies en la zanja llena de mierda, agonizando.

–Voy a estar bien mamá, no te preocupes que voy a estar bien, y lo voy a matar a este- dijo y murió, ajusticiado por su propio significante.

La policía fue a casa de José y como no era de esperar, lo encontraron allí. Estaba cocinándoles a sus hijos, unas marineras. Abrió la puerta y preguntó qué pasaba.

-Podés creer?- le contaba el cabo Ramírez a su sargento, mientras mateaban en la oficina, y José, sentado en la celda, sin ningún tipo de arrepentimiento, miraba la pared. -No me quedaba otra, no lo aguantaba mas- decía José al cabo primero, que chupaba el mate hasta exprimirlo.

Todas las viejas del barrio fueron a llorarle a Cuchillo, que a pesar de cabrón, era querido. Acudieron los vecinos que solían desfilar hacia la capilla los domingos, o sentarse en la vereda a ver lo poquito de vida que había en la calle, en las siestas calientes, llenas de tierra, entre las cuales, un día, José pasaba en su bici de mujer con asientito detrás.

El episodio fue archivado, y olvidado, como es costumbre de la ley oficial, incorporándose a la lista de anécdotas del barrio. La mujer, después de todo, se sentía orgullosa de su hermano que la defendió a muerte, y volvió con José cuando salió de la cárcel, a seguir recibiendo golpes de vez en cuando, los sábados, después de una jornada agotadora por monedas, y de unas buenas rondas de alcohol en el quiosquito de la esquina. Seguiría cocinándoles a ese pobre, y a sus hijos, hasta que un día, por esas cosas de la vida, José moriría y el hijo mayor llegaría con una mujer, igualita a ella pero más joven, con algunos restos de alegría aún. Sería fácilmente reemplazada, y olvidada, iría a llorarle a Cuchillo al cementerio, los domingos a la siesta.

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Por Chespi

sábado, 3 de octubre de 2009

Volviendo del Palmar

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Después de un día caluroso en El Palmar, lleno de lagartos y gorros, el viento fresco del atardecer se cuela por las ventanas abiertas del R18 bordo.

La catorce misteriosamente tranquila en un domingo obliga a Rubén a trasladarse por el pavimento con tranquilidad mientras los temas ochentosos hacen lo que pueden contra el ruido de afuera.

Los chicos dormidos atrás, menos uno del lado izquierdo que juega con el viento y sus manos. Rubén lo observa con calma por el retrovisor, esta vez lo deja tranquilo.

Mariza observa el juego del chico, con su esposo David el australiano, al lado, totalmente dormido. Intenta con timidez el mismo juego, tapa con un dedo el sol, mientras observa en silencio las palmeras negras y el cielo entero naranja.

Mariza se pregunta ¿que hubiera pasado si no se hubiese ido a Australia?

Se siente lejos estando en Argentina, eso no le gusta.

Mary le pasa un mate a Rubén mientras recuerda su infancia con Mariza, baldazos de agua en la casa del vecino en veranos de carnavales y las viejas entre los helechos y las sillas blancas de metal, también hablando de tiempos mejores.

El chico de la izquierda piensa que el si puede armar buenas naves con los ladrillitos, lo que paso la otra vez fue porque no le dejaron muchos.

El R18 responde de maravilla y alguien aprieta el mate porque Rubén esta por pasar al camión de adelante que va cargado de vacas.

Mariza y una vaca cruzan miradas, las dos se sienten lejos.

El pibe que viaja con el camionero, Lucas, había tenido suerte haciendo dedo muchos kilómetros atrás y los dos recuerdan historias, un poco inventadas, de Ibera su pueblo natal. Los dos cuando no tienen problemas con el silencio en la cabina, esperan ver de una vez la tierra colorada.

Bocina para el camionero, seña de luces para Rubén, amabilidad rutera.

Ya se hace de noche, no hay mas facturas ni mate, las ventanas arriba, el cassette llego al final pero nadie se preocupa, el ruido de las ruedas y el motor hacen lo suyo.

David se despierta y mariza, para que comprenda donde esta, le acaricia el pelo de la nuca y de paso se va alejando de los pensamientos anteriores.

La luz verde del pasacassette hace al ambiente tranquilo.

Llegan a casa y mientras uno de los chicos semidormido abre el portón, todos saludan a los vecinos que toman un vermú en la vereda con sus sillones de colores y el asado se hace lento en el fondo. El Chico semidormido, mientras espera que el auto entre para cerrar el portón, saluda a su amigo de enfrente que lo saluda con un vaso de jugo aguado en la mano.

- ¿Mama queda coca? – le pregunta a Mary

- No ahora te hago un jugo – Responde mientras baja las cosas de todos.

Aprovechando que alguien hablo, David le agradece a Rubén en un español muy difuso por el viaje tan cómodo.

- Es un buen manejando – le dice

- Tenkiu David – le responde en un ingles muy difuso.

Es curioso… en los buenos viajes, la memoria también viaja.

Pero esta vez Rubén solo se encargo de que los otros viajen.

Esta vez Rubén no recordó la mugre de los talleres en los que se ganaba el mango.
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Por Martin

domingo, 27 de septiembre de 2009

Los puentes y las represas

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La vena late, la puede sentir, cada vez que fuma, en su muñeca siente el galopeo. Alfredo sabe que ya es hora de dejarlo.

La aguja mas chica del reloj ha dado casi un cuarto de vuelta después del mediodía. Es hora de recibir a una paciente, que no sabe ni lo que quiere, ni quién es, ni para qué se lo pregunta todo el tiempo.

Se sienta y suspira, Alfredo la mira y levanta las cejas. –Venimos cansados?-.

-No no, es que estoy harta de mi novio-. Alfredo anota. –Ayer discutimos mucho y nos dejamos por un tiempo, decidimos que no iba mas así-.

-Bueno, pero es beneficiosos para los dos-.

-Si que se yo, es como que no podemos mas estar un día entero juntos sin pelearnos. Pero ahora por ejemplo quisiera verlo esta noche. Pero mañana a la mañana se que nos vamos a pelear de nuevo-.

-Tal vez tengan que verse por poco tiempo, unas horas, día de por medio-. Y la muchacha lo mira inmóvil, se queda quieta por unos segundos, provocando el fruncimiento del ceño de su psicólogo.

-Esa es la gran solución!?-.

-Tranquila Guillermina, fue nada más que un comentario al pasar-.

-Si como no! Estoy cansada de sus comentarios al pasar. Chau!- la puerta hizo mucho ruido cuando ella la cerró con rabia.

-Y esa fue una de las terapias mas largas con esa mina?-. Ríe Santiago mientras toma su café.

-Así es, siempre se enoja a los cinco minutos por algo que digo y se va ofendida-.

-Que eficiente es tu terapia-.

-Es verdad-. Y Santiago no entiende.

-Disculpame alfredito, pero ustedes los psicólogos…-

-Estamos todos locos-.

-Por lo menos lo sabes-.

-No lo sé, es lo que dicen todos-.

-Y vos qué decís-.

-Que no, que los locos están encerrados en un manicomio, o en un hospital, o presos, o en su casa delirando. No haciendo terapia a tanto la hora-.

-Claro claro-.

-Ahora, si vas y les preguntas a ellos, los que están encerrados, si están locos, te van a decir que no, que los locos son los que están en el laburo, en la oficina, en la calle, en los autos-.

-Entonces quién está loco?-

-No se, vos?-.

-No, yo no-.

-Si claro, eso dicen todos los locos-. Y ambos ríen, Alfredo siente el latido de su vena mientras fuma, Santiago piensa en una anécdota.

-Te conté alguna vez lo que hizo un amigo de la facultad?-. Y ya no importa lo que diga Alfredo, él va a contar la historia.

-El tipo tenía un problema, no se podía mantener despierto a la noche para estudiar. Entonces hacía mate, y nos sentábamos. Estudiábamos un par de horas, y él se dormía, era increíble como caía. Y yo quedaba desvelado, por el mate pensaba. Pero no, me enteré a los años que el vago le ponía pastillas con efedrina al mate, que tenía tanto sueño acumulado que llegaba a la noche y se desmayaba, pero con un par de mates con efedrina aguantaba al menos un par de horas. Y yo no me podía dormir mas después boludo! Ja ja ja-. Alfredo simula que le causó gracia la anécdota, aunque eso fuera lo único que no le causó.

-Efedrina che?-.

-Si, en aquel entonces ya existía, y era fácil conseguirla para nosotros. Manoteábamos en el laboratorio nomás-.

-Decime Santiago vos sos un puente o una represa?-.

-¿Qué?-

-Claro, un puente es eso que está por encima de las cosas, y las deja pasar por debajo. Una represa es eso que está en el camino, y las detiene. Sos puente o represa?-.

-Qué me querés decir con eso-.

-¿No entendés lo que te pregunto?-.

-Mas o menos… vos me estas diciendo que si soy de dejar pasar las cosas, o si me interpongo para aguantarlas, si hago algo para transformar lo que pasa-.

-Mas que eso, porque dejarlas pasar significa resignarse, dejar que las cosas fluyan es no tener poder sobre ellas. Y cuando te interpones lo que haces es retener su energía, su lo que sea que tenga, y lo usas para otra cosa, para lo que vos quieras, cuando creas necesario-.

-Definitivamente soy una represa-.

-Vos crees?-.

-Claro-.

-Entonces lo crees. Me parece bien-.

-A qué viene este planteamiento?-.

-Porque las personas en verdad creen que pueden hacer algo para cambiar las cosas. Por lo que parece es así, pero las cosas siguen pasando sin importar lo que alguien haga. Miralos a los pobres de greenpeace- señalando el diario- siguen y siguen y la matanza del planeta no para; los seudo-comunistas, socialistas, “seudo-todo”, en las mesitas repartiendo folletos y los políticos que siguen robando, la derecha siempre gana como sea, aun cuando parece perder; la policía, y cada vez mas inseguridad; los padres, que nada pueden hacer por sus hijos cuando caen en la basura, y puedo seguir y seguir. Mirame a mi! Todo parece hecho para intervenir en algo, todas las organizaciones, instituciones, todo, pero al parecer no logran lo que quieren, solo lo consiguen pero a medias, o mal. Todo lo que se hace se hace más o menos, o mal-.

-Y es así nomás viejo, que le vamos a hacer-.

-Ves? Ese es el resignamiento de los puentes, tendríamos que acostumbrarnos a que somos puentes, y nada más-.

-Epa che, que pesimista-.

-Si, soy el “tesoro de los pesimistas” pero vos sos peor que decís “así nomás es”, sus un puente grandísimo y antiguo-.

-Bueno pero para cambiar algo hay que empezar por uno mismo ¿no?-.

-¡Que romántico!- con increíble sarcasmo- ¡Es una boludez eso! Está bien, es un principio, para que se haga algo a nivel colectivo, pero, es arrogancia a la vez, creer que con que uno cambie el resto va a hacer lo mismo. Sin embargo muchas veces pasa eso, con lo que se dice “sentido común”. Pero el sentido común no sirve de nada amigo, hay que hacerlo con las cosas que sirven, sino nos vamos a terminar jodiendo siempre, como venimos haciendo hace largo rato-.

-¿No te parece que ya estamos bastante jodidos?-.

-A veces quisiera tener ese sentido común que te hace olvidarte de todo, y pensar que la vida “es así”-.

Afuera, a unos metros, un hombre de gorra, con campera de jean, observa una mujer que va por la vereda con su cartera en el hombro, la tiene agarrada con ambas manos. Al instante está forcejeando. El hombre está tirando con fuerza, cubriéndose la parte inferior echando su cuerpo para atrás. Al instante siguiente, la mujer llora, el hombre corre, la gente pasa.

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Por Chespi

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Caminando

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Desde el colectivo se pueden observar todos los caminos que se dibujan por la ciudad. Los hechos a propósito, y los que se hicieron por el sólo andar de las gentes.

Uno se adentra en las ciudades y empieza a recorrerlos, casi sin darse cuenta, al menos conscientemente. Va al almacén, y pasa por la plaza acortando camino por un sendero donde no hay pasto, ahorrando tiempo tal vez, pero mayormente, por la percepción de que ahí hay un camino dispuesto a ser transitado. Si uno anda por las veredas del centro nota que el transito es pesado, y tal vez tenga la necesidad de evitarlo, desviándose por donde andan los mas antiguos, o los mas segregados del centro. Lo que más llaman la atención son esos grandes senderos de piedras en los parques, delimitados en su frontera por varios árboles de la misma especie, perfectamente colocados y alineados. En otoño son el paisaje más solitario de la ciudad, pero necesitan de una persona, o de una pareja, que pasen por ahí, para expresarse.

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-Por esos caminos la gente anda, y se cruza, como anda y se cruza en la vida con las otras personas- piensa Pablo, mientras va en el colectivo rumbo a su casa.

-Qué hacen los caminos, aparte de servir de medio para llegar a algún lado?- sigue reflexionando mientras pasa por una iglesia, ve gente salir, mucha gente, que anda por el camino de Dios, el que lleva directo al cielo, pase lo que pase. A unos veinte metros, hay tres pibes de unos diez a trece años, con escurridores en sus manos, y algunas monedas en el bolsillo. Piensa cruzar a la otra vereda, desviar su camino, pero se anima, y sigue. –Una monedita señor? Pa´ comer- le denuncia el guacho. –Tomá pibe, pero comprá comida eh- lo reta Pablo, que sabe que esos andan por muy otros caminos que los de la iglesia a veces. Esos que llevan directo al abuso de sustancias, y terminan en la muerte sin pena ni gloria. –Los llevará al cielo, a pesar de todo, ese camino?- sigue con la reflexión y va llegando a casa, por el propio camino, despacio, como le gusta recorrerlo, los días grises de otoño, que son especiales para caminar.

Lo espera ella, a quien conociera cuando comenzaba a transitar por la senda de la universidad, el estudio, la carrera, eso que según parece, lleva al hombre a conseguir sus medios, incluso lo haría poseer algún tipo de conocimiento, bajo la forma de una verdad, que editaría su realidad, donde ahora hay caminos que se presentan como enigmas para recorrer.

Ella seguramente ya habría llegado después de su recorrido diario, unas horas antes que él, y estaría repasando lo hecho y por hacer para el día de mañana. También andaba por la senda que él, pero en otra rama. Después de un conjunto de azares, habría terminado yendo a estudiar a esa ciudad, donde fue él, que casi no puede por no conseguir casa. Una pensión fue todo lo que pudo conseguir y costear para iniciarse en su vida universitaria. La misma pensión a la que ella iba a ir a vivir, más premeditadamente que él, pero el mismo lugar al fin de cuentas.

Entra al departamento que ahora, unos años después, alquila, y ella ya tiene la comida casi lista. Lo cierto es que él nunca pensó en encontrarla cuando se iniciaba en esa carrera, en esa ciudad, en ese país, en ese momento de su vida. No buscaba precisamente eso, cuando lo encontró.

-Los caminos, unen azares, y los hacen destinos- pensó mientras la abrazaba y le daba un beso.

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Por Chespi

jueves, 17 de septiembre de 2009

Dos locos y una pregunta


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-Qué carajo pasa acá, donde está la ventana-. Este sujeto, siempre eufórico, trata de encontrar alguna abertura, porque no puede, sentirse encerrado. Es uno de esos tipos que le preguntan todo a todo el mundo. Pregunta datos sin importancia, pregunta qué hacer, dónde ir, cómo gastar su dinero, qué elegir. Su historia lo llevó a ser muy inseguro, al punto de que necesita la corroboración de cualquier otro para realizar cualquier acción, para dar cualquier paso. Ahora está parado en una habitación rara, a donde no sabe ni por qué fue, pero él está ahí, porque alguien le habrá dicho que entre. Completamente solo, no sabe qué hacer, pues no hay nadie que se lo diga.

Se abre una puerta y se siente aliviado, ante la inminente presencia de alguien más, en este caso, un sujeto que va encontrando paredes, y cuando esta por chocarse contra ellas, se desvanecen, miles de veces. Se dice a sí mismo que vive al límite, como excusa, para no tener límite alguno. No tiene pared para reventar su cabeza. Y ahora está encerrado entre cuatro de ellas, con un tipo que le pregunta.

-Qué hago yo acá- Insistentemente.

-Viniste a practicar una introspección celestial, para encontrar la metafísica- Agarrándolo para la joda el muy bueno y seguro de sí, se aprovecharía de este pobre sujeto.

-Para qué me sirve eso?-

-Para salir de acá- y se hace carrera y corre directamente contra la pared, la choca y cae al suelo. –Ves? no podés salir por medios físicos-

-Pero vos estás loco cómo vas a hacer eso. Para qué quiero salir yo de acá- No había forma de darle buena justificación a alguien como él.

-Para ser libre, porque estos hijos de puta te encierran acá creyendo que así te van a controlar. Pero son boludeces, en realidad te tienen acá para que no molestes. Sos muy molesto, sabes?- el otro lo mira, desconfiado, casi, porque le cree.

-Vos podés enseñarme a hacer eso para salir de acá? Cómo se hace-

-Es difícil para los débiles mentales como vos. Pero vamos a probar- se sienta, apoya la cabeza contra la pared, y cierra los ojos.

-Qué hago- le pregunta el otro.

-Copiame-

Ambos están sentados, con sus cabezas contra la pared, los ojos cerrados, y el que pregunta todo no sabe en qué pensar. –Pensá en el afuera- le dice, y se quedan callados.

-Nada che, no me sale, sigo acá. Y vos por qué estás acá, sos muy molesto también?-

El otro no responde, entonces insiste. Pero nada. Parece que el otro en realidad se fue de la habitación, y de nuevo, él se queda sin hacer nada.

En eso entra alguien más, -a comer- pronuncia la voz autoritaria, justo lo que le hacía falta al inseguro. El otro vuelve a abrir los ojos, y se levanta.

-Eh, volviste, adónde te fuiste, por qué volviste- aceleradamente.

-Para comer volví, tengo hambre, y afuera estaba aburrido. La gente no es nada interesante-. Va hacia los platos llevándose por delante al pobre sujeto, que además es muy débil.

-Vos qué decís que coma primero, el arroz, o la carne? Cuál es la mejor parte, así la dejo para el final-

-Yo me como todo de un solo saque- y se manda el plato entero, con pan y todo, en unos segundos. El sujeto, que es muy inseguro, ni lo duda, le hace caso, y se termina atragantando.

-Sos muy tonto, si no tenés la capacidad para hacerlo, no lo hagas, te podés lastimar-

-Vos decís que practique?- Sigue molestando con sus preguntas, que no tienen importancia para el otro, que es muy capacitado como para perder el tiempo contestando a todas las cosas sin importancia. Al menos eso creía él, que se inmiscuía en cuestiones más difíciles y elementales, para conseguir el estado puro de la metafísica.

-Para qué querés esa cosa de la metafísica- sigue preguntando.

-Para que nada ni nadie me pueda parar. Cuando alcance mi estado puro de existencia, voy a ser imposible de vencer. Un ser supremo-. Como si fuera el relato de un megalómano en proceso.

-Y para qué vivís entonces?- preguntó automática e inocentemente el sujeto, que no tenía idea de lo que acababa de desatar, pensando tal vez en que la vida sería un constante fracaso, o competencia entre iguales.

Lo cierto es que esa frase tan corta, que apuntaba a una respuesta como todo lo que el pobre sujeto enunciaba, hizo que emergiera un terrible silencio, uno muy espeso que nace y se presenta como insoportable, como la barrera a toda posibilidad de hacer o decir algo. El otro quedó catatónico, duro, como si las paredes de un laberinto se acabaran de cerrar sobre él. Todas las paredes que nunca lo detuvieron, se impusieron con toda la revancha y fuerza de un ejército milenario que esperaba al acecho escondido en los senderos entre las montañas, en las oscuridades de los bosques, detrás de los médanos de los desiertos mas tramposos, de los muros más frágiles, de las evitaciones con mas consecuencias, para todo aquel que pretenda ir más allá de las paredes, esas que se caen cuando se desestabiliza sus bases, cuando se toca al ser, con una pregunta simple y devastadora.

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Por Chespi

viernes, 11 de septiembre de 2009

Los delirios de Juan... (el globo pinchado)

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-A qué venís acá, después de tanto tiempo- me dice Juan, se siente un poco de lado, pero sabe bien que no está extinguido. –Al menos estás dispuesto a escucharme?- qué vanidoso, como si yo buscara tanto. La verdad es que solamente vengo a tratar de alinear letras.

-Así que estás confundido- me pregunta en una acepción, es mucho alarde para un pretendido simplista. No es que esté confundido, sino que hay muchas cosas que son repiqueteantes e insoportables.

-Ya te dije que todo esto es por culpa de ustedes, que son ciegos por decisión propia- ya lo sé Juan, no me lo repitas más, no es necesario. Lo que pasa es que hay muchos hablando de un supuesto vacío, una supuesta cosa que no tiene nombre, que según dicen, es lo que esta “pre” a todo, y no hay forma de saberlo, no hay forma de darle estatuto a eso que no es sino nada. Las múltiples cosmogonías se van extinguiendo en ese punto, y se hace cada vez más evidente que no hay cómo llegarle.

-Así que ese es el tema. Estás con la maldita pregunta de todos los que tienen tiempo para ponerse a pensar. Ya te he dicho, que esa pregunta no sirve para nada, porque no tiene respuesta- Puede ser Juan, sabés que trato de no ser de los que andan porque sí por ahí. A mí me gusta complicarla antes de averiguar que es muy simple, como andar en bicicleta.

Juan sabe bien que yo le voy a discutir hasta el color de las nubes, con tal de que me diga la verdad. Y aunque él sabe que yo sé, que nada de lo que pueda aseverarme es verdad, sino sólo verosímil, se dispone siempre a contarme su versión.

-Qué ha pasado con tus personajes, que están tan perdidos, entre los laberintos placenteros de las drogas, entre las superficialidades de lo que ustedes llaman realidad. Qué les pasa que no saben más ni como manejar un desencuentro, o un dolor de cabeza sin andarse con boludeces, con evitaciones, rodeos tontos, que los terminan mareando en medio de un living vacío de objetos interesantes. Qué pasa con sus necesidades mas vulgares y bajas, que no pueden renunciarlas a veces cuando es necesario, ni siquiera en pos de un deseo más, no sé, altruista, como los viejos y buenos protagonistas, esos que hacían hazañas macro, enormes, rompiendo cristales de paradigmas, pisando cabezas de utopías, teniendo agarrado de la cola al escapista por excelencia que es el destino para ustedes-.

No sé Juan, supongo que así están las cosas ahora. Igual te digo, que con toda esa malvisión que tenés sobre nuestra realidad, no pretendas hacerme sentir mal, no me quieras hacer pesimista, porque vos sólo tenés noticia de algo, porque me conoces en las letras. No te me quieras hacer el que sabe todo, si nunca has estado en esta realidad.

-Ya te dije que no necesito de ella. Para qué vendarme los ojos, con banalidades, dejá, prefiero vivir entre los universos que dicen, y son, antes de padecer el no tener, o no ser, que los lleva a cometer suicidio o asesinato, incluso sabiendo que pueden también amar. Para mí Hamlet es una comedia, sabés, me gusta, se le arma terrible kilombo por el sólo hecho de no querer sucumbir a la tentación. Qué inútil, no sirve para nada ese tipo, más que para hacer una pregunta mala- El supuesto deseo de no desear, qué mentira Juan.

Es muy grosero, pero tal vez sea más sincero que grosero, o tal vez ser sincero signifique serlo, un hijo de puta, con las ilusiones de los reales. Y yo todavía pretendo hacerlo funcionar con los engranajes de nuestro sistema. De nada sirve, él está siempre donde tiene que estar, en el único lugar donde nadie que viviera quisiera estar. En la maldecida frontera.

-Hacé una cosa, ya que sabes- me supone sabedor -que ustedes son todos unos globos de aire, pincha alguno que esté mojado, y vas a ver cómo, cuando el aire se expande, las gotas de agua forman la capa y se expanden con el aire que sale del encierro. Es de adentro hacia fuera, aunque no lo creas y te empecines en ir de afuera hacia adentro. Porque esa es su condena, pretenden ir hacia adentro, ignorando que el camino es hacia fuera, hacia los más lejanos espacios, muy allá donde tal vez algún día encuentren nueva frontera si van, nuevas ilusiones les vendrán, de finiteces y clausuras de sus supuestos infinitos en dónde creían estar, y alguien desde afuera, tonto, como ustedes, les pinche el globo, pretendiendo ir hacia adentro-.

Qué fantabuloso sos Juan, el universo es un escapista.

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Por Chespi

jueves, 3 de septiembre de 2009

Rio invisible

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Que si no hubiéramos terminado como terminamos, no te veríamos tan majestuoso.

Y no te vemos si no es porque arrastras y dibujas líneas. Río invisible que me cortas la cara, desensibilizando mis manos, haciendo mi cuerpo temblar, en busca de calor.

Me haces acordar que estoy absolutamente solo, en el lugar más solitario del universo.

Cómo vengo a terminar así, y por qué.

Todo lo que te llevas, y traes. Hace mucho tiempo que nada es igual. Desde que depositaste cosas lejanas en mi suelo, que trato de acomodarme. Hubiera sido mejor que me lleves con los míos, y no que me dejes solo, con novedades que no se qué hacer con ellas.

Sos ineludible porque sos el tiempo, eso que no hace otra cosa que cambiarme, sin ser consciente de que la metamorfosis, es un paso mas, y quizá el ultimo.

Le diste la forma a lo que no te pudiste llevar, y le has dado el alma a todo lo que se puede mover. Yo sólo puedo nadar, en tu inmenso despliegue, y pensar que si voy contra corriente, tal vez supere algún propósito de ser, y de no ser, ese que se deja llevar.

Largo tiempo no te vi, pero ahora no me engaño más, estás ahí colmándome el paisaje, río invisible qué importancia tiene que esté acá.

Si no puedo hacer más que percibir tus olas, por las cosas que pasan.

Qué gran pena, que todo tenga que pasar.

Admito que pensé, que tendrías piedad, pero te comprendo. Yo soy río, lo que me has hecho ser. ¡Tuve que nacer sumergido en vos!

Y solamente con vos puedo hablar.

Que bueno que haya norte… y me pueda escapar.

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Por Chespi

domingo, 30 de agosto de 2009

Con secuencias

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Esteban se suspende en el aire mientras explota un estribillo en medio de un recital al aire libre y cuando toca el suelo, todo el gran juego de luces se apaga sin razón.

Miles de personas reclamando con insultos dejan atrás sus ideales de un mundo en comunión y un técnico viendo que ya no hay chances se olvida de su consola y prende un cigarrillo que se consume incomodo.

A no más de treinta kilómetros una camioneta japonesa se desplaza a toda velocidad por el largo de la represa hidroeléctrica que abastece a gran parte del país, llevando a dos operarios y a Daniel, que tiene quemaduras de primer grado en toda su cara.

Un rato antes con el pelo aun sin chamuscar, Daniel decide hacer su caminata habitual para chequear unos cuantos relojes y verificar que todo este en orden.

La semana pasada había llovido mucho en brasil y ahora las compuertas estaban abiertas al tope y las turbinas a todo dar.

El río desemboca violento y Daniel nota que una de las luces que deberían estar en verde esta en rojo. Con su potente linterna sumerge la mitad de su cuerpo en uno de estos grandes tableros alemanes y sin saber aun que andaba mal, roza con su linterna metálica un gran cable sin cobertura y el gran tablero le explota en la cara.

Esteban decepcionado por el apagón no se desanima y organiza rápidamente una cantata en un parque cercano. Hay unas veinte personas alrededor de un fuego improvisado, un par de guitarras y mucho alcohol. Los ideales de comunión resurgían entre los jóvenes.

Daniel moribundo y drogado naturalmente por la adrenalina logro llegar a la sala de mando abriendo las puertas a los gritos, mientras sus compañeros y amigos dejaban sin pensar ese partido de truco y lo metían en la camioneta directo a la sala médica.

En algún momento inoportuno del trayecto Daniel se pudo ver en el espejo retrovisor y el dolor fue acompañado por la bronca y luego el llanto.

A Esteban le pasan una tuca y acepta sin vacilar, fuma tres secas y se recuesta en el piso a sentirlo todo un poco mas, empieza a divagar entre sus pensamientos y sus sentidos ahora agudizados le hacen llegar a conclusiones de perfección.

Esteban siente en lo mas profundo que la tecnología lo aleja de lo esencial de su ser, arroja su celular a la mismísima y empieza a sonreír levemente. Se reincorpora al fogón y se queda escuchando la música con cara de “ahora todo tiene sentido”.

A Daniel lo llevan urgente al hospital de la ciudad, que con un grupo electrógeno puede seguir funcionando y lo vendan de la cintura para arriba, una inyección con anestesia local y ahí queda para el deleite de su inconsciente.

Esteban llega a su casa con el amanecer y ve la nota en la mesa…

- Papa tuvo un accidente en la represa, andate ya para el hospital -

Ahora en el bolsillo de Esteban un celular nuevo y en la represa linternas de caucho.

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Por Martin

viernes, 28 de agosto de 2009

"Del universo al mundo, en cinco letras"

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M, A, R, I, A. Cinco letras que nadie imaginaría que pudieran llegar a condicionar la vida de una persona como Pablo. Y a tal punto llegó el encarcelamiento, que todo, casi todo, lo que hacía o conocía, contenía esas letras.

No importaba que esas letras no tuvieran algún tipo de relación directa con su cotidianeidad, él le encontraría siempre alguna, incluso no importaba que no tuviera ni siquiera relación indirecta, él la inventaría. Estaba destinado a padecerlas, a esas letras que pronunció tan alegremente cuando la llamaba, tan melancólicamente cuando la invocaba en charlas de madrugada con alguna oreja de turno, tan inconscientemente en sus sueños, bajo el aspecto de otras mujeres, incluso de hombres.

Él se creía incapaz de ir en contra de su destino, el cual le decía constantemente que no se podría olvidar de ella ni cuando fuera a la panadería, cuando escuchara un disco, o leyera un libro, donde abundan las Marías que atormentan personajes siempre obsesivos. El caso de Pablo era más bien algo con tintes de locura, de paranoia, más que de obsesión. Iba al videoclub y encontraba películas con nombres de mujeres y lugares, que si bien no eran Maria, contenían las letras, cosa suficiente para que en el aire armara el nombre, terribles anagramas que no lo dejaban en paz, evocando su sentencia hasta en las tramas de los dramas y comedias que miraba con el pretexto de re-encontrar algún sentido a la vida. Ese sentido que no importa para nada cuando se lo tiene, y que se convierte en lo único anhelado cuando no está.

Tampoco tenía explicación, casi nada lo tenía en él, que estuviera tan fijado a ese destino de buscarla y encontrarla en todos los lugares donde no estaba. Porque había sido un encuentro para nada bello, el que había tenido con ella. Desde el principio jugó con él, se aprovechó de su bondad, de sus buenas intenciones, de sus ilusiones, de su amor, y le hizo mucho mal. Receta perfecta para mantener a alguien bajo el imperio de un yo, que sólo demostró crueldad. Receta perfecta para enamorar a un Pablo cualquiera. Para condenarlo a sufrir por todo lo que no le dió.

-Eso es el amor- me dice Juan, mi interlocutor verdadero, que de personaje, pasó a ser coautor de mis estupideces.

No estoy acá con el tema del amor. Lo que sucede es un perseguimiento, de alguien que ha caído víctima de una especie de maldición, verdadero padecimiento de alguien que no puede cortar la cadena que lo ata a esa roca tan pesada. Estamos acá con alguien con los tobillos sangrados Juan.

-Eso es el amor- me dice de nuevo, es muy insistente, lo cual es digno de percatarse, no suele insistir con mentiras.

Entonces, un día Pablo estaba mirando el cielo de noche, tenía un particular interés en la astronomía, pensaba que esas estrellas les dieron a miles de civilizaciones remotas los mensajes para descifrar el universo. Tantas cosas que por mucho tiempo no se quisieron ver, que se negaron con el pretexto de confiar en algún, o algunos cuantos dioses, que se hubieran encargado de todo en algún momento que nadie sabe cuándo, pero que decidieron desatar el infierno, la carrera infinita, la búsqueda eterna de la verdad que nunca hubo de ser encontrada, sino mas bien sólo buscada. Y de todas las constelaciones en el cielo oscuro, Pablo por alguna razón, que ya sabemos que es su condena, buscaba las Tres Marías. Al fin encontradas, les habló, les preguntó, como sus antepasados, pero no por el universo, ese infinito y solitario lugar en el cual estamos sin saber por qué. No, él no se interesaba en eso ahora, sino en María. Les preguntaba, se lo hacía a sí mismo en realidad, pero a través de las estrellas, más fácilmente, buscando respuestas en el cielo, como siempre ha sido que ha hecho el hombre, que por mucho tiempo, y aún hoy, no quiso y no quiere mirar hacia sí. Allí Pablo no esperaba que hubiera algún Dios, o alguna forma geométrica que le develara el sentido. Solamente estaban las Tres Marías, su condena, en tres luces, a más millones de años luz de él de lo que alguien pudiera medir. Tan lejos llegaba su destino, su condena.

Y tan lejos llegó que al cabo de un tiempo, ya no había ni recuerdo mental de la imagen de ella, tan cautivante, ni de su olor envenenante, ni de sus gestos de indiferencia. No había nada que pudiera remitir a un ser humano, como alguna vez fue María para él, sino sólo las cinco letras que abundaban en el mundo por doquier. Flotaban en el aire de la casa, de la calle, en las copas de los árboles, en las copas de vino de madrugadas interminables con alguna oreja de turno. Toda su percepción se limitó a recortar y resaltar las cinco letras. Desarrolló un pensamiento tan paranoico que llegó a concebir la idea de que las Marías eran la estirpe del mundo dedicada a desangrar las pasiones por donde anduviesen. Hasta la virgen María cayó bajo ese rótulo.

Al final, María había perdido todos los atributos de real, convirtiéndose en un conjunto de letras que perseguían a Pablo donde fuera que estuviera y lo que fuera que estuviera haciendo. En algún momento de arte, creó una teoría sobre esas cinco letras, basando el declive de la sociedad moderna en una causa única y elemental: María. Luego la extendió a causasión de otros artes, como la pintura, la música, el cine, la literatura, que él sabía de hace rato tenían una sola causa posible, y era la misma que llevaba al hombre a padecer y ponerle símbolo a todo lo que esas cinco letras producían.

Nadie sabe cómo, pero un día, por algún azar que alguien pueda pensar como casualidad, cosa que a Pablo no le engañaba más, si todo el azar era un terrible destino, se la encontró a María, la real, por la calle. Donde por supuesto ella estuvo siempre. Venía caminando con un hombre, el cual resultó ser su novio, y resultó llamarse Pablo. Hecho que terminó por corroborarle a nuestro Pablo que el destino era aun más grande de lo que él podía forjar. Y aunque fuera su delirio más lindo…

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Por Chespi

sábado, 22 de agosto de 2009

Las noches de rock con superman


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Un tipo bastante drogado y tambaleando abre la puerta de la casa, dejando lucir un aspecto demacrado. Barba desprolija, flaquez, sudor, ropa sucia, olor, pelo largo y despeinado. –Hoy hay festejo- me dice, y yo ya pienso en alguna buena forma de pasar el rato, cantando canciones de rock, con voz mejorada por el vino, fumarse unos buenos cigarros, y ser uno mismo entre millones. El pobre apenas se mantiene parado, hace varios días no come, ni se baña, pero eso no le importa, a él que cuando tiene un objetivo en mente hace que el resto de la realidad se suspenda.

-Te veo a la noche, llevá algo para tomar, hay choripanes- me dice y sale como vino, tambaleándose, subiéndose a las corridas a una bicicleta despintada, ruidosa, como él.

Enseguida me preparo, limpio mi guitarra, pienso en todas las mejores canciones que conozco y que quisiera que todos escuchen cantadas por mí. Improviso una selección de mi cancionero, me visto disfrazándome de rocker, tengo el pelo muy largo, eso me ayuda, y salgo a esperar el colectivo, para subir y que me miren raro. Pero soy muy ingenuo, no sé lo que me espera en esa fiesta, ni qué especie de personas más raras y locas son, que lo que yo pueda disimular ser. Viajo y voy cantando mentalmente, tengo todas las gesticulaciones típicas, muevo la cabeza, golpeteo mi pierna con la mano, mi cuerpo entero va con el ritmo en el alma.

Llego y todo parece estar muy tranquilo, sólo hay dos mujeres, y unos cuantos drogados tratando de hacer fuego de un pedazo de tronco. Qué tarados, son ridículos, pero me dan mucha risa, a todos hacen reír con sus torpezas. Yo me hago el loco, pero no tengo ni un gramo de sustancias ilegales en mi cuerpo, entonces me pongo de pie y me hago cargo. Busco ramas secas, las acomodo debajo, con un poco de papel, e inicio una humareda barrial, con lo que me gano el respeto de todos estos drogadictos que me alaban como si hubiera solucionado gran cosa. Luego de unos quince minutos, viene un tipo tambaleando entre la oscuridad del patio, tropieza y cae, golpeando la cara contra un tronco que sirve de asiento. Ni siente el dolor, se para, y ni sabe que tiene la cara ensangrentada, agarra uno de los chorizos con sus manos sucias, y lo parte. –Esto ya está- dice, porque él trabajaba en una parrilla y sabe de eso, él que apenas puede estar parado y no podía ni prender un pucho, él llama a todos a comer. Yo no interfiero, le doy toda la responsabilidad y me miro de reojo con las mujeres que no saben que hacen ahí, pero comen el chorizo crudo como si fuera un manjar, disimulando, para no hacer que los drogadictos se persigan.

Es la hora de comprar vino, yo ya tengo mi guitarra perfectamente afinada, llamo a las mujeres y al único rescatado que todavía no se fue de la realidad para sentarnos a cantar. El tipo que fue a mi casa a la tarde es el organizador de la vaca, tiene como medio kilo de monedas en la mano, agarra su bici destartalada, corre, apoya un pie en un pedal, dándole freno a la playera que tiene freno contra-pedal, sin percatarse, volando como un súper héroe por el patio, pasando por encima de unos escombros, va a aterrizar en la vereda, desde donde nos mira una vez incorporado, enseñando su mano, toda raspada, con todas las monedas. –No se me cayó ninguna loco- y todos festejan, yo sólo puedo reír para disimular estar a gusto. La verdad es que me inspira a decir “esto es cualquiera”, pero sé que la noche recién empieza, y que aún faltan muchas cosas estúpidas y absurdas por pasar. Entonces nos proponemos a cantar y tomar lo que queda de vino hasta que superman vuelva.

Escojo una muy buena canción, muy sentida, con una letra poética, rondando lo exagerado. Pero a nadie parece gustarle, todos quieren rock, y del pesado, me piden que toque algo de eso, de eso que hace ruido, que grita, y que a los drogadictos los hace entender, armar los rompecabezas de sus existencias en completo estado de inconciencia, con mucha bronca en el pecho. Entonces les doy el gusto, la mejor manera de empezar. Cuando el mundo no tiene respuestas, o se vuelve incomprensible, yo sigo acá, insoportablemente vivo. Reza la letra, todos mueven las manos y la cabeza, estamos haciendo un ruido tremendo a puro rock de protesta, y llega superman, con seis vinos bajo el brazo, a la vez que maneja la bicicleta destartalada. Sólo en esos estados es posible hacer terribles hazañas altruistas, en nombre del grupo de tarados que están ahí conmigo cantando que si desde un principio hubieran aprendido a ser unos animales, hoy tendrían instintos nobles, a cambio de sus penas.

La noche sigue así, entre el rock, el vino, las pastillas, los porros, las estupideces que hacen estos individuos, las dos mujeres que parecen estar enamoradas de mis cantos, y superman, que se vuelve a levantar, en busca de alguien, subiéndose a la bici pero esta vez bien, aunque sea solo al irse. Porque al volver trae consigo una mujer embarazada en el caño de la bicicleta destartalada a punto de partirse en dos, tirándose de la bici, dejándola seguir con el impulso y la embarazada en el caño, riéndose de la gran caída que sufre la pobre mujer que le grita que es un tarado desde el piso, con su panza de seis meses, casualmente la cantidad de vinos que se va a tomar, mientras él le dice que se vaya a cagar con la mano, y toma el descartable para hacerle un fondo.

Se acerca el amanecer y ya estamos repitiendo el repertorio, ya hay algunos que se durmieron, y otros que se fueron para no volver, yo sigo sobrio, pero no como antes. Me adentro en la casa y me dirijo a una pieza, con el único rescatado y una de las mujeres que seguía detrás de mí. Nos encerramos con un vino, y mientras ellos se fuman un porro les canto una de las mejores canciones del mundo. Justo cuando entra superman, rebotando por las paredes del pasillo, abriendo la puerta de un choque, con dos pasos y un tropiezo queda desplomado y rendido boca abajo en el colchón que está tirado en el suelo. Qué linda imagen de un quiebre. Yo sigo mi canción. Y él, se sienta con la cabeza floja, cual si fuere un pájaro muerto, no puede mantenerla erguida con el cuello, y canta conmigo. Hoy que no hay tiempo que perder, y todo anda a reloj, que se destruye sin razón, y la vida muere en un discurso, y alguien se encarga de encerrarte, y otro prepara el fin del mundo, y tan lejana queda la esencia, que sólo el hecho de encontrarte para mi, le da sentido, le da sentido a mi vida. Canta escupiendo espuma.

Yo se la canto a ella, que estará en algún lugar mas lujoso que el mío, tomando bebidas caras, sonriendo falsamente a gente que va a echar en cara de los demás todo lo que tienen, y no son. Los “hijos de”, que la llevan a pasear por las playas en camionetas, la invitan con tragos, la aturden con el pop y el ruido comercial que explota pibes ruidosos, inadaptados, compulsivos, como estos drogadictos que integran mi escena, mi escena bizarra en la que me rodeo de entes, para cantarle una canción a ella, y sentir que en algún lugar, ella piensa en mí, para saber que nunca vamos a poder compartir nada. Me gusta sentirlo y que nadie lo sepa.

Amanece en la casa de la lujuria, y los pocos que quedan se disponen a terminar de consumir las pastillas y el vino que todavía hay, entre los que está la única mujer que queda, la embarazada, tomando pastillas y vino hasta ahogarse. Pobre bebé, desde la panza condenado a la drogadicción. Superman me llama a los gritos desde el patio, quiere convidarme con el porro que acaba de prender, para mirar el amanecer. Le digo que no, y lo dejo solo, llorando, llorando de verdad. Me acuesto donde puedo, y empiezo a soñar.

Hace mucho calor, el sol acaba de iluminar la casa, el lío que dejó la noche, todos los descartables vacíos, y unos cuantos envases que no se reciclan duermen en los colchones desparramados por el living y la cocina. Agarro mi guitarra, tomo un vaso de leche y salgo caminando, la ciudad parece un horno, lo que ni siquiera hace falta, la gente sola se quema el cerebro cuando puede, sin necesidad del calor. Me siento muy mal, camino rápido para llegar a casa, lejos de todo eso a lo que me prometo nunca mas volver, como otras veces antes de que entrara superman a mi casa ayer.

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Por Chespi

miércoles, 19 de agosto de 2009

La formula de Sebastián

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Un lugar específico en la ciudad de donde Sebastián es oriundo.

Un lugar donde en específicos momentos el se permite ir.

Es en la costanera de su ciudad, que da al ancho Río Uruguay, donde por las noches las luces de la republica oriental dejan descansar los reflejos de sus luces.

Un atardecer de madrugada puede uno llegar a pensar.

Para que este momento se cumpla debe haber ciertas especificaciones en la formula.

Cuando sus amigos deciden ir a hacer la previa a la costanera es en donde se empiezan a entrelazar los elementos.

Para llegar al punto habitual de estadía en estas salidas, hay que atravesar el largo de la costanera. Deben ser unas veinticinco cuadras iluminadas en las que Sebastián solo en estado etílico se dispone en secreto a concluir su escape.

En el asiento trasero de algún auto, se recuesta boca arriba y mientras suena alguna distorsión generosa se dispone a observar las copas de los árboles desde la ventana.

Con leve velocidad el auto se va desplazando por este “cielopiso” formado por las hojas bicompuestas del Ibirá-pitá.

Una vez alejado de la vorágine de las costumbres costa-nocturnas de la juventud puede sentir que ha escapado de la realidad, aunque sea por un momento, es libre y solo con invertir los ángulos de la cotidianeidad de su cuerpo.

Algunas veces tiene suerte y este paisaje poco recorrido se mancha con la luz de alguna sirena policial y la luz artesanalmente colocada de alguna motito kamikaze.

Hacia el final del recorrido las copas se abren y dejan ver las nubes alumbradas. Luego viene la luna blanca, encegueciendo, sin dejar ver sus manchas. Detrás de la luna están los puntos brillosos estelares, quebrando la oscuridad y mas allá… esta Sebastián, acostado en la parte trasera de algún auto en leve movimiento, bordeando su costa, preguntándose lo que cualquier persona se pregunta cuando observa la realidad desde ángulos alternativos.

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Por Martin