martes, 10 de marzo de 2009

La confesión
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En 1488, plena época de la inquisición española, luego de bendecir la comida se disponían a cenar en casa del verdugo del pueblo.
Dentro de las conversaciones fue una la que tomo por sorpresa al señor de la casa. Su hijo mayor le confesaba a su padre que había hecho algo muy malo y lo habían juzgado de hereje, y que en la mañana siguiente seria juzgado por los reyes. El "gran sacrificador" sabia bien lo que eso significaba y esa noche la comida no le cayo muy bien y no pudo dormir cómodamente.
Quizás esa noche, soñó que no querría despertar jamás.
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Por: Martin

miércoles, 4 de marzo de 2009

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Lo que las palabras

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Un día, cualquier día, se dio lugar a una congregación sin precedentes. En un lugar recóndito, inaccesible para todo aquel que sea curioso, que quiera espiar. Una congregación de sonidos, valores, significados, imágenes, colores, formas, sentidos atribuibles, tonos, impresiones, que se remitían entre sí. Eran aquí como especies de delegados, mensajeros, que iban en representación de algún valor, significado, sentido atribuible, etc. La reunión tenía como objetivo una expresión. El lugar era tenue, no había mucho espacio, y el tiempo parecía no correr, al menos no de una manera lógica, todo era en un presente constante, como si el pasado no existiera. La razón, que era novata en la cuestión, pretendía ser anfitriona, entonces comenzó a darle el turno a cada representante, se abrió el debate.
El primero en exponerse fue un significado, producto de un accidente, que estaba en descontento con el sentido atribuible que se le imputaba a menudo, necesitaba plasmar otro sentido, para lo cual venia buscando tal vez otra forma, o imagen, que pueda darle otro valor. Enseguida saltó un tono, y propuso su idea para crear otra impresión. La razón asintió, cambió de forma, y se solucionó el problema.
Luego había una imagen que pedía ser significada por alguna otra palabra, pedía causar alguna impresión, ya que su problema no era la impresión que causaba, sino que casi no causaba impresión. Al vuelo cayó un color, que bien serviría de soporte para una nueva impresión, que la imagen por fin pudo hacer surgir.
La reunión estaba siendo descontrolada por las quejas y peticiones de los delegados, cuando la razón pidió calma, y propuso abocarse a la tarea para la cual habían sido convocados. Había en cuestión una expresión, que había sido demandada por el hombre que se hacía llamar el jefe supremo. Necesitaban una expresión que pudiera decir, o mostrar, lo que él quería comunicar:
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“un gran dolor, causado por una gran felicidad”.
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Sensaciones parecidas, pero con distintos significados.
Un delegado pregunta qué impresión se quería causar, otro pregunta por la forma en que se habría de decir. Todos comienzan a indagar por las características que debería tener la expresión, a proponer, a agruparse para formas conjuntos de características que puedan servir.
El lugar era un caos, había un bullicio tremendo, todos los representantes sucumbían con sus ideas, sus propuestas, en representación de sus representados, se abalanzaban uno sobre otro, en el lugar sin tiempo. Una vez más establecido el desorden, la razón retomó las riendas de la reunión, y esbozó en un espacio imposible de representar las palabras que resultaron como candidatas para portar el sentido, el significado, la forma, el tono, la imagen, que habrían de utilizarse para la expresión. Todos miraron y resultaron sorprendidos.
-Qué belleza! Qué simpleza! Qué expresividad!- exclamaban las palabras de algunos representantes, refiriéndose con características a lo que resultaba del tejido formado. La razón no estaba muy convencida del resultado obtenido, sin embargo lo envió al jefe para su corroboración, que no tardó en llegar. Lo devuelto fue una selección, que para la razón no tenía sentido, ni significado, pero tuvo que ser aceptada, pues provenía del jefe y era su voluntad. Además la razón no debería hacerse cargo luego de lo que provocara la expresión, por lo demás no le preocupaba demasiado si el resultado era razonable. Ese día hubo un resultado masivo, de miles de expresiones sobre la tristeza que produce la alegría, y fueron archivadas y guardadas en un cajón, para darles uso cuando sean necesarias.
Son las cuatro de la mañana, el hombre recibe una idea justa para lo que necesitaba decir. Sin dudarlo la escribe en el papel, al momento en que todos los representantes son expulsados del lugar sin tiempo, y la razón desaparece. La expresión estaba terminada, la forma, el tono, el color, la imagen, eran las justas. El significado era ambiguo, y aunque no tuviera mucho sentido, causaría la impresión que se necesitaba. Esas palabras determinaron el destino de este hombre, intervinieron, casi sin sentido, donde alguien las requirió. Y surgió un “SER”. El plano en que resultó ser esta expresión tal vez no era el de la realidad, pero eso tampoco importaba mucho, menos a él, que hacía rato venía un poco desconectado:

esta era la mujer que amaba… era así antes de odiarla… era los domingos mi descanso de semana… era un cielo, y de noche, un cielo grande y oscuro, que solía amanecer en mis madrugadas…”

Al hombre, que ahora lee lo escrito en el papel como un encadenamiento de letras, le llega la significación… de todo.
Así fue que un día, cualquiera, el hombre encontró la forma de expresar sus angustias causadas por la corta alegría, efímera, de creer haber descubierto algo, que enseguida se oculto de nuevo y dejó un hueco imposible de llenar, lo que las palabras ahora trataban de explicar.
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Por Chespi