jueves, 28 de mayo de 2009

La guerra de los amantes

-

-

Ahí iban ellos dos, hacia quién sabe donde, peleando en el camino. No es que se quedaran, porque ya estaban ahí, sino que lo hacían, porque querían, y se invitaban a dejarlos ir, a sus fantasmas. Pero no para siempre, lo pensaban.

-Necesito que entre tu drama y mi calma haya un punto para que podamos seguir-. Él siempre fue un habilidoso para tranquilizarla.

-No estoy buscando comprensión, estoy buscando alimento, necesito de tu cuerpo, nada de interpretarme, solo el calor de tu cuerpo-.

Atravesando el frío lago de las penas, no se iban a ahogar, no iban a entrar en shock, se iban a dar, un poco de calor de cuerpo. Que estaban vivos el uno por el otro, y solos.

Había sido realmente hastiante “estar”. Pero no podían dejar de hacerlo, ni hacer otra cosa. Tenían el hábito de lastimarse, y de gozarlo. Volvían recurrentemente al punto intermedio, que no contenía nada, y al estar así necesitaban tirar algo ahí, alguna basura de tacho de plástico roto.

-Vas a mirarme en algún momento?- lista para la guerra, tiraba una primera granada, llena de rencor.

-Estoy tratando de ignorarte- su táctica era muy eficaz, el mejor escudo.

-Me dolió que te hayas ido. Es un poco confuso sabes-

-Esto no es para nada confuso, sé que quisiera estar con vos, lo sé, pero es sólo lo que quisiera- las palabras le retornaban a ella, como ella no las quería, ni las pensaba escuchar.

-Pero no estás!-. Le decía ella con su particular forma de enojar, golpeando las puertas de las alacenas, los platos y vasos. Descargando impotencia, hasta que surgiera nueva palabra.

-Si me voy, vendrías conmigo?- no se dejaba torcer el brazo.

-No sé puede ser. Para qué me querés- él era mejor encrucijador.

-Para que me acompañes, vos?- ataque y contraataque.

-No sé para que iría. Estás enojada?-

-Sí, vos?-

-No sé, puede ser. Siento que no soy nadie ni nada de lo que vos necesitas- no sabía, pero podía ser. Todo podía ser para él.

-Si vos sos nada, que sería yo? Antes fuimos muchas otras cosas, pero ahora que tenemos que ser nosotros, qué hacemos. Quiero dejar de ser nada- como si usara una soga de metal y púa, lo atraía con las preguntas.

-Creeme, es lo mejor que te puede pasar- como si fuera invencible.

-Por qué-

-Es más fácil desaparecer- Él tenía esa obsesión.

-La vida es un problema imposible de resolver- esa era ella, acorde a la situación, en un frenesí, ya había astillado un plato, y tenía un cuchillo en la mano.

-No es para tanto-

-Cómo que no, si no paro de sufrir!-

-Aún así disfrutamos con el dolor- esa era la manera de gozar.  

-Lloramos-

-Gozamos- si, esa era la manera que tenían, él lo sabía.

-Para qué tanto autotormento-

-Porque somos seres humanos, tenemos que tener problemas- resignado a las cosas.

-Tendríamos que recordar que debemos ser un poco más humanos a veces- los reproches no paraban de caer sin paracaídas, sobre la nuca de él.

-Si lo hiciéramos no seríamos lo que somos- tremenda habilidad para evadir tiros a quema ropa.

-Y qué carajo somos- cuanto mas preguntaba, mas lo ahondaba en pensamientos exagerados que no le interesaban.

-Ya te lo dije. Somos nada de todo lo que pudimos haber sido-

-Cuántas cosas que pasaron, y todavía no logro entenderte- ella nunca pudo hacerlo, pero él siquiera quería intentar.

-Todo está en los detalles- ahora usaba armas mas letales, que la dejaban muy herida, a medio camino de cualquier frontera, cualquier punto intermedio.

Ambos, en silencio, se llevan a cuestas, se regalan unos besos de complacencia, se dan un poco de calor de cuerpos solos, un poco de alimento. No son lo que esperaban que fueran, ni para sí, ni para el otro. Son dos mas ahí, buscando punto intermedio, giro alterno, entrada y salida, fronteras, o salida de emergencias para huir.

-Me vas a decir algo?-. Después del goce pactado tácitamente, se regalaban silencio.

-

-

Por Chespi

 

  

sábado, 23 de mayo de 2009

Los delirios de Juan

-

-

Juan ahora es escritor. A él no le gusta ese término para designarse, prefiere ser un cifrador. Se hace el boludo, quiere agarrar las cosas, deformarlas, y reacomodarlas en sentido inverso o contiguo, para dejar abierta una significación ambigua. Por eso puede parecer que es indiferente, pero no, él nada mas simboliza para defenderse, de todo lo que lo afecta.

Piensa en los poetas, le dice a María que son una especie rara. Son de considerar. Hacen hablar a los ojos, y nunca a la boca, que siempre calla lo que el alma quiere escupir. Las hojas de los árboles de otoño, para ellos, sufren. También las sábanas sienten la ausencia, y sus partes del cuerpo, las que se imprimen de sensación, son el blanco de los abandonos. Tremenda habilidad para desasirse, volcándose a los objetos que hay por ahí, al alcance de la mano y de la vista, y un poco mas, al alcance de la representación imaginaria. Tremenda intuición para decir las verdades, que otros teorizan. Ellos las dicen, como son, como las sienten, como las sufren. No filosofan para nada. Ese intento por descubrir como funcionan las cosas, ellos no lo hacen, porque de alguna forma lo saben, mejor dicho, lo perciben con claridad, en dos o tres líneas. –Y nadie los entiende María, casi nadie-.

Porque no hay que entenderlos, sino compenetrarse. Hay que tener la sensación de “un espejo que refleja pero no puede ver”. Y son tan particulares, que sus vivencias mismas, son a veces, de tinte poético.

-El poeta va a la plaza, camina solo, mira todo, y piensa en todo, y más. Iba a un encuentro, pero antes, se detenía en el camino diagonal que lleva al centro de la plaza, para tener una perspectiva alejada de lo que acontece alrededor de la fuente. Donde los niños andan en bicicleta, las madres los cuidan con cariño devorante, los abuelos dan comida a las palomas, los uniformados comienzan un romance efímero en un banco, con un transe, se levantan y caminan de la mano. Y ella lo espera sentada, formando parte del paisaje. El poeta siente todo, forma parte de todo, pero no es nada de eso- Juan es bastante descriptivo, pero no se conforma, quiere ir mas allá, mas adentro. Piensa en María, para rescatar algún retoño de lo que los poetas dicen.

-El poeta saluda, pero no dice mucho. Apenas hola, y mira. Observa las reacciones, las caras, los ojos que hablan, sin escuchar lo que dice la boca porque generalmente no importa. El poeta siente, en su estómago. Prende un cigarro y camina, esta vez con ella. Yendo hacia donde lleve el libre albedrío, le dibuja en el aire las composiciones de la naturaleza a ella. Que no lo entiende, pero le gusta tanto escucharlo, y tener esa incertidumbre, y la sensación de estar con alguien que va mas allá de cualquier boludez. Se ríe, ella se ríe mucho, y el poeta no sabe por qué-. Juan tal vez piensa en María, pero lo que viene a ser acá, no es María, ni lo que ella provoca. Tal vez sea todo a lo cual le remite ella. Él se quedó con ella, mucho tiempo atrás, cuando encontró tranquilidad en las noches, mientras se sentaba y le conversaba sobre la eternidad de los momentos, que ojalá pudiese congelar.

Un día me dijo, antes de sublevarse, cosa que califico como advertencia, que él no estaba loco. Y mucho menos era él, alguien que no pudiese sobrellevar cualquier situación. Yo no le creí, pero luego me di cuenta de que estaba equivocado, y tal vez él no tenga razón, pero yo tampoco la tengo. Así que ante a paradoja, decidí tomarlo en cuenta. También me dijo que a María, la valoraba, como lo que era.

-Los poetas no pueden entender las cosas más simples. Las más banales, automáticas, o fáciles. Están en otro registro, y el cómo del funcionamiento de algunas cosas se les hace incomprensible si no le encuentran analogía o metáfora con algún “mecanismo del alma”. Se la pasan tanto tiempo tratando de objetivar ocurrencias paranoicas, o de encontrar lo que se conserva en calidad de significante en las vidas de las personas. Eso que insiste por irrumpir en medio de la inercia, desestabilizando todo, arrojando cuerpos por los balcones, disparando armas al medio del cerebro, inyectando veneno, sobredosificando los estómagos, atando cuerdas al cuello. Eso que se siente todo el tiempo, y no se dice, mas que en sus composiciones, cuando subliman un intento de destrucción, generalmente ante la negativa y la impotencia de no poder todo. Siempre se preguntan por qué, pero es al pedo, porque no hay por qué-. Juan es tan habilidoso para manejar las imágenes que después de dibujar algo así, se queda casi vacío de contenido. Cuando le cuenta a María sobre como enlaza las boludeces mas importantes, ella se queda impactada.

-Porque después de todo, y hablo de todo María, de qué sufren los hombres? Mas que de una nada que se hace terriblemente caótica cuando se revela como lo que es. Hay una miseria vital María, que los poetas saben captar, ellos la pueden sentir, porque no han entrado en el juego vanidoso de creerse algo. Y tal vez por eso, le dan existencia a las cosas que en verdad lo merecen, como lo es por ejemplo el ensayo de un abrazo y un beso, repetitivo, en cada esquina, entre dos mitades de mundo, que nunca, nunca, va a ser una obra acabada. Un mundo imperfecto, que ellos, con tremenda habilidad, reconstruyen, y eso es siempre algo nuevo. Ahí María, ya no hay comprensión posible. Ahí ya vos y yo, nos perdimos en el medio. Podemos ver el final, y el principio, pero estamos perdidos en el medio, entre las imágenes y los caminos que no se siguen, sino que están ahí para ser desviados. Son la única especie que realmente transita ese intermedio confuso que es lo que han dado en llamar el alma. Lo que sigue una voluntad, que han dado en llamar deseo. Que se causa por algo fundamental, que es la ausencia. Cómo hacer algo tan bello de tanta incertidumbre? Bueno ahí los poetas se constituyen en una especie rara de dioses. Y pienso que los hombres que escribieron ese cuentito sensacional que no deja que nada se escape y somete a una culpa terrible, que funda un pecado insoportable, también, ellos, han creado entre tanta confusión. Y es admirable, realmente, que ordenen tan bien las cosas. Pero los poetas no ordenan nada-. Juan se somete al impulso de escribir en una línea recta, que no parece tener final. Juan está en el infinito devenir de lo que es causa y efecto de toda una cuestión. 

-Entonces les resulta difícil a los poetas entender como funciona una cajero automático, un calefón eléctrico, una maquina de hacer café, el traga monedas del colectivo, las cámaras digitales. O el simple y rutinario hecho que acontece en las calles cuando se contempla las esquinas, y se ve allí unos baldes con agua y detergente, una riñonera con monedas y faso, y en los baldes unos escurridores de vidrio que no se usan, sino que solo son pretexto para pedir metales redondos y chatos, para llena la riñonera, y comprar mas faso. Los poetas no lo entienden, no sienten lastima, ni se indignan, como el común de las gentes. Pero lo sufren, tal cual sufren las miserias de sus desamores o desencuentros, sufren las miserias de los pibes de la calle. Y no son tan distintos a ellos, que están condenados a no tener nada de lo que no son-. No hay duda de que Juan sabe lo que dice, nadie, ni María puede negárselo. Será el un poeta? No creo, si no le gusta ni siquiera ser escritor, pero tampoco es, como él quiere ser, un cifrador. Él es más bien, un de-cifrador aquí, y lo hace muy bien, y lo transmite sencillamente para que lo entiendan. Estoy seguro de que si quisiera nos podría regalar un código, hecho a su merced, un mundo maltratado a su fin. Pero eso no lo inquieta todavía, por ahora sólo se dedica a comunicar que, -Por mas habilidad que tengan los poetas para despojarse de sus sofocamientos, por mas intuición para decir la verdad sin darse cuenta, para sentir lo verdadero en las almas, no pueden entender ni explicar cómo es que alguien, sencillamente, no tiene para comer-. Seguro Juan tampoco lo sabe bien, y se lo dice a María, pero esto de los poetas es solo un recurso para hacerlo evidente. Aquél día que se me sublevó, me dijo claramente, -“los hombres son los ciegos”-. 

-

-

Por chespi       

sábado, 16 de mayo de 2009

Los cuentos del abuelo... (EL Pombero)

Al viejo que está sentado tomando su vino de domingo, le llama la atención que ahora haya teléfono, eso “tecnológico que es tan práctico y rápido”. -Antes uno no podía avisar donde estaba, adonde iba o a que hora llegaría, llamando por teléfono-. Su memoria deteriorada, increíblemente grande, le recuerda la historia del “Taita”, hecho significativo que marcó la vida de una colonia entera hace años, en algún lugar de la región guaraní.

-El Taita era mi bisabuelo- sacando cuentas levanta la mirada hacia un horizonte de vida lejano.

-Era un hombre solitario, más bien callado. Aunque tuvo 19 hijos. Nunca fue de muchas palabras, sólo su mujer, “Doña Concepción”, le sabía hablador. Solo ella sabía lo que él tenía para decir-. Sacando la mirada del horizonte abre los ojos grandes, los ojos del miedo -lo mató el Pombero!- le dice al nieto que abre los ojos por reflejo.

Pora, Señor de la noche, la Luz Mala, una especie de duende que vive en los montes guaraníes, a ambos lados de la frontera, en el “monte negro” de América Latina. Ese impenetrable nido de monstruos y hechos inconocibles que se constituyen en los mitos.

Nadie habla de él, porque si lo hacen, aparece. Él escucha todo y es muy irascible. No le conviene a las gentes de por allá nombrarlo, porque ocurren cosas. Las hojas de la calle se “ponen de pie”, los perros ladran enfurecidos como si les provocara alguna rabia, hacia allí, donde no hay nadie, pero donde dicen que está él. Se lo puede ver muy de vez en cuando, si se mira por entre las orejas paradas de los perros.

-Y como lo mató?-

-Bien no se sabe, pero “Doña Conce” contó mas o menos como fue el tema.-

-Ella lo vió?-

-No, ella lo encontró en la puerta de la casa una mañana al Taita agonizando, y él le contó lo que le pasó antes de morirse-.

-Qué le pasó?-

-Bueno él una noche se había ido a cenar en la casa de uno de sus hijos, yendo por el camino que lleva a la Colonia, unos kilómetros antes de su casa, y se quedó hasta el anochecer. A eso de las nueve de la noche salió caminando hacia su casa, Doña Concepción lo estaría esperando. Había tomado caña después de la cena, y estaba un poco mareado, pero era habitual, siempre andaba así a esa hora de la noche. Entonces pensó cortar camino por un campo vecino, para no tardar tanto. Pero ese fue su error-.

Cuando lo hizo empezaron a caer ramas de eucalipto en su camino, como si alguien le impidiera el paso. Taita se enojó mucho, y empezó a putiarlo en guaraní, el idioma que habla él, el señor de la noche. Esquivaba las ramas y seguía caminando, puteando -“Añaracó peguaré!”- gritaba y esquivaba ramas al tiempo que la caña surtía efecto y lo hacía tambalear. Ramas cada vez más grandes, que lo hacían rodearlas y perder tiempo, cosa que lo hacía enojar mas todavía. Aunque él sabía que por ahí no debía pasar, estaba prohibido. Era el campo de los Martínez, quienes eran beneficiados con la guardia del Señor de la noche, a cambio de caña y cigarros poguazú.

-Era propiedad privada era, no se puede entrar a la casa de otro sin permiso, menos si le cuida el Pombe!... Pero estaba atrasado y tenia que cortar camino. Entonces -putiaba cada vez mas juerte y mas mal-.

Hasta que el Taita sintió que estaba caminando a cinco metros del suelo, pegó un grito fuerte por el susto, y cayó al suelo. Cuando se pudo levantar siguió caminando, muy asustado, y al instante estaba otra vez en el aire, cada vez mas alto, y otra vez se cayó. Y a la segunda vez comenzó a ser golpeado. –Y no lo podía ver Conce! No había nadie ahí, era él, era él!-. Le contó a su mujer antes de morir.

Y ahí se quedaba el Taita medio inconciente en el piso, todo golpeado. A cada rato se despertaba, volvía a caminar, y pasaba lo mismo, hasta que se quedó totalmente inconciente en el piso, sin poder levantarse, con varios huesos rotos, sangrando, agonizando. Pasó la noche y él se quedó tirado ahí, mientras las ramas le caían encima. -Me iba a enterrar Conce! Estaba desesperado!-.

Cuando amaneció pudo recobrar algo de conciencia y un poco menos de fuerza, trato de llegar hasta la casa, se arrastró un poco, caminó como pudo, y quedo totalmente rendido en la puerta de su casa. Donde lo encontró la esposa.

-Según contó Conce esa noche mientras dormía le escucho al Taita susurrarle al oído, le decía “Me duele Conce, ayudame”-. El viejo no logra soportar una lágrima fuerte, grande, que cae por las grietas del paisaje de antaño que se diagrama en su rostro, como un río de sudestada, recorre las áreas secas, haciendo brotar los recuerdos que se pierden en un pasado remoto, latentes pero nunca desaparecidos.

-Allá en la colonia, si vos te haces amigo de él, te va a cuidar bien la casa, la chacra, los animales- esa es la recompensa -pero siempre le tenés que dar lo que te pide, sino se enoja y te pega, o le hace mal a tu familia-. Esa es la ofrenda -ellos le habían dejado de dar caña y cigarros “poguazú” porque se le habían muerto unos animales-. Ese fue el pecado -entonces se enojó, y justo le agarró cuando pasaba por la chacra de Don Francisco, el quinto hijo de los Martínez, que siempre le dieron de todo. Y lo mató a golpes- esa es la culpa que hay que pagar. Don Taita murió, y la Colonia se escandalizó. Al pasar por allí todavía se puede ver las petaquitas de caña y los cigarros en las puertas de las casas.

Nunca nadie lo vió, solamente se sabe que está por ahí cuando se escucha un silbido cortante en medio de la noche, una señal, que viene desde el monte por el campo y anuncia la presencia de algo.

-Si el silbido se escucha fuerte, está lejos, si el silbido es débil, esta cerca, detrás tuyo-. Cuentan los de la Colonia los símbolismos de un miedo in-presente, acaso solamente el miedo mismo, necesario, que a veces se hace realidad en las historias, cumple su cometido, y hasta puede matar a los que no la respeten. 

El nieto corre a la calle a ganarse la atención de todos los del barrio, con la historia del Taita, que nadie cree, pero que siempre va a dar miedo a más de uno, cuando a la noche, se escucha un silbido, y no deja dormir.

-

-

Por Chespi

sábado, 2 de mayo de 2009

Resistirse a ser... (una creacion)

-
-
Estoy a punto de dar un paso, al borde de un acto. Lo voy a llamar Juan, es un lindo nombre, suena bien cuando se pronuncia. ¿Cómo va a ser Juan? Ya lo reducí al verbo de ser un nombre. ¿Qué edad tendrá? Cómo será, ¿de personalidad fuerte? O un debilucho al que le voy a hacer sufrir todo. No debo ser tan despiadado. Pero si es mi creación. ¿Acaso Dios nomás puede? ¿Le voy a dar compañía? Es conveniente, sino ¿qué le causaría? Necesito una causa. María Luz va a ser su problema. Ahora, ¿qué contenido va a tener este dilema? Puede ser un desengaño, o un conflicto entre dos intereses. Es de lo más común, pero me sirve bien, la vida está llena de eso, y si quiero hacer algo con contenido real, ese va a ser su problema. Un conflicto entre dos personas que se quieren, matar o amar, da igual, quererse ya es un problema. ¿En qué tiempo puedo ubicarlos? Un presente continuo es apropiado, da esa sensación evanescente de que a cada paso ya es pasado sentenciado, lleno de efectos, un azar eficaz, grávido. Ahora sólo necesito las palabras que vayan a pronunciar para expresar lo que les voy a hacer que les pase.
Algo pasa, Juan se amotina. No quiere hacer lo que le dicto, peor aún, no quiere hacer nada. Pone un bloque entre él y yo para que no lo obligue. No piensa en María Luz, no le causa nada.
-Dejame de joder, no me vengas con pateticismos. Pensá en algo mejor-. María luz también se pone en terca, no obedece lo que yo supongo que debería pasarle cuando tiene un conflicto por querer algo de Juan.
Ya sé Juan, voy a hacer que hagas tonteras, que andes medio tarado por la vida, como si tú alrededor no importara. Todo porque estás enamorado, el resto no importa. Haceme la gauchada.
No hace caso, no le interesa.
María, ayudame, hacé algo, estorbalo al menos, así se molesta y emite un odio repentino que lo lleva a lastimarte.
No hay caso.
Qué te parece Juan, si sos un codicioso empedernido, y vas cosechando rencor hasta quedar solo. Ni maría te hace caso, y terminas lamentándote en una celda por el resto de tu vida. Ahí se puede poner más interesante, la vida en la cárcel no es fácil. Estás todo el tiempo al borde de la muerte.
No le gusta.
-Todo es muerte y amor sufriente para vos! Pensá en otra cosa-.
De qué otra cosa puedo hablar, es lo único que en la vida de los reales afecta enserio. No me lo podés negar Juan. Los hombres reales se sienten invadidos por el amor, la codicia, el egoísmo, el miedo. Esas cosas profundamente humanas que son ciegas, puro acto, y que se simbolizan en las palabras que vos podés decir Juan, en este cuento.
Ni el “qué” ni el “cómo” le gustan. Se resiste a complacerme, mi propia creación.
-No seas ingenuo querés, el amor, la codicia, el miedo, no son ciegos, el ciego es el hombre! Vos mismo, sos un ciego, un sordo. Yo no soy un hombre real. Pensá un poco-
Ya sé, puedo hacerte parecer una especie de fantasía. Puedo hacerte decir cosas que sentencien la verdad, la verdadera. María no importa, la obviamos por ahora. Entonces vas a ser una especie de fantasma que vive en mí y me dicta los códigos, y que si lo interpreto correctamente me puede revelar el sentido de todo.
-Qué ingenuidad tan grande! Vos sos un hombre real, sos ciego también, no podés ver nada de eso. Además no podés obviar a Maria, ya la creaste, ahora hacete cargo de ella también-.
Se sigue resistiendo, el maldito ya me tiene cansado.
Pero vos me ayudas Juan, me vas dictando todo. Decime qué te asedia, qué pensás.
No responde. No emite palabra alguna que sirva. María ni siquiera interviene.
Y si te hago buscar algo perdido? Eso que nunca se encuentra, que vuelve loco.
-No hay nada más lamentable que un personaje que no resuelve nada-. Tiene razón.
Esta es la última Juan, vos sos un shamán, nada de profecías. Vos te encargas de vender ilusiones, a los pobres que no tienen ni siquiera eso. Una especie de asistente ilusionista, y te creas un cuento bastante consistente.
-Me resisto a ser una vez más una herramienta para que le metas el cuento a los demás. Aceptalo, yo soy, siempre el mismo imbécil que baja intentos de metáforas y analogías de quién sabe dónde. Ahora me llamas Juan, antes fui Pablo, Martín, Eliseo, Manuel. Debo admitir que este nombre es el único que me gusta. Pero no me gusta que me sigas hostigando. Quién te da derecho-.
Basta Juan, vas a hacer lo que te diga, quieras o no. Me haces ser un torturador, y me da pena por vos. Sos torpe Juan, trastabillas todo el tiempo. Pero entendeme, yo no lo puedo soportar, vos sí. Por eso te necesito, no me hagas esto Juan, debo gritar de alguna forma toda la bazofia que me rodea. No quiero perderme entre tanta absorción, si vos me ayudás, puedo tener un gancho.
-Dios mío que patético. Por qué no te unís a algún movimiento revolucionario, o vas a apedrear algún palacio y me dejás de joder. Está bien, entiendo que sufrís, pero para tanto? Tenés que exagerar? Ni yo a veces puedo soportar este tormentoso existir que me propinas sin mas molestias-. Perdón Juan. Pero los actos tienen sus consecuencias, no podés evadirlas, si te dejo vivir en mis cuentos es para algo, no para que me vengas con estos planteos.
-Está bien, pero haceme un favor, no me hagas mas ser un hombre común al que le sobreviene todo tipo de consecuencias por el simple hecho de existir. Dame algún motivo, haceme un poco más afortunado, más profundo. Si querés me enamoro, si querés sufro por eso, y hasta me pongo a llorar por la muerte de mi perro. Pero dame algo mejor que un nombre lindo. Quiero ser yo el escritor, (ser vos) de una vez por todas, quiero dedicarme a sufrir en las hojas, atravesarlas con odio, quiero plasmar al lado de la lujuria, un poco de dulzura, quiero gozar-.
Está bien Juan, vas a delirar, si eso querés, pero haceme el favor, no te me salgas de tema. Sino no vamos a llegar a ningún lado. El resto corre por tu cuenta, pero entendé Juan, que esto nunca se hizo, así que cuidado, cuando alguien elige su propio destino está yendo contra la corriente. Lo que sigue es grave en consecuencias, y espero Juan, te hagas cargo de tus actos.
-
-
Por Chespi.