lunes, 8 de junio de 2009

Ciertos movimientos

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Últimamente no viajaba tan a menudo en colectivo. Entró, pasó la tarjeta con dificultad y se sentó en el medio contra la ventana como siempre. Si no encontraba el lugar que el quería no le importaba, el movimiento dentro de lo inmóvil seguía estando ahí.

Todo es tan naranja en la noche de la ciudad. Una ciudad en otoño, con sus hojas envueltas en esa pasta de las caidas, en un charco casi congelado que tanto le entretienen en el transcurso. En donde se imagina cayendo, inconsciente, en uno de esos charcos pastosos a causa de una buena borrachera, mezclada con alguna especie de infortunio. Típico de ciertas noches de movimiento, noches que no comprende mucho, pero sin basilar se entrega a ellas con decisión.

Encontró uno de esos charcos pastosos cuando paso por el parque, un parque frío con pocas luces, pero el colectivo iba más rápido que nunca y solo logro observarlo por unos segundos. Cuando la vista volvió a ser ciudad y casas, se quedo en el parque.

Mirando desde lejos esa gran estatua del león negro, repercutido por el tiempo. El tiempo de una ciudad que lo ignora completamente.

Se quedo observando fijamente su cara desde un plano oscuro, de lejos se escuchaban algunas bocinas casi imperceptibles, como si hubiera una especie de filtro sonoro y se hubiera colocado micrófonos para captar el silencio. Ese silencio de parque nocturno que es más fuerte que todo, pero muy difícil de captar.

Ahí estaba ese gran león negro, oxidado, olvidado e imponente. El lo observaba desde lejos cuando empezó a notar que se estaba desprendiendo de su base.

El gran león cayó fuerte contra las baldosas del parque y se quedo ahí, inmóvil.

Se asusto con el impacto, aunque lo había visto caer cuadro por cuadro, lentamente.

Miro hacia los costados, lejos iba una pareja caminando, bordeando el parque y no muy lejos de ahí pasaba un hombre en bicicleta con una campera tan grande que parecía que solo viajaba la campera.

Nadie se inmuto de lo que había sucedido, la ignorancia lo abarcaba todo.

El silencio volvió a sonar y el león quedo con su cara entre las baldosas, mientras las hojas ya se estaban apilando a su alrededor pareciendo ser las únicas que cobijan ciertos hechos de la noche.

Vuelve, alcanza a distinguir la zapatería y se dirige al fondo, toca el botón, se baja y enreda su cuello con una bufanda.

En casa habían preparado sopa, con eso el viaje terminaba.

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Por: Martin

5 comentarios:

eMiLiA dijo...

Ya desde el inicio del texto me sentí identificada, ja.
Yo también tengo problemas con la tarjeta del colectivo!


Muy lindo, una bonita forma de describir ese momento.

Beso

BELMAR dijo...

muy bueno

Ayelen dijo...

qué miedo, sobretodo cuando percibís algo y nadie más parece darse cuenta. Y sí, el día, la noche, tienen ese nosequé extraño que rompe con toda la realidad cotidiana, es genial no quedarse en la pura descripción de la apariencia y lo visible de las cosas.
Muy lindo señor, veo si mañana paso y leo algo de Chespi, por el momento muero de sueño :(

mabel casas dijo...

martín

me gustó mucho este cuento, tiene magia y tinieblas en lo cotidiano del viaje
lográs meter al lector en lo rutinario con lo que seidentifica y en el golpeteo siguiente está en el parque, es el león olvidado, es lo negro de la furia caída
y agradece la sopa que logra entibiar la vuelta a la realidad

saludos

· · ¤ ( ` × [ ¤ A y e ¤ ] × ´ ) ¤ · · dijo...

Cuántas veces uno se siente corroido, quieto e intenta hacer todo para desafiar la rutina del sentido común y sin embargo, nadie se inmuta. Y la noche, también, da lugar a que se desnuden esas cosas que el día no deja ver. Aunque nadie las vea, siquiera de noche, como el león varios dormimos entre las hojas a veces.
Muy bueno!