domingo, 14 de junio de 2009

Planeamiento y ejecucion de una muerte II (y algunos secretos de cajon)

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Al otro día el gordo comenzó la investigación. Y de entrada nomás, se metió en el cuarto de la hermana, y una vez ahí, consiguió que ella supiera que él estuvo metiéndose en sus cosas. Le escucho un par de cds, le leyó unos poemas melosos que tenia en el cajón de la mesita de luz, encontró cartas escritas nunca entregadas para personas que le sorprendió saber quienes eran. Le encontró preservativos entre la ropa –no es ninguna tonta había sido- pensaba mientras hurgaba. A las horas la hermana estalló en odio y se quejo con los padres. Ya estaba todo listo para que él se las agarre con ellos. Y cuando vinieron a recriminarle lo que había hecho, se puso en indiferente, simuló no escucharlos, se rió, y los puteó. Había pasado solo un día y ya estaba desatado el temporal. Pero no era suficiente, a los pocos días se les pasaría a todos, él lo sabía.

-No quería quedarme a comer en casa con el clima que hay- le explicaba al negro mientras que éste armaba uno y lo prendía, cuando la risa lo dejara por un rato. Pensaban cómo seguir, pero el gordo mas pensaba en si mismo, en su propia muerte, que era sin duda algo deseado, pero algo que no lo dejaba tranquilo, porque estaba decidido.

-Ahora tenés que buscar algo en tu vieja, algo fuerte- le decía el negro. Y eso hizo el gordo, entró en el cuarto de sus padres, buscó en los cajones, donde los padres suelen guardar sus puntos débiles. Se sorprendió de hallar cosas que imaginó. Descubrió que su madre tenía un amorío clandestino. Un amor de juventud que nunca fue, y que ahora disimulaba ser en donde no debía. Buscando que lo odien, el gordo comenzó a odiar a sus padres. Pero tenía buen material. Entonces desató la tormenta del siglo, cuando en la cena, tiró sobre la mesa el tema, preguntando quién era Alberto. El padre quedó shockeado, sin duda lo sabia, pero no lo dejaba ver. La madre se indignó fácilmente, y él siguió alimentando el temporal interrogando la moral de un matrimonio que ocultaba su fracaso. La hermana no podía creer que fuera tan cruel.

-Sos sarpado viejo eh-. Le decía el negro en medio de la escena que se repetía todas las noches. Los padres del gordo tenían una buena reputación que el gordo se encargaría de desmoronar, desparramando la verdad del supuesto armonioso matrimonio, no sin antes descubrir donde saciaba su padre el deseo que no le tenía a la madre. Y no estaba en la oficina, ni en las plazas donde las señoritas atienden a cincuenta pesos la hora. Estaba en la casa de la madre del negro, una viuda que se quedó con todo el dinero de su esposo y mandó su hijo a vivir sólo en un depto. Lo meditó por unos días, y decidió contárselo.

-Que loca mi vieja boludo!- Negro se sorprendió mucho, pero no hizo alboroto, para él su madre era una buena persona, libre, o “liberal”, como les gusta autoproclamarse a los padres que no saben como controlar sus retoños. –Así que somos como medio hermanos- reían los dos.

Gordo lo encaró al padre, que estaba indefenso en medio de un partido de fútbol de viernes a la noche, con picada y cerveza. La discusión fue terrible, y el padre le advirtió que le sacaría todos los gustos. A la noche, en la habitación el matrimonio debatiría sobre el tema, como un arroyo con cause predeterminado, desembocarían en la idea de un psicólogo para adolescentes.

-Ya está, todos me odian- Gordo repetía todos los días las peleas en la casa para acrecentar el odio. -Pero me pasa que ahora yo los odio más, y en lugar de matarme, quiero que se mueran ellos-.

-Bueno pero ese es otro plan, que nosotros no podemos llevar a cabo, porque no somos asesinos gordo-. Lo calmaba un poco el negro, que ya tenia casi todo resuelto.

(Ya casi)

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Por Chespi

1 comentario:

eMiLiA dijo...

Muy bueno!

:)

Saludos!