jueves, 2 de julio de 2009

Alfredo y ella

Causa

Alfredo y Silvia están sentados en el living de su casa, mirando el espejo de una cultura en detrimento. Están cómodos, tranquilos, impensativos, tal vez no felices. Mucho no importa, Alfredo tiene laburo, Silvia también.

Golpean la puerta, y mientras se acerca a ella Alfredo piensa, sin darse cuenta, que cada vez que eso pasa, piensa en alguien. Siempre la misma persona.

Abre, y hay un señor, pelado, flaco, alto, viejo, que le dice. -Buen día señor, le vengo a avisar que yo soy el que le va a dar muerte-. Alfredo queda perplejo, constipado, en un solo segundo. El señor se da vuelta y se va. Silvia le pregunta quién era, Alfredo está en otra parte. Silvia se da cuenta, insiste.

-Era un tipo, me dijo que me iba a matar-. Silvia lo mira desorbitada, no entiende nada. Pide explicaciones que Alfredo no tiene.

Después de discutir sobre el hecho se van a la cama, Alfredo no consigue pegar un ojo. A la mañana Silvia lo ve hecho un zombi, le aconseja que se deje de boludear con eso, que seguro era un gil cualquiera, que andaba haciendo jodas por ahí, que seguro había otros tantos como Alfredo que cayeron víctimas de ese hijo de puta. Alfredo no la escucha. Sale para el laburo, mirando para todos lados, y todos lados son “la amenaza”. El colectivo no se presenta más que como un posible lugar donde asistir a un accidente. La calle como lugar donde ser atropellado. La vereda por la que camina está llena de posibles ladrones, que por una billetera lo pueden matar. El edificio donde trabaja podría incendiarse, no habría escapatoria. Por fin llega al ascensor, superando todas las posibles instancias de muerte, pero enseguida el ascensor es también una amenaza mayor. Caer tantos pisos encerrado en una caja de metal es desesperante. Piensa un segundo si no es mejor subir por la escalera. Pero la puerta del ascensor se abre, llamándolo a tomar una decisión rápida. Entra.

Y ahí mismo, se queda sin aliento, al ver que bajando iba el señor que le daría muerte. Lo mira y éste lo saluda con una sonrisa, un gesto de cómo le va. Alfredo está, una vez más, constipado. No lo puede creer, qué hace ese tipo en ese lugar, a qué fue, habrá ido a avisarles a todos que él se va a morir pronto?

Transita la mañana y Alfredo sigue hecho un zombi, es ineficaz en su trabajo, no caza una. Pregunta a todo el piso si alguien habló con el tipo, pero todos lo niegan. –Claro que me van a decir que no, para no desesperarme, para que todo parezca ser natural. Seguro ya tienen un reemplazo para mí. Manga de falsos-. Se le acerca su mas amigo de la oficina, también le niega haber hablado con tal persona.

Alfredo vuelve a su casa, volviendo a soportar el tormentoso camino lleno de obstáculos mortíferos. Llega agitado, pálido, frío. Le cuenta a Silvia lo sucedido, el encuentro en el ascensor, los forros de la oficina que se lo niegan, su jefe que lo trata de lo mas bien, como si le tuviera lástima, le dio descanso por el resto del día. Pero Alfredo no puede descansar. Permanece sentado en el living, mirando una mancha de mosquito aplastado en la pared que estaba ahí hacía dos días, él lo había matado con el diario. La muerte se le hace inevitable mire donde mire. Entonces gira la cabeza, hacia la calle, por el ventanal atravesando la cortina opaca, se imprime en sus ojos una imagen, que es llevada hasta la parte de atrás de su cabeza, produciéndole un puntada feroz, que desparrama una sensación electrizante bajando por el cuello, hasta los brazos y piernas, erizándole la piel, los pelos de punta. El hombre que le iba a dar muerte caminaba placidamente por la vereda de su casa, mirando hacia la ventana. Alfredo está inmóvil, aferrado a su sofá, no consigue quitar la mirada del hombre.

Esa noche el agotamiento le permitió dormir, unas dos horas. Pero a eso de las tres de la mañana, un sueño lo despojó del deseo de seguir durmiendo. A la mañana estaba en estado demacrante. Silvia lo llevó en auto al trabajo, donde lo dejó con varias recomendaciones. Alfredo subió por las escaleras, se sentó en la oficina y tuvo que soportar recomendaciones de spas, clases de yoga, terapias, etc. de sus compañeros falsos de trabajo. Todos le tenían lástima. Los segundos sonaban fuertemente en su corazón agitado. Fueron ocho horas de agonía.

Al volver a su casa, repitió la escena del día anterior. Esperando que el hombre pase haciendo presente la amenaza, decidido a increparlo y darle fin a su miedo. El hombre no pasó. Pasó otra noche desvelado, mirando el techo oscuro de su habitación. Otra mañana en estado inerte, esta vez sin ir a la oficina, llevado por Silvia que ya estaba muy preocupada, asistió a un tratante de angustia. Que le hizo confesar su terrible miedo. –Alfredo usted está un poco paranoico-. Le dio unas pastillas para dormir.

Alfredo sale del consultorio, librado a su suerte, camina por la senda peatonal, cuando de repente divisa entre la gente, al hombre muerte que viene caminando hacia él, sonriéndole.

y efecto

-Alfredo murió de un infarto señora, mientras caminaba por el centro-. Silvia llora inconteniblemente. –Es raro, este hombre no parecía tener dificultades del corazón, era más bien sano. No sabemos que le pudo haber causado el infarto. Parece un caso típico de ataque de pánico, que a veces puede tener como consecuencia un infarto-. Fue una muerte súbita. Silvia ahora piensa en todo lo que Alfredo le decía sobre la muerte, sobre su persecución y la angustia que eso le causaba. Se lo comenta al médico, pero él no hace más que encogerse de hombros. No tiene explicaciones.

Silvia va al psicólogo, decidida a que le den una explicación, no puede concebir el hecho de que la muerte de su esposo no tenga explicación, si hasta la depresión de un gato lo tiene. El psicólogo le diagramó un cuadro de paranoia persecutoria, que le servia de fundamento para evitar toda clase de contacto con la gente, como mecanismo de defensa. Silvia no le cree, ella estaba presente cuando golpearon la puerta, y todo empezó.

Cuando le preguntaron de qué murió Alfredo, siempre respondió que alguien lo mató, con un infarto. Nadie entendía cómo era posible eso. No importaba, Silvia estaba convencida, adolorida, empecinada en encontrar al hijo de puta.

Enseguida da cuenta de que algunas personas en su trabajo, están en la misma situación, en la que estaba Alfredo en sus últimos días. Hechos zombis, pálidos, abstraídos del mundo circundante. Comienza a indagar preguntándoles a sus compañeros de trabajo, qué les ocurría a tal y tal persona. Todos tenían un motivo. La muerte de un ser querido, o de una mascota, el desencuentro de una relación amorosa, y toda clase de hechos que llevan a las personas a estar así. Silvia los aborrece, no saben nada de lo que es el sufrimiento. Su Alfredo lo sabía.

Un día ella estaba sentada en el living, cuando ve que pasa un hombre por la vereda mirando sospechosamente hacia su casa, y piensa en que ese fue el hijo de re mil... Piensa, gira la cabeza y ve en la pared la mancha de un mosquito aplastado. Esa noche no pudo dormir. Ni los días siguientes, hasta que murió de un infarto en otra parte del centro.

Había conseguido descubrir cómo fue que le pasó todo eso a Alfredo, sólo que Alfredo era difícil de convencer.

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Por Chespi

5 comentarios:

Patchouly dijo...

Creo que todos tenemos un poco de Alfredo y un poco de Sylvia. Una parte que es perseguida por los problemas y otra parte que intenta solucionar los problemas e incoerencias de la vida de los que quiere.

Buen relato, me gustó mucho.

Patchouly

BeLén dijo...

Bastante shockeante y no tengo mucho para decir, sólo que siempre es bueno hablar de estos temas, de la forma que sea y vos encontraste una muy particular. Genial.

Saludos!

Paula Daiana dijo...

Buenas! Primero que todo gracias por visitar mi blog!
Me encantó lo que escribiste y la manera en que reflexionaste sobre algo que nos afecta a todos! Muy lindo tu estilo! Ya leeré los post anteriores!
Buen finde!
Besoss
Pau

eMiLiA dijo...

Uh, me gustó mucho.

Me dejó pensando lo finitos que somos y también lo psicóticos, jaj.

Un abrazo!

JOROBADOS dijo...

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