viernes, 28 de agosto de 2009

"Del universo al mundo, en cinco letras"

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M, A, R, I, A. Cinco letras que nadie imaginaría que pudieran llegar a condicionar la vida de una persona como Pablo. Y a tal punto llegó el encarcelamiento, que todo, casi todo, lo que hacía o conocía, contenía esas letras.

No importaba que esas letras no tuvieran algún tipo de relación directa con su cotidianeidad, él le encontraría siempre alguna, incluso no importaba que no tuviera ni siquiera relación indirecta, él la inventaría. Estaba destinado a padecerlas, a esas letras que pronunció tan alegremente cuando la llamaba, tan melancólicamente cuando la invocaba en charlas de madrugada con alguna oreja de turno, tan inconscientemente en sus sueños, bajo el aspecto de otras mujeres, incluso de hombres.

Él se creía incapaz de ir en contra de su destino, el cual le decía constantemente que no se podría olvidar de ella ni cuando fuera a la panadería, cuando escuchara un disco, o leyera un libro, donde abundan las Marías que atormentan personajes siempre obsesivos. El caso de Pablo era más bien algo con tintes de locura, de paranoia, más que de obsesión. Iba al videoclub y encontraba películas con nombres de mujeres y lugares, que si bien no eran Maria, contenían las letras, cosa suficiente para que en el aire armara el nombre, terribles anagramas que no lo dejaban en paz, evocando su sentencia hasta en las tramas de los dramas y comedias que miraba con el pretexto de re-encontrar algún sentido a la vida. Ese sentido que no importa para nada cuando se lo tiene, y que se convierte en lo único anhelado cuando no está.

Tampoco tenía explicación, casi nada lo tenía en él, que estuviera tan fijado a ese destino de buscarla y encontrarla en todos los lugares donde no estaba. Porque había sido un encuentro para nada bello, el que había tenido con ella. Desde el principio jugó con él, se aprovechó de su bondad, de sus buenas intenciones, de sus ilusiones, de su amor, y le hizo mucho mal. Receta perfecta para mantener a alguien bajo el imperio de un yo, que sólo demostró crueldad. Receta perfecta para enamorar a un Pablo cualquiera. Para condenarlo a sufrir por todo lo que no le dió.

-Eso es el amor- me dice Juan, mi interlocutor verdadero, que de personaje, pasó a ser coautor de mis estupideces.

No estoy acá con el tema del amor. Lo que sucede es un perseguimiento, de alguien que ha caído víctima de una especie de maldición, verdadero padecimiento de alguien que no puede cortar la cadena que lo ata a esa roca tan pesada. Estamos acá con alguien con los tobillos sangrados Juan.

-Eso es el amor- me dice de nuevo, es muy insistente, lo cual es digno de percatarse, no suele insistir con mentiras.

Entonces, un día Pablo estaba mirando el cielo de noche, tenía un particular interés en la astronomía, pensaba que esas estrellas les dieron a miles de civilizaciones remotas los mensajes para descifrar el universo. Tantas cosas que por mucho tiempo no se quisieron ver, que se negaron con el pretexto de confiar en algún, o algunos cuantos dioses, que se hubieran encargado de todo en algún momento que nadie sabe cuándo, pero que decidieron desatar el infierno, la carrera infinita, la búsqueda eterna de la verdad que nunca hubo de ser encontrada, sino mas bien sólo buscada. Y de todas las constelaciones en el cielo oscuro, Pablo por alguna razón, que ya sabemos que es su condena, buscaba las Tres Marías. Al fin encontradas, les habló, les preguntó, como sus antepasados, pero no por el universo, ese infinito y solitario lugar en el cual estamos sin saber por qué. No, él no se interesaba en eso ahora, sino en María. Les preguntaba, se lo hacía a sí mismo en realidad, pero a través de las estrellas, más fácilmente, buscando respuestas en el cielo, como siempre ha sido que ha hecho el hombre, que por mucho tiempo, y aún hoy, no quiso y no quiere mirar hacia sí. Allí Pablo no esperaba que hubiera algún Dios, o alguna forma geométrica que le develara el sentido. Solamente estaban las Tres Marías, su condena, en tres luces, a más millones de años luz de él de lo que alguien pudiera medir. Tan lejos llegaba su destino, su condena.

Y tan lejos llegó que al cabo de un tiempo, ya no había ni recuerdo mental de la imagen de ella, tan cautivante, ni de su olor envenenante, ni de sus gestos de indiferencia. No había nada que pudiera remitir a un ser humano, como alguna vez fue María para él, sino sólo las cinco letras que abundaban en el mundo por doquier. Flotaban en el aire de la casa, de la calle, en las copas de los árboles, en las copas de vino de madrugadas interminables con alguna oreja de turno. Toda su percepción se limitó a recortar y resaltar las cinco letras. Desarrolló un pensamiento tan paranoico que llegó a concebir la idea de que las Marías eran la estirpe del mundo dedicada a desangrar las pasiones por donde anduviesen. Hasta la virgen María cayó bajo ese rótulo.

Al final, María había perdido todos los atributos de real, convirtiéndose en un conjunto de letras que perseguían a Pablo donde fuera que estuviera y lo que fuera que estuviera haciendo. En algún momento de arte, creó una teoría sobre esas cinco letras, basando el declive de la sociedad moderna en una causa única y elemental: María. Luego la extendió a causasión de otros artes, como la pintura, la música, el cine, la literatura, que él sabía de hace rato tenían una sola causa posible, y era la misma que llevaba al hombre a padecer y ponerle símbolo a todo lo que esas cinco letras producían.

Nadie sabe cómo, pero un día, por algún azar que alguien pueda pensar como casualidad, cosa que a Pablo no le engañaba más, si todo el azar era un terrible destino, se la encontró a María, la real, por la calle. Donde por supuesto ella estuvo siempre. Venía caminando con un hombre, el cual resultó ser su novio, y resultó llamarse Pablo. Hecho que terminó por corroborarle a nuestro Pablo que el destino era aun más grande de lo que él podía forjar. Y aunque fuera su delirio más lindo…

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Por Chespi

4 comentarios:

Morella dijo...

Me encantaría tener la receta de Pablo para convertir esas malditas letras en otra realidad(en mi caso serían unas siete).

Me gustó mucho el relato. Los agrego muchachos.
Un saludo y gracias por la visita.

Verònica dijo...

Chespi... a todos nos toca ser Pablos alguna vez... personalmente creo que ya zafe de una paranoia asi, espero no repetir la historia,
re lindo texto, cruda realidad...

besotes,

Vero.

Patchouly dijo...

¿que tal Chespi?
Como siempre pasaba por aquí para entretenerme con algún nuevo relato (reconozco que me he enganchado jiji).
Opino como Vero en que todos somos Pablo alguna vez, ya sea con temas de amor o cualquier obsesión, porque como me dijo una buena amiga, cuanto más te fijas en los detalles, más entrelazado ves el mundo.
Supongo que buscamos la casualidad para meternos aun más en la cabeza lo que no conseguimos quitarnos.

Un beso.

Patchouly

mabel casas dijo...

bien por los progresos de Juan, ya es coautor!! el personaje ganó el coloquio con el autor
en cuanto a Pablo...refleja la obsesión de libro y una gran metáfora universal
quizás si todos supieramos mirar y no llegar a la paranoia, pablo sería él otro Pablo se vería por fin a él mismo en su espejo...y el mundo sin paranoia podría quizás también reflejarse en aguas sanas
me gustó el texto como se entrelaza
y ovilla para adentro el personaje
cariños