miércoles, 21 de octubre de 2009

Rompecabezas nocturno

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Es sábado, muy tarde en la madrugada, y afuera hay tormenta. Una guitarra le dice a un hombre, que tiene los dedos de los pies congelados, que la soledad es bienvenida cuando se acompaña de la lluvia, y se lo dice justo antes de ir a buscar unas medias gruesas al placard.

Quién sabe por cuáles circunstancias tiene que pasar un hombre como éste para estar así, un sábado por la madrugada mientras muchas personas de su edad estarán divirtiéndose en un bar, con amigos, en parejas, o en sus casas como él, pero mirando una película, u ocupándose de alguna tarea atrasada. Nadie lo sabe, pero el hecho es que mientras el viento penetra por las hendijas de las aberturas de su casa y hace temblar su cuerpo, así como agita las hojas de los solitarios árboles del parque, él canta en soledad, y su guitarra le continúa comunicando que si ha de haber una manera de comprobar que los sentimientos existen, es justamente a través de ellos.

A su lado un cenicero con nueve colillas y un cigarro prendido, un vaso que ya no contiene nada, unos cuadernillos, y un cancionero repleto de guiones para responder a las vicisitudes del amor. Qué bien se siente este hombre al darse cuenta de que está sufriendo la soledad. Está como disfrutando esa sensación de extrañar, de añorar, un olor, una sonrisa, un color, una voz, un beso.

Hojea el cancionero, y se le van pasando los meses y los años así como corren las escenas de las películas que otros estarán mirando en compañía de alguien, o quizá, y mucho mejor, en soledad como él, disfrutando de la ausencia. A cada guión hay una pregunta, y si no sabe para qué pregunta es el guión que usa en este momento, es porque tal vez se haya perdido en eso de deformar las cosas para que encajen en lo que lo atarea en el momento.

Ella, la pregunta para sus guiones, sin embargo no está como él, ni como los amigos en los bares, las parejas en las habitaciones, o los solitarios frente a la pantalla. Ella está en ese momento en el lugar donde las fantasías se hacen realidad, con un guión que no se lee, ni se entiende bien, pero que lleva adentro, y cierra los ojos para desarrollarlo. Es intrascendente para ella, y para él (porque nunca van a advertir la conexión que hay entre el sentir de sus guiones en ese preciso momento), cuando la voz que expresa uno, acompañado de una guitarra que cuenta y responde, produce el cerrar fuerte de los ojos de alguien que duerme, y sonríe, en medio de una inconsciencia y un silencio remotos. Ambos se detienen sin embargo, en ese segundo, en algún lugar de sus pensamientos, a ser testigos.

Vuelve a llenar el vaso, prende otro cigarro, hojea el cancionero, y cuenta que hay sólo una cosa para ver, escuchar, sentir, y pensar. Lo sabrá ella? No es probable, porque duerme. Pero por algo sonreirá.

Toma, fuma, canta, y de tan sólo que está, se da el lujo de llorar. Estando así es imposible, e inútil, tratar de comprender la cadena de sucesos que lo llevan a eso. Sólo hay discontinuidad entre lo que es y lo que lo causa. Un gran signo de pregunta de color negro, a lo que el guión no responde, ya que se limita a transmitir la sensación, y aún para eso sólo, resulta insuficiente.

Él supone que al final de todos los rebotes en el suelo, la moneda va a caer del lado que más gravedad tenga. A no ser por alguna cosa conspiradora que nunca falta para armar insólitos resultados del destino.

Mientras alguien en un bar, se desprende del grupo de amigos y va a comenzar una sucesión de hechos que podrían llevarlo a estar en completa soledad de lo que hubiera comenzado ese día, el hombre que hojea su cancionero al tiempo que da una pitada larga, sufre todos los efectos. Las causas están en los bares. Están también en los sueños de la sonriente. En la trama de las películas. En el decir de las parejas. Y terminan por ser explícitas en las letras de sus canciones.

Si alguien tuviera que armar este rompecabezas, sonreiría irónicamente como quién arma uno que ya conoce de memoria, hasta en sus secretos y mañas, porque ya lo ha armado muchas veces antes. Pero tal vez se sienta angustiado, insatisfecho, al darse cuenta al final, que se le perdió una pieza, y haya un hueco del color de la mesa en la figura.

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Por Chespi

viernes, 9 de octubre de 2009

Asesinato de Cuchillo

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Domingo pasado el mediodía, y “Cuchillo”, junto con sus amigos llena de vino la sobremesa. Por la avenida ayacucho viene pedaleando José, en su bici de mujer con asientito detrás. Cuchillo siente el mareo, José está decidido, y ya ni siquiera lo piensa.

Hacía unos días la hermana le contó a Cuchillo que José había vuelto borracho y maltrató a uno de los mitahíses, ella quiso pararlo, sólo consiguió que se pusiera peor y la moliera a palos. La ley del hombre todavía ejerce su fuerza por estos lugares, donde las cosas se arreglan a la antigua. José salió del lavadero de autos donde trabaja y gana monedas por día, muy cansado, y se tomó todas las cervezas que pudo en el quiosco de la esquina. Llegó a su casa y explotó, al contemplar una escena cotidiana deprimente, que le causaba impotencia. Propino golpes para todos lados y contra todos, descargando un impulso furioso sin motivo aparente.

Cuchillo manda a comprar mas vino, se saca la remera y deja lucir una cicatriz en la panza hinchada por años de sobremesa. Cicatriz que le valió el sobrenombre, cuando en una trifulca ligó un puntazo y tuvo que dejar internado al que se lo hizo. La hermana lava los platos, atiende a los amigos de su hermano el macho, termina y se va a lo de una amiga a contarle sus dramas personales. Al salir mira la vereda, el pasto, la cuneta con mierda a cielo abierto, el puentecito para pasarla, y se va pedaleando por la calle de tierra, llenándose de polvo los pies.

-Cuchillo te buscan-, le dice un amigo, a él, que sale gritando –Quién lo que viene a hinchar a esta hora!-. Le dicen en voz baja que es su cuñado José. Sale enojado, -Sos un hijo de puta!-. Pasa el portón con bronca, medio tambaleándose, José lo espera en el puentecito que une la calle de tierra con la vereda de pasto, sobre la cuneta.

La mujer de José había ido corriendo y toda golpeada a casa de su hermano para resguardarse. Cuchillo le dejó quedarse, ya vería José lo que era meterse con la familia.

-Quiero hablar con tu hermana-. Le dice José, recto, inexpresivo, sólo dos ojos bien abiertos llenos de frialdad.

-Para qué! Para pegarle de nuevo!... Cobarde de mierda porque no me pegas a mi!-.

José saca un cuchillo de su espalda cual si fuere el traidor en una película y lo atraviesa por el estomago, abriendo la cicatriz que le valió el sobrenombre al macho panzón. Cuchillo cae, José se le sube encima para comenzar a incarlo por todo el cuerpo unas veinte veces sin parar.

Se levanta agotado, mira lo que acaba de hacer. Su hijito menor que lo espera, mirándolo a punto de llorar, sentado en la sillita de atrás de su bici para mujer.

Los vecinos de la cuadra salen a ver que pasa, y ven a José irse con el mitahí en la bici.

–Díganle a todo el mundo que yo lo maté-. Enseñando su mano ensangrentada sosteniendo el cuchillo –Yo lo maté, yo fui-. Y se fue ante la mirada de todos.

La madre de Cuchillo, una señora que vivió demasiado pronto la vida y ya estaba cansada, salió corriendo y gritando desesperadamente a ver a su hijo que estaba tendido en la vereda, con los pies en la zanja llena de mierda, agonizando.

–Voy a estar bien mamá, no te preocupes que voy a estar bien, y lo voy a matar a este- dijo y murió, ajusticiado por su propio significante.

La policía fue a casa de José y como no era de esperar, lo encontraron allí. Estaba cocinándoles a sus hijos, unas marineras. Abrió la puerta y preguntó qué pasaba.

-Podés creer?- le contaba el cabo Ramírez a su sargento, mientras mateaban en la oficina, y José, sentado en la celda, sin ningún tipo de arrepentimiento, miraba la pared. -No me quedaba otra, no lo aguantaba mas- decía José al cabo primero, que chupaba el mate hasta exprimirlo.

Todas las viejas del barrio fueron a llorarle a Cuchillo, que a pesar de cabrón, era querido. Acudieron los vecinos que solían desfilar hacia la capilla los domingos, o sentarse en la vereda a ver lo poquito de vida que había en la calle, en las siestas calientes, llenas de tierra, entre las cuales, un día, José pasaba en su bici de mujer con asientito detrás.

El episodio fue archivado, y olvidado, como es costumbre de la ley oficial, incorporándose a la lista de anécdotas del barrio. La mujer, después de todo, se sentía orgullosa de su hermano que la defendió a muerte, y volvió con José cuando salió de la cárcel, a seguir recibiendo golpes de vez en cuando, los sábados, después de una jornada agotadora por monedas, y de unas buenas rondas de alcohol en el quiosquito de la esquina. Seguiría cocinándoles a ese pobre, y a sus hijos, hasta que un día, por esas cosas de la vida, José moriría y el hijo mayor llegaría con una mujer, igualita a ella pero más joven, con algunos restos de alegría aún. Sería fácilmente reemplazada, y olvidada, iría a llorarle a Cuchillo al cementerio, los domingos a la siesta.

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Por Chespi

sábado, 3 de octubre de 2009

Volviendo del Palmar

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Después de un día caluroso en El Palmar, lleno de lagartos y gorros, el viento fresco del atardecer se cuela por las ventanas abiertas del R18 bordo.

La catorce misteriosamente tranquila en un domingo obliga a Rubén a trasladarse por el pavimento con tranquilidad mientras los temas ochentosos hacen lo que pueden contra el ruido de afuera.

Los chicos dormidos atrás, menos uno del lado izquierdo que juega con el viento y sus manos. Rubén lo observa con calma por el retrovisor, esta vez lo deja tranquilo.

Mariza observa el juego del chico, con su esposo David el australiano, al lado, totalmente dormido. Intenta con timidez el mismo juego, tapa con un dedo el sol, mientras observa en silencio las palmeras negras y el cielo entero naranja.

Mariza se pregunta ¿que hubiera pasado si no se hubiese ido a Australia?

Se siente lejos estando en Argentina, eso no le gusta.

Mary le pasa un mate a Rubén mientras recuerda su infancia con Mariza, baldazos de agua en la casa del vecino en veranos de carnavales y las viejas entre los helechos y las sillas blancas de metal, también hablando de tiempos mejores.

El chico de la izquierda piensa que el si puede armar buenas naves con los ladrillitos, lo que paso la otra vez fue porque no le dejaron muchos.

El R18 responde de maravilla y alguien aprieta el mate porque Rubén esta por pasar al camión de adelante que va cargado de vacas.

Mariza y una vaca cruzan miradas, las dos se sienten lejos.

El pibe que viaja con el camionero, Lucas, había tenido suerte haciendo dedo muchos kilómetros atrás y los dos recuerdan historias, un poco inventadas, de Ibera su pueblo natal. Los dos cuando no tienen problemas con el silencio en la cabina, esperan ver de una vez la tierra colorada.

Bocina para el camionero, seña de luces para Rubén, amabilidad rutera.

Ya se hace de noche, no hay mas facturas ni mate, las ventanas arriba, el cassette llego al final pero nadie se preocupa, el ruido de las ruedas y el motor hacen lo suyo.

David se despierta y mariza, para que comprenda donde esta, le acaricia el pelo de la nuca y de paso se va alejando de los pensamientos anteriores.

La luz verde del pasacassette hace al ambiente tranquilo.

Llegan a casa y mientras uno de los chicos semidormido abre el portón, todos saludan a los vecinos que toman un vermú en la vereda con sus sillones de colores y el asado se hace lento en el fondo. El Chico semidormido, mientras espera que el auto entre para cerrar el portón, saluda a su amigo de enfrente que lo saluda con un vaso de jugo aguado en la mano.

- ¿Mama queda coca? – le pregunta a Mary

- No ahora te hago un jugo – Responde mientras baja las cosas de todos.

Aprovechando que alguien hablo, David le agradece a Rubén en un español muy difuso por el viaje tan cómodo.

- Es un buen manejando – le dice

- Tenkiu David – le responde en un ingles muy difuso.

Es curioso… en los buenos viajes, la memoria también viaja.

Pero esta vez Rubén solo se encargo de que los otros viajen.

Esta vez Rubén no recordó la mugre de los talleres en los que se ganaba el mango.
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Por Martin