sábado, 5 de diciembre de 2009

RAREZAS

Alfredo cuenta las cuadras, son unas diez más, hasta la tranquilidad. Tuvo tantos encuentros en la vida, pero nunca tantos desencuentros. Llega al parque, apaga el motor del auto, ahora está en medio del silencio que necesitaba, pone su mano en la frente, agita su cuerpo en espasmos, emite algún tipo de sonido híbrido, un gemido, y llora.
Dolor, angustia, pena, bronca, tristeza, miedo, y todas las cosas que ustedes se puedan imaginar, provocan las ganas de ese llanto, pero lo es más, la impotencia. Esa sensación de rebasamiento, mas bien de insignificancia, que surte efectos intolerables para Alfredo, lo obliga a golpear el volante del auto, a mirar fijamente un horizonte que no tiene absolutamente nada de atractivo, lo que le llama la atención es la frialdad.
Por la ciclovía camina uno de los seres más raros del planeta, con un perro labrador sujetado por una correa, cabello largo y rizado, del color de los bosques en otoño, indumentaria deportiva, y cierta tranquilidad de viernes por la tardecita.
Este ser advirtió claramente que en ese auto que estaba allí había un hombre llorando y descargando impotencia contra el volante, lo cual le inspiró compasión, y no pudo menos que soltar un lagrimón. Alfredo le había parecido un hombre de esos buenos, queribles por toda la humanidad, y obviamente por la situación en que se hallaba, lo habrían desilusionado terriblemente. O al menos eso pensó este ser, que tenía la increíble capacidad de ver a las personas sin ser advertido, en sus situaciones reales, no en las falsas interacciones humanas, y verlos cómo eran en realidad, cuando no debían mentir a nadie, ni aparentar ser amables, ni mucho menos honestos. A pesar de esa lágrima de compasión, siguió camino, con su perro labrador, y durante unos veinte minutos trató de recuperar esa tranquilidad que traía por la ciclovía.
Llegó a su casa, se desnudó completamente, y entró a la ducha, con el ritmo sereno que solía mover su cuerpo, hasta que recordó nuevamente al hombre, y con toda el agua que se llevó parte de su ser mezclado con jabón, dejó irse varias otras lágrimas. Su debilidad era la humanidad, la real, la de la calle, y no la de las películas, los libros, y las canciones. Por eso nadie de su entorno entendía cómo era que podía ponerse tan triste o feliz por personas que no conocía, y sin embargo no podía sentir esa compasión con los dramas y las comedias que a todo el mundo inspiraba a catarsis. Este ser explicaba que era muy simple, que no lograba sentir nada por cosas que eran ficcionales, y lo que es peor, armadas por alguien como si fuera un calefactor, o un auto.
Un día llegó a un bar, donde siempre acumulaba sentimientos encontrados, causados por la humanidad en estado puro que allí anidaba. En medio de una increíble ternura, observando cómo una madre daba de comer a su hijo, se sorprendió mucho al ver a Alfredo entrar, elegir una mesa en un rincón, y abrir un libro, mientras esperaba su café. Además tenía la capacidad de retener fotográficamente los rostros de quienes le inspiraron sentimientos fuertes, y cuando lo reconoció, se invadió de angustia como aquel día. Se acomodó un poco para tratar de que Alfredo no se diera cuenta de que lo observaba, y en un movimiento torpe derramó el vaso de gaseosa, haciendo un ruido que centró la atención de todo el bar en su mesa, y sintió que todos le tenían vergüenza ajena. Alfredo la observó, pero en lugar de sentir vergüenza ajena, quedó admirado por el conjunto armónico de su cara, su nariz, su cabello color bosque de otoño, y la situación que sobrellevó muy cómicamente diciendo a todo el bar que no la mirara así porque le daba vergüenza, mientras reía y trataba de ayudar al mozo terco que limpiaba el enchastre. Ella lo miró también, e inmediatamente Alfredo volvió la vista hacia su libro.
Leyó tres páginas casi sin sentido porque no prestaba atención y no comprendía lo que leía, levantando cada dos segundos la mirada para observar, a ese extraño ser que todavía no conseguía aminorar el color rojo de sus cachetes. Terminó el café, el reloj dio las tres, se levantó, y dispuesto a irse tuvo que soportar un latido fuerte en su pecho, cuando ella lo frenó, y le dijo, -sé que sufrís, y no comprendo cómo alguien puede hacerte daño-. Alfredo no entendió nada por un momento, y cuando supo lo que acababa de escuchar, abrió grande los ojos, preguntó a la señorita si lo conocía, y qué estaba pasando, él quería saber si acaso eso era una broma. Ella sintió esa desesperación en él, y trató de calmarlo, le dijo que no era ninguna broma, que no lo conocía, pero que lo había visto llorando en el parque unos días atrás. Alfredo siguió desconfiado, y le dijo que no estaba para bromas, y se fue mirándola como a una loca.
Lo cierto es que ella no sólo había sentido compasión por él aquel día, sino que había quedado prendida de esa tristeza, tan real, que había en su cara, en sus golpes, y en la perdición de esa mirada que lloraba.
Volvió a sentarse en su mesa, y por un rato perdió la mirada por las paredes del bar, hasta que una discusión entre un hombre y una mujer la puso de mal humor. Se levantó y se fue. Pensó que era injusto vivir en tan constante tranquilidad, sin posibilidad de experimentar emociones propias, quedando fijada siempre por las de los demás, incluso enamorándose de ellas. Pero no consiguió enojarse por ello.
Llegó a su casa, se desnudó e inició el ritual que repetía al volver de la calle todos los días, cuando trataba de sacarse la mugre del mundo. Cocinó una pasta con salsa, encendió el televisor y miró una película, sin sentir nada, hasta que el sueño la arrastró a la cama, en donde soñó algo que nunca va a saber, y se despertó angustiada, a las tres de la mañana, comenzando a vivir.
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Por Chespi

7 comentarios:

Verònica dijo...

Nos debatimos entre sentimientos ajenos y sentimientos propios. A veces la carga sobrehumana de estos ùltimos parece dejarnos neutros, estancados y viviendo solo a traves del resto... Me gusta cuando algo hace click en uno mismo o en otro, un momento, un silencio, un grito, un sueño a las tres de la madrugada, lo que sea, pero comenzar a vivir no es màs ni menos que eso, comenzar a vivir, grandioso.
Y hay que animarse a hacerlo, no es para cualquiera, como volverse loco, como tocar fondo y seguir, no es para cualquiera...

ABRAZO Chespi, me alcanzò la angustia al leerlo,

Vero.

Xaj dijo...

Hay que buscarse esas (otras formas) de comenzar, siempre, a vivir.

Saludos loco.

The Satyric dijo...

"The Satyric: Donde la realidad no se ve... Se lee..."

http://thesatyric.wordpress.com/

El semanario que dice lo que los demas callan...

BeLén dijo...

Me identifico. Es que a veces las emociones de los demás son tan fuertes que nos interpelan de una u otra forma, haciéndosenos carne e incluso creyéndonoslas.
A veces no es sano, quizás porque los excesos nunca lo son. No sé, y después soñamos cosas raras e intrincadas.
Saludos, Chespi!

* GEORGINA * dijo...

(tan tan identificada)
MUY BUENO ... muy!!!
abrazo gde

Patchouly dijo...

Poca gente sabe lo que se siente al depender de la tristeza de alguien, ese momento que se clava en el centro del pecho cuando la otra persona esta mal. Pero menos gente conoce esa gigantesca empatía a los sentimientos de desconocidos.
Me gusta, me encanta este relato... supongo que porque en algún momento yo también dependía de la felicidad de alguien y porque la ducha y la piscina son mis lugares favoritos para llorar, cuando parece que el agua se lo lleva todo y te puedes sentir un poco más libre de esos sentimientos.
Felicidades... una vez más conseguiste emocionarme.

Un beso enorme y lo siento por tardar tanto en pasarme por aquí... tengo que ponerme al día :)

tank girl dijo...

creo que si viviera de esa manera gastaría un increíble presupuesto en jabón, chin chin por la novela efímera de las cuatro por la que despues de entongarme como una desgraciada puedo decir, uff es ficcional y volver a la paz de un baño simple de realidad.