martes, 14 de diciembre de 2010

Por delante (Parte I)

Luz barre el living, piensa en la carta, barre la cocina, piensa en la carta, el pasillo, la carta, el baño, la carta, y cuando llega a la habitación en la que duerme ya ni siquiera sabe qué hizo con la carta, si la envió, si la guardó, o si la borró. Está confundida, a un nivel supremo, la ansiedad le colma el espíritu, su casa la contempla, ella permanece sentada en la cama, con la escoba en la mano. Hace tres días llueve, hace tres días está terriblemente sola. Y encima el tiempo se hace real, se siente, no sabe donde, pero lo siente, tiene un esquema gnósico en su anatomía que recepta el paso del tiempo cuando su espíritu se encuentra en cierto estado, como el de ahora.
Pablo tiene 23 años, cree en las coincidencias de las películas, y en los ángeles. Pero tiene un serio problema… no entiende a las personas… casi nunca.
Disfruta del desorden, pero odia la suciedad. Le dan pánico los túneles, y tiene unas ratas de mascota. Le parece que son seres humanos, y le gustaría tener algunas de ellas de tamaños gigantes para que le construyan una cueva en una montaña, parecida a las que construyen en sus peceras entre las migajas de cartones y maderas.
Todos los días, cuando se despierta, piensa en una sola cosa.
Le gusta demasiado viajar y conocer el mundo, aunque haya salido de su país sólo una vez. Pero su mayor placer es la música, sobre todo la que no conoce.
Durante el día no puede evitar perder el tiempo, desaprovechar oportunidades, sentir ansiedad, y bailar un rato en el living mientras canta desafinadamente.
Todas las noches, cuando se acuesta, piensa en una sola cosa.
Cocina todas las comidas que puedan salir de todas las combinaciones posibles que se puedan preparar con arroz y cebolla. Odia la gente que come carne, es adicto al mate, y fuma en demasía.
Su preocupación es la de todos, pero él es distinto, aunque parezca muy normal… pues ha inventado una nueva forma de fracasar. Hace cinco años se fue a estudiar, trabajar, y malvivir a la ciudad. Pero sólo una vez superado el miedo, dos años después de partir, pudo comenzar a vivir.
En este momento preciso, mientras cae desde el décimo piso de un edificio, nada de eso importa ya…

No importa ya que las coincidencias y los ángeles no hayan llegado, mucho menos no haber conocido El Cairo, o no haberse cuidado la salud dejando de fumar. Ni siquiera importa esa única cosa, aunque fuera la causa original de su ansiedad y hasta de su pasión por la música, así como también de su muerte… su pasión por la muerte.
Pablo tiene apenas 23 años y se está suicidando, no en un rapto de efímera acción sino también en un momento que el juzgó hermoso para hacerlo: es sábado en la noche, hace tres días llueve, y hace tres días que está terriblemente solo. Nunca pensó hacerlo un domingo, pues su odio por el sentido común no le dejaba aceptar que los domingos fueran especiales para ese tipo de acciones, así como también para dormir, o bien estar simplemente aburrido. Nunca pudo encontrar el origen de ese odio, pero le era bien palpable la ira que se esparcía por su rostro cuando las personas daban por cierto cosas que para el no tenían no tenían por qué ser así. Ese mismo aspecto de su vida le había inspirado una ideología de la revolución que consistía en llevarla a cabo por medio de la aniquilación del sentido común: eso que hace que todos piensen que “las cosas son así” para que todo marche mas o menos bien. También por eso inflaba el pecho cuando todos estaban en desacuerdo con él, pues así se conseguía relaciones que comenzaban por el odio, y no que terminaban en él.
El que tenga “apenas 23 años” es algo que también le molestaría escuchar, pues por convención se dice que nadie tiene que, o por qué, matarse a esa edad, ya que se es muy joven y se tiene toda una vida por delante. Cosas que naturalmente le darían tanto asco escuchar que le producirían una arcada. Pues nadie, según el piensa, puede decir lo que es estar dispuesto a morir. Nadie puede entender lo que es que la vida por delante ni siquiera sea considerada como opción. Pues la vida, según siempre lo pensó, era precisamente eso que llevaba a la muerte, y no algo por delante… por delante está una sola cosa, y se puede acortar camino, desde un balcón.
Su idea fue siempre no entrar en el juego, fracasar de entrada. Pero no pudo no recibir educación, no pudo no formar parte de ciertas instituciones, no ser parte del mercado laboral, de las listas de universidades y de deudores de ciertas empresas. No pudo no formar parte del gran fracaso, y en eso consistía su fracaso, en no poder no fracasar, como todo el mundo lo hace. Ha fracasado en su intento de fracasar. Le iba bien, como se suele decir, como suelen decir los que juzgan ciudadanos perfectamente adaptados, en su subsistencia urbana, en sus relaciones interpersonales, a pesar de ciertas discordias, a pesar de su desamor, el fin que lo acechaba era bastante normal, bastante predecible, con una jubilación, deudas, una casa, una familia tal vez. Todo esto, para una persona como él, representaba el fracaso.
Incluso fracasó matándose, pues es un final normal del fracaso, según lo veía. Hasta le parecía que era demasiado patético (tal vez al modo de novela), pero no le quedó otra, o no se le ocurrió nada. Ni si quiera pudo volverse loco, como para tener algo más llamativo, más creativo, a que aferrarse.
Sucede que esa única cosa en la que a menudo pensaba le hizo sufrir ese dramático intento de apresar a la felicidad con un invento. No pudo ni siquiera devenir melancólico, como para que su suicidio tuviera un motivo racional, al menos clínicamente hablando, ya que ese tipo de justificaciones, nadie sabe para qué sirven, o a quién le sirven. Será la fiabilidad de lo que es científicamente sabido? Puede ser que inspire confianza la explicación sobria, más bien soberbia, que da un psiquiatra, del por qué del suicidio de alguien, un hermano, un padre, un tío, una madre. Y ahí no se sabe muy bien ya, -pensando en las religiones, y en el por qué de justificar un suicidio- si la confianza es muy distinta de la fe o no.
Pablo ya se encuentra a unos pocos metros del suelo, del duro cemento inamovible en donde su cuerpo va a desparramarse, y observa unas macetas con plantines en el balcón de una señora, y después una bicicleta en el balcón de abajo, un hombre en bata mirando televisión en el interior del departamento, fumando. Es una de esas noches donde las cajas de zapatos albergan intimidades demasiado tranquilas, donde no pasa nada, donde la muerte es lo que mejor describe esa quietud que le es inherente a las ciudades a altas horas de la madrugada. Pablo no tiene ninguna revelación, no ve ninguna luz, no siente nada, no percibe que su alma esté por irse a alguna parte, tampoco ve algo en el mundo que lo haga comprender ninguna cosa maravillosa. Todo le es más bien risible, y por eso, cuando choca contra el asfalto de la avenida, está sonriendo (tal vez esa fue su revelación), y muere, como era de esperar.
-Pobre chico, se ve que tenía muchos problemas-
-Era bastante antisocial, discutía mucho, siempre estaba generando polémica-
-Era un chico bueno, nunca cagó a nadie-
-Es un egoísta, no quiso compartir sus problemas con nosotros, se mató y nos dejó este gran dolor-
-Si hubiera podido lo hubiera ayudado, pero él no me dejaba, y me prohibió hablar con la familia-
-Hijo que te pasó, hijo por qué me hiciste esto-
-Tenía apenas 23 años, toda una vida por delante-
-Es increíble, terminar así-
-Dicen que no dejó ninguna carta ni nada, ninguna explicación… pobre familia-
-La madre está destrozada-
-Me imagino como deberá estar la familia-
-Hijo… por qué, por qué hijo, por qué… hijo, por qué hijo… hijo mío, por qué-

Por Chespi

lunes, 1 de noviembre de 2010

La duda

-Sacame la duda por favor, porque tengo la certeza inaudita de que te conozco de alguna parte- le dijo él, a ella, que nunca en su vida había visto a alguien de esas características, tan exuberantes, tan coloridas.

Él creía conocer, o mas bien re-conocer, cada detalle de su rostro: la cara fina, nariz puntiaguda, color claro, dientes siempre visibles, un labio más grueso que el otro, el flequillo para ese lado, de ese largo, de ese color, apenas tapando el ojo izquierdo, que era de color marrón claro, casi color miel. Se preguntaba si acaso uno conoce a las personas por sus rostros y nada más. Qué había con la persona que habitaba detrás de esa mirada que no entendía nada? Creía conocerla también? No estaba seguro, pero la certeza de conocerla de alguna parte le afectaba tal y como afecta la certeza: se estaba volviendo loco.
Se encontraban en una localidad del norte, dispuestos por una diagramación típica de pueblo: la plaza central, la iglesia, la escuela, la comisaría, el supermercado, la plazoleta, el correo, la municipalidad, los bares y pizzerías, todo en un radio de diez cuadras. Con la salvedad de que no era ya un pueblo, o no era precisamente lo que se denomina pueblo, pues el pueblo se había extendido, se había multiplicado, y las personas habían hecho lo que hace a las ciudades: se amontonaron. Y lo hicieron tanto que, como en toda ciudad, algunos comenzaron a quedar al margen, literalmente. Entre la basura de la ciudad, y la amenaza constante de inundaciones, los que llegaron tarde al amontonamiento, en las periferias se acomodaron creando otro amontonamiento, dejando huérfano de vida un inmenso campo que se extendía por todos lados, hacia todos lados, casi vacío y como desolado, quién sabe tal vez anhelando unos pasos de hombre. Pero no, pues la sociedad moderna, aparte de ser todo eso que dicen que es, consiste básicamente en el amontonamiento en unos pocos kilómetros cuadrados.
-No sé la verdad, a mi no me pareces conocido, te habrás confundido- le contestó, y lo dejó tambaleante, lo cortó, le hizo sentir un idiota, un lanzado, le hizo sentir que nunca había aprendido a hablar, que no poseía voz, y que el pecho se le llenaba de plomo fundido. Más allá de haber quedado como un desmedido, tal vez desubicado, lo cual no le preocupaba tanto, pues si ella no lo conocía no tendría que enfrentarse a la vergüenza en alguna ocasión futura, quedó desconcertado. Era la primera vez que escuchaba su voz, y tal cosa lo había impactado. Y coincidiendo con la atemporalidad del pensamiento, en una dimensión mucho más compleja que la visible, asoció todo ese rostro con esa voz, con ese cuerpo, en esa vereda, frente a esa vidriera, a unas cuadras de esa plaza, en esa localidad, con esos colores que tenían todas las construcciones, los árboles. Comenzó a re-conocer las formas de transporte más usadas del lugar, abundaban las bicicletas y motos. Los olores a comida frita y tierra mojada, a perfumes baratos en cuerpos que deambulaban por la misma vereda, vestidos de camisas y vestidos, con zapatos, nada de zapatillas ni remeras ni jeans. Recordó un paseo, creyó recordarlo, pero no supo si lo inventaba, por la costanera, un sábado a eso de las cinco de la tarde. Ella estaba de buen humor, lo abrazaba fuerte, lo empujaba, le ajetreaba los hombros, le quería animar, él estaba un poco existencialista en ese momento, y ella trataba de que se alegrara con un paseo por la rivera. Lo llevó hasta donde terminaba el asfalto, descendieron juntos por el pasto, hasta el borde del río, a unos metros de los camalotes, a unos cuantos metros mas de unos pescadores, que entre mates y tabaco, se conversaban sobre chamamés etílicos, sobre los enojos de las patronas, de los patrones, y la liviandad de los críos. En ese momento, en lugar de alcanzar algún vestigio de efímera alegría, recuerda haber alcanzado algo mucho más fugaz, mientras escuchaba a los pescadores a lo lejos, con la vista puesta en el caminito de tierra que se demarcaba en el pasto por el cual descendieron, mientras ella se recostaba en su hombro dejando oler su perfume, alcanzó una sensación de paz, que si tuviera expresión en movimientos, sería precisamente el de las olas del brazo de río que se encorvaba hacia el sur y se perdía entre montes. Se puso en el lugar de la barcaza que cruzaba a lo lejos hacia la isla, con un motor fiel y pundonoroso, no tanto como la madera con la que estaba hecha, y ahí sí, experimentó retoños de alegría, siendo una barcaza como esa, cruzando río, hacia una isla.
Decidió pedirle disculpas a esa mujer que lo miraba como se mira a alguien que aparenta ser raro, con desconfianza de reojo, y al tiempo que abandonaba aquella vida, aquel momento de paz, le dijo –si, me debo haber confundido-.

Por Chespi

martes, 28 de septiembre de 2010

Difusion cientifica de las cosas mas absurdas de nuestra cultura

Mediante un estudio investigativo con fines de encontrar y/o advertir cuáles son las cosas mas descabelladas, absurdas y raras que ocurren a nuestro alrededor, muchas veces sin que nos demos cuenta, hemos llegado a las siguientes conclusiones:

Primer descubrimiento (que le da fundamento a todo lo demás): -si uno sigue una constante en la ciudad, a cierta hora de la tarde, puede que se cruce con cierto número de otras constantes nunca advertidas, o si bien lo hace de noche puede que tenga muchas probabilidades de descubrir irregularidades bastante curiosas.

Otros resultados que se desprenden del primero:

-La realidad es una constante, es repetitiva como ninguna otra cosa, como ningún otro ciclo, y por ese motivo, es que nos parece un dejavú cuando la observamos después de pensar un rato.

-Por encima de más del 90% de los locales comerciales que existen en cada manzana de la ciudad hay construidas casas y departamentos, y lo que es mas… allí viven personas.

-Cierta cantidad de personas se miran a los ojos más de una vez por mes, cierta cantidad lo hace mas de una vez por semana, y cierta cantidad, aunque en un porcentaje muy bajo, lo hace más de una vez por día… sin conocerse o haberse hablado nunca en la vida.

-El riesgo de ser tomado por loco en la calle es casi tres veces más alto que el de los lugares privados. Dadas las circunstancias, cualquier acto o conducta dirigida a llamar la atención de alguien que circula por la vía pública, es fácilmente confundible con un acto totalmente irracional o proveniente de una mente enferma.

-El evento más importante a nivel, no solo mundial, sino universal es, al contrario de lo que mucha gente piensa, un partido de fútbol.

-El fin del mundo, de la historia, de la existencia, y del hombre, a diferencia de lo que pensaba Hegel, está asociado a un corte de luz.

-Las catástrofes más destructivas a nivel colectivo son, más allá de un desastre ecológico, los cortes de ruta.

-Hay personas que caminan por la calle con broches para tender la ropa en el bolsillo.

-Hay personas que caminan por la calle sin ropa interior y piensan, cuando se cruzan con alguien, en su picardía, (cosa evidenciada en una sonrisa pícara hacia sí mismos).

-El instinto más bajo del ser humano, el salvajismo, el odio, ese sentimiento asesino de supervivencia, suele brotar en las colas del supermercado y del banco.

-Los cavernícolas no se extinguieron, como mucha gente común y científicos creen. Se los puede ver todavía los fines de semana en las canchas de fútbol.

-Por la calle, a las doce y media del mediodía circulan un 60% de colegiales, un 30% de amas de casa, un 5% de trabajadores, y un 4% de ancianos. El 1% restante se compone de locos y personas en vías de convertirse en amas de casa, trabajadores, ancianos, y locos.

-Las ratas salen a la superficie a alimentarse entre las diez y las doce de la noche.

-De cada diez baldosas en las veredas, cuatro están flojas, o bien rotas, listas para salpicarte un día de lluvia.

-De todas las personas que uno se cruza por la calle, mas de la mitad lleva una cruz colgando del cuello, un cuarto lleva una cruz en la espalda, y el resto cree en el diablo o en alguno de sus alternos.

-Cada diez cuadras se producen al menos dos encuentros entre conocidos.

-La mitad de los encuentros entre conocidos son situaciones incómodas.

-En cada manzana habita al menos una persona que vive, come, y duerme, en la calle.

-En la calle hay muchas personas que ostentan tener. Pero hay casi el triple de personas, en proporción a los que ostentan, que no tienen nada.

-De cada tres hombres, uno se casaría con dos de cada cinco mujeres que se cruza por la calle.

-De cada tres mujeres, una se casaría con uno de cada diez hombres que se cruza por la calle.

-El noventa y ocho por ciento de las personas que circulan por la vía pública llevan en sus brazos un bolso, o bien una cartera, o bien una mochila, con objetos que generalmente no necesita, en su interior. El dos por ciento restante, los lleva en los bolsillos de sus pantalones.

-Las probabilidades de encontrar personas sonriendo en la calle es muy baja. Pero no tan bajas como las probabilidades de conseguir monedas.

-Hay al menos un kiosco por cuadra, un almacén por manzana, un consultorio odontológico por cada dos cuadras, y uno psicológico por cada setenta metros. Hay también una clínica o más por barrio, y sin embargo hay amontonamientos en los hospitales.

-Hay dos veces la cantidad de automóviles que caben en el centro. De ese total, un tercio está estacionado, y el resto congestionado.

-Por cada bicicleta hay más o menos diez autos circulando. Y lo que es más, por cada auto circulando hay cinco autos en la planta automotriz, listos para ser vendidos y sumarse a la correntada. Ahora bien, cada bicicleta circulando, significa un auto menos.

En lo que sigue se irán exponiendo los resultados de la investigación a medida que avance el procesamiento de los datos obtenidos por medio de la observación. A partir de este momento cada uno puede valerse de estas conclusiones, para ir a contrastarlas con la realidad, ahí en la calle, pero siempre manteniendo la cautela de no ir a confirmar algo pre-concebido como cierto, cosa de alentar a la tarea científica, y producir conocimiento válido.


Por Chespi

martes, 14 de septiembre de 2010

Figuracion onirica de la humanidad

Estoy en una parada de colectivo, con todo lo que eso implica, parado, y aunque he sabido de noches, ninguna noche hubo de ser más oscura que esta. Las luces de los autos se proyectan por el espacio, y se van, como si fueran parte de una procesión. Me doy cuenta de que conozco la parada, la calle, y los edificios que me rodean, siempre silenciosos.
El colectivo nunca llega, y la gente se amontona.
Dos niños juegan con una pelota color naranja del otro lado de la calle.
En un rebote azaroso la pelota va hacia la calle, y un auto de la procesión casi atropella a uno de ellos, entonces corro a ayudarlo, en un impulso incontenible, como si casi me hubieran atropellado a mí.
La gente se alborota, trata de detenerme, pero yo corro cruzando la calle, entre el vértigo de los gritos y los autos que pasan a mucha velocidad, el niño que corre a buscar su pelota, y las bocinas.
De repente entiendo por qué la gente trataba de detenerme, los niños estaban perdidos, todas las pocas luces desaparecieron, y la gente también, y yo siento un escalofrío terrible. Me doy cuenta de que los niños eran una carnada, de que era el momento, y todo se estaba armando como una especie de conspiración, hacia mi o hacia la humanidad.
La calle se ha hecho callejón sin salida, y yo voy corriendo, sin querer despertar, hacia los niños que me miran, y detrás de ellos hay muchos encapuchados, que enseguida comprendo, me están esperando, ellos los responsables de la conspiración, aguardan que me acerque para capturarme.
Entre ellos y yo, los niños están asustados, y yo lo estoy mucho más, pero eso no me detiene, sigo corriendo hacia ellos. Los agarro, y cuando quiero correr en dirección contraria, no puedo. Siento la presencia de los encapuchados en mi espalda, la carga pesada de los cuerpos de los niños, y no me quiero despertar, pero aún así, no consigo seguir soñando, y vuelvo a ser uno más, en un departamento, intrascendente, asustado, no siendo objeto de ninguna conspiración... mucho menos el protagonista de alguna salvación.


Por Chespi

miércoles, 18 de agosto de 2010

Made in

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La birome con que escribo esto se empieza a quedar sin tinta, recordando viejas épocas, saco tirando con los dientes el tubito y frotando con las dos manos como Tom Hanks  en el naufrago hago que la tinta se entibie y pueda seguir escribiendo.
La birome con que escribo esto es made in Brasil, mi primer día en el jardín esta grabado con un radio grabador que lo compraron en brasil pero no creo que también sea made in. Lo compraron en la época de Menem porque convenía y allá íbamos los argentinos tirando la manteca al techo de los autos recién cambiados.
Con ese grabador, muchos años mas tarde grabe unos temas instrumentales que hicimos con mis amigos de la secundaria.
Volviendo a los noventas mi viejo esta con el manual en la mano probando el grabador,  yo llego del jardín y se le ocurre hacerme unas preguntas sin avisarme que estaba grabando para después sorprenderme con mi voz saliendo mágicamente del aparato.
- ¿Como te fue en el jardín? – me pregunta, y le contesto que bien casi llorando.
- ¿Que paso? – pregunta sorprendido.
Empiezo a explicarle que me habían hecho ir a hablar con la directora porque cuando estaba jugando a la mancha en el recreo, le pegue un zapatillazo en la boca a una de la chicas que estaba sentada jugando en ronda con las otras chicas y le había hecho sangrar la boca y me habían puesto en penitencia contra la pared en frente de todos mis compañeros. Pero todo esto no se logra escuchar en la grabación porque ya había empezado a llorar a moco tendido. Lo único que se escucha es el llanto y mi viejo que sabiendo que se estaba grabando todo eso se ríe y a la vez trata de calmarme.
Cada vez que vuelvo a Entre Ríos me olvido de buscar y escuchar ese casette blanco, además a Brasil no fuimos nunca mas porque esta carísimo.
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Por Martin

martes, 17 de agosto de 2010

La mujer mas fea del mundo

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En otro momento, en otro punto del espacio, y en otro mundo, que no era tal vez otro, una mujer sentada dentro de una carpa, totalmente decidida a hacer algo, sin ya ni siquiera pensarlo, sin ya siquiera lamentarse, o tal vez pensar en los demás, con la determinación necesaria sólo para algo tan grandioso como convertirse en protagonista... es ella, la mujer mas fea del mundo, y tiene un arma en la mano.


Mucho antes una niña, con su guitarrita y su hermano, en una estación de tren a la tarde, en un bar a la noche, no pensaba en la belleza de un cuerpo como el suyo, mas adelante en el tiempo... el tiempo, no pensaba en ella, el tiempo no era considerado con nadie, mucho menos con la trascendencia de un ser de otro otro universo, que vivió en este planeta. No lo pensaba entonces, y sólo cantaba... cosa de tener para comer, pues por naturaleza lo único que bien sabía hacer, eran canciones.

Sin poder hacer caso omiso a su guitarra, que la miraba siempre desde el rincón de la habitación, inerte, silenciosa, comenzaba a garabatear melodías que le bajaban como desde la cordillera, desde hacía miles de años. Menos caso omiso podía hacer al amor, y mucho menos a la muerte.

La mujer más fea del mundo está enojada, en un momento preciso en que las cobardías se agrandan... y ha salido a la calle a gritar, pues su pueblo se va perdiendo, y eso no lo puede aceptar. Agarra una botella de alcohol con un mechero encendido, y es la primera en arremeter contra algún palacio inútil, algún templo estacionado en el tiempo, que alberga hombres retrógadas, seguros de si mismos gracias al olor a cuero de sus maletines, que destruyen su mundo, su gente.

“La bella sabe que ayer, sintió su primer dolor... la bella entiende que ayer, sintió su primer amor” … viene también en las nubes que se forman en las cumbres cuando la brisa de mar se mezcla con la de la tierra, norte del sur, y una mentira que enamora, que la ha enamorado, que la ha matado. “Y el dueño del fin, no sabe qué pensar”… si la mujer mas fea del mundo, no será mas bien la mujer mas hermosa.

La mujer más fea y mas hermosa del mundo, con una sonrisa despreocupada, caminaba por las veredas de París, sola. Caminaba por los campos de Chile, sola. Caminaba por Rusia, sola. Llegaba, entraba, salía, y se iba, sola. Armaba y desarmaba guerras que no eran las suyas, pero que sentía en el alma, sola ella. Su guerra ha sido siempre vivir.

Todos llegan tarde... demasiado tarde. La mujer más fea y más hermosa del mundo reposa en un cajón, sin emitir palabra... ni canto... ni nada. De estar tan sola, pasó a estar rodeada, de quienes llegaron tarde... demasiado tarde. Ni a tiempo para verle en los ojos el sentir, el devorarse las almas que solía hacer cuando no podía estar tranquila, pues la mujer mas fea del mundo sabía que las personas no necesitaban de la necesidad, aunque ella si, los demás no, los demás estaban cómodos con las cosas que a ella le alteraban, que le daban hambre. Ni a tiempo para acompañarle por los valles, en medio de artes, los tesoros que desenterró, dicen que nunca nadie los pudo volver a esconder... mucho menos por los océanos, en medio de muertes... ni por tierras lejanas, donde otros saboreaban el verdadero sentir, cuando ella, no hacía otra cosa que decir. Y sólo por eso, por no quedar nunca callada, aún así sus soledades, esas que no conversan, no ha quedado en el olvido, y al menos duerme en el recuerdo de quienes han llegado tarde... demasiado tarde... aquellos imbéciles que se disfrazaban de vez en cuando con la cultura.


La mujer mas fea y mas hermosa del mundo aun asi agradece a la vida, pues ella le ha hecho vivir, más si bien no ha sacado mucho con quererla, ha dejado un rastro en el camino.
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Pos Chespi

martes, 27 de julio de 2010

... Cap. XVI

Ludmila mira el reloj, y aunque no tiene ganas, se levanta, toma sus anteojos, se saca la fina remera blanca, y va a la ducha, a sacarse otro hombre de la piel.

Ludmila odia a las personas que invierten demasiado y ganan poco en el rubro de las relaciones amorosas. Por eso, cada tanto en algún bar, consigue al menor precio algún que otro acompañante, y se lo lleva a la cama, para que no se quede. El placer de la carne le parece sumamente necesario, pero no como para involucrarse en fines de semana con familias desconocidas, divisiones de bienes, contratos, cápsulas de aire compartidas, y compañías constantes. Ella necesita que después de que hagan lo suyo, se vayan, la dejen sola, con su adorable biblioteca y las dos plazas de la cama para ella sola. Desde aquel que se fue sin dificultades, todos deben irse por igual, piensa ella.

Alfredo trataba de escribir, esbozar todas las ideas que le venían de Ludmila, y lo hacía sin orden preciso, sin continuidad, pensaba que en algún momento, todo encajaría como un rompecabezas.

Volvió en algún momento, después de algún tiempo, a su cápsula, sola. Recordó la nota que había dejado reposando sobre la mesita de luz, de la cual resultó una nube de pensamiento que la acompañó durante todo el tiempo que no estuvo en su cápsula.
Le dió toda la impresión de que hacer desaparecer tanto, era fácil para aquel que se fue, pero resultaba que no lo era para ella. Pues bien, resulta que no lo es, ella lo sabe, lo piensa a cada rato.
Por un lado sabe que tiene que dejarlo ir, es inevitable. Pero por otro quisiera pedirle que no apure por favor, a menos que ella ya esté llegando tarde, y hace ya tiempo que sus mundos no tengan ese lugar que en algún momento pensó que era el de ellos.
Que no apure la distancia porque es cruel, siente ella. Más cruel que ese silencio, esa indiferencia con que le da trato, y esa nada en que se ha convertido lo que en cierto punto de lo que pasó, lo fue todo.
Pero que no apure, solamente si no quiere hacerlo (y no por la estúpida razón de que ella se lo pide), el entierro de ese cadáver… todavía respira… todavía siente.

Tiene un eco en la sien, y piensa que “te amo” es la expresión más estúpida que una persona puede darle a otra. Todavía la consideran un regalo, incluso el mejor, qué idiotez. Lo que si es cierto, es que es importante, por lo grave del hundimiento que causa: conduce a lugares desiertos, a ausencias tristes, a guerras interminables.
Cómo puede una persona ser tan desprevenida? Sembrar así una desilusión cual si estuviera regando una planta?
Lo que es peor, cómo puede una persona creer en semejante mentira? Cómo puede aceptar sin protesta una condena tal? Se machaca el cerebro, Ludmila.
Es fácil advertirlo para ella, parece un juego ida y vuelta entre sadismo y masoquismo.
Es increíble ver las cosas descabelladas que alguien puede decir. Pero más impactante es lo que uno pueda callar. Porque claro está, cuando alguien dice que ama miente, y cuando alguien no tiene palabra para pronunciar, no es ni creído ni ignorado, y está en algo que lo sobrepasa, aunque sea ahí cuando se está en presencia de algo que puede parecerse al amor. Al menos a ese que todo el mundo pretende querer alcanzar. Qué cantidad de ingenuos existen en este mundo! Entre ellos, lamentablemente se incluye ella.
Lo cierto, según ella, es que ese amor promete cosas que no hay, a quien no las quiere ni las pide, pero por alguna razón acepta, sin medir consecuencias: pues ahora está en deuda.
En lugar de buscar lejanos planetas, estrellas, fórmulas y sustancias que acomoden las cosas en un orden artificial, debería de buscarse la razón por la cual alguien dice “te amo”, piensa. Incluso se debería ir más lejos, y saber por qué el que lo dice lo hace tan a la ligera, como si no pasara nada luego, más que algunos ratos de alegría, incluso de mal humor: “no todo es color de rosas”. Por supuesto que no, piensa, sigue pensando, pero nadie avisa que absolutamente nada es de ese color. Y piensa que a pesar de todo, hay gente que busca la felicidad en esas dos palabras, qué mediocridad, se enoja.
Establece la conclusión de que el desconocimiento de lo que produce tan grande hipocresía, es algo que forma parte de la estupidez humana. Como el reconocible hecho de que alguien tenga que esperar que otro esté lejos para darse cuenta de que lo quiere cerca. Son cosas que forman parte de esa estupidez que le dio la idea de infinito a cierto científico que entre teorías universales nunca encontró felicidad, que bien sabía cuando teorizaba, que si ha de haber algo inexplicable, es la condición humana, y esa justamente es la condición de un ser estúpido: un ser que provoca poco, que preanuncia demasiado, que se preocupa, que sabe que es imperfecto y lo evidencia justamente cuando pretende disimularlo, que es sumamente egoísta porque trata de colmar su imperfección con el cuerpo de otro alguien, que siendo también un ser estúpido se presta para el juego, y que después de todo el lío, suele irse por alguna estúpida razón, a buscarle sentido a la vida.
Él era cruel, y por eso le decía a ella que la amaba a cada rato, como si un verdugo estuviera advirtiéndole, haciéndole acordar a cada rato, que es su verdugo.
De tanto amasijo de resortes, se hizo un amor mas ruidoso de lo que imaginaban era la cuenta, pero por sí mismo, acabó yéndose, y terminó por hacerlo silenciosamente.
Pensaron pasarla bien, tener algo de comodidad, pero de entrada, desde el preludio, se sabían insuficientes, y sobre todo, descubiertos. No pudieron ni siquiera acobardar las frases, como para que el silencio diera a entender algo, a excepción de los instantes posteriores al sexo. Lo ruidoso era justamente esa nebulosa de estupideces, de resortes oxidados, de “siempre voy a estar”, y era realmente insoportable, insostenible.
-No cuentes conmigo- le dijo él, que no quería ser de esos objetos fácilmente disponibles para llenar cualquier tipo de bolsa, por mas agujereada que esté, y mucho menos para esas bolsas de reciclar.
Ella no era vulnerable, sino que necesitaba serlo. Cada tanto, sabía bien como anidar en esos pozos artificiales de supuestas depresiones, recaídas, no más que gritos, de quien cae por su propia cuenta en trampas, y pide auxilio como si lo necesitara. –Yo te quiero, sin vos no soy nada ni siquiera por un instante- terminó por confesarle, lo que él sabía ya desde que empezaron con el vicio de regar miserias. Realmente ella era algo, un algo construido, un algo merecible, necesitable, un algo que no merecía mucho, pero mucho menos nada. Era algo, algo que no lo dejaba tranquilo, y que aseveraba, a cada instante de su sintomatismo, algo que no puede ser nada.

La noche terminó por serles común, y el tacto, un ingrediente infaltable. Qué más podía resultar accesible a ese “no cuentes conmigo” que le decía al “sin vos no soy nada” que no iba a solventarle ningún tipo de fraude? Sin duda, unos cuantos símbolos irrefutables, evidentes, aún para cualquier cartesiano que diga “no voy a hacer el experimento, no lo necesito”. Era casi obvio, la fórmula regía en cada rincón de esa cama de resortes ruidosos, molida a palos, lo que ahí se pone en juego es mucho más lejano a cualquier ofrenda que un grito al silencio absoluto de otra galaxia.
Eran sacrificios, de los más cruentos, de inmensidades de cadáveres exquisitos y abusados, incluyendo esos del cyber-espacio, esos intangibles esfuerzos por “conectarse”.
-Un día voy a volver-, palabras crueles, amenazadoras, posibles sólo en bocas de seres remotamente fríos, calculadores de días, de tiempos, de necesidades.
-Espero el tiempo que sea necesario- la estupidez humana.



 Por Chespi

jueves, 10 de junio de 2010

Pienso y (no) existo

Paula piensa que Martín la dejó porque quería estar solo. Martín piensa que lo mejor que hizo fue darle a Paula un poco de espacio, para que estuviera sola y aclarara su mente, pues así se daría cuenta de que quiere estar con él.
Natalia sabe que no puede seguir mintiéndole, que tiene que buscar la forma de decir la verdad pero sin lastimar, porque piensa que sino sería una cobardía de su parte. Pedro está cansado de esperar, piensa que Natalia nunca le va a decir nada verdadero.
Luciano piensa que su psicólogo es un gil. Alfredo piensa que Luciano es el gil. El psicólogo de Luciano piensa que Luciano está equivocado con respecto a su padre, pero no se lo puede decir.
Roberto cree que su hijo se droga, pero no se anima a preguntárselo, ni siquiera a hablar del tema. Nicolás no le dice nada a su padre porque piensa que no lo va a entender. Laura piensa que está en las ultimas etapas de su vida, ve que su cuerpo se le va deteriorando, cree que no ha vivido mucho, se desespera por eso, está triste porque su esposo ya no la desea, y su hijo no le habla. Piensa que sería mejor que todos se hablasen más.
Maria Luz está cansada de estar sola, y cree que nadie la toma enserio. Santiago no se anima a confesarle su amor, piensa que no lo va a tomar enserio. Ximena cree estar enamorada de Santiago, y aunque ya se lo dijo, él no responde, ella piensa que él está enamorado de otra. Maria Luz sigue pensando que nadie la toma enserio.
Leticia cree que si no lo hace se va a arrepentir, pero le da miedo arrepentirse de hacerlo. Juan piensa que debería animarse a todo, y que él no tiene derecho a complicarle la vida, agregarle mas dudas, entonces no le dice que tiene ganas de darle un beso.
Sofía cree que Luis se desubicó. Luis piensa que Sofía no entiende nada. Sofía piensa que es hora de estar sola, de divertirse. Luis cree que no es necesario estar sola para divertirse, y que la diversión, aparte de ser momentánea, no existe sin el otro.
Andrés cree que le falta algo, que no agotó nunca sus expectativas, que no le dieron nada, que en realidad le sacaron demasiado, y que si no encuentra solución se va a volver loco. Ana sabe que se equivocó, pero piensa que no la van a perdonar.
Flor se siente sola, su madre no la entiende, porque quiere saber qué es Leandro de ella. Leandro detesta formalizar relaciones. Flor quisiera que él se quede con ella, porque él le hace bien, pero su madre no la entiende, y cree que si no se van a casar, es porque no se quieren. Ellos piensan que se quieren demasiado como para hacerlo. Roberto, el padre de Flor, piensa que las mujeres están todas locas. Su esposa, la madre de Flor, piensa que los hombres son todos iguales. Joaquín, el hermano de Flor, siente lástima por su hermana, piensa que deberían dejarla hacer su vida en paz. Flor piensa que si todos siguen actuando así se va a quedar sola y se va a sentir muy mal.
Diana cree que es original. Máximo detesta su actuación, la cree sin identidad propia. Diana adora la actitud de Máximo, piensa que es un hombre decidido y pensativo, nunca convencido lo suficiente como para convertirse en un estúpido. Alejandro no los aguanta a ninguno de los dos, piensa que son unos inconformistas por obligación, y que después asisten a lo que la mayoría, o el común, de las gentes asisten, no tolera tal hipocresía.
Roberto está cansado de tener que soportar las estupideces de Mariano. Andrea piensa que sería bueno que Mariano la invite a salir. Mariano piensa que su único amigo en el trabajo es Roberto, entonces no puede pedirle a Andrea que salga con él, porque Roberto está enamorado de ella. Andrea no soporta a Roberto, cree que es un hombre asqueroso. Mariano cree que es su único amigo. Roberto no soporta las estupideces de Mariano. Andrea piensa que si lo invita ella a salir, Mariano la va a tomar por una cualquiera.
Doña Concepción está alterada, siente que se va a morir, que le baja demasiado la presión, que se deprime al límite si se le van todos, y si nadie se lleva bien. Sus nietos piensan que es una hipocondríaca de mierda, que no hay que contarle las cosas porque se pone mal al pedo, se hace mala sangre.
Un hombre, delante de una puerta que lo separa de una mujer, piensa que si lo sigue pensando no se va a animar... no va a hacer nada.
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Por Chespi

jueves, 6 de mayo de 2010

Barullo en la cocina


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Desde chico tuve la impresión de que las cosas tienen vida propia, entonces para tratar de agarrarlas in fraganti reaccionaba de forma inesperada, por ejemplo estar acostado en la cama en el medio de la oscuridad y el silencio simulando que dormía cuando de golpe prendía la luz del velador y miraba alrededor para ver si detectaba algún movimiento extraño, pero es claro que el velador cuando sentía mi piel sobre su botón alertaba a todos para que actúen como cosas y todo quedara inmóvil.
De grande uno comprende que esto es imposible, que de hecho están constituidas por átomos en movimiento pero el mismo es imperceptible a nuestros ojos, son objetos en potencia según la filosofía. Sin embargo y por suerte la voz extraña que no hace caso a todo lo aprendido y se comporta de modo independiente me seguía susurrando desde el fondo que las cosas si tienen vida y por esto siempre me mantuve alerta por las dudas.
Hoy pasó lo que tanto esperaba y de alguna manera pude pasar por inadvertido.
Me desperté a la madrugada con la boca seca y me fui a la cocina a buscar un vaso agua, la puerta estaba cerrada porque había dejado la calefacción prendida y quería que se distribuya entre el living comedor y mi pieza. Antes de abrir la puerta, la cual no hizo recaudo de mi presencia ya que estaba muy entretenida con la discusión que se llevaba a cabo del otro lado, me quede paralizado en la oscuridad escuchando todo lo que se decían entre las cosas que estaban en mi cocina.
Al parecer estaban discutiendo quien le hacia mas mal a El que en este caso deduje era yo y la situación no era muy amigable que digamos.
Había un cigarrillo apagado por la mitad que se defendía como podía, era claro que no tenía la ventaja, pero lo que decía era bastante lógico.
-Vos no tenés cara, me decís a mi que lo estoy matando y vos le estas tapando las arterias todos los días-  le decía al botellón de aceite - y no me vengas con lo que te dijeron las escaleras, todos sabemos que no se puede confiar en las escaleras-.
A lo que salta el frasquito de pimienta bien picante como siempre y le dice
 -Loco, vos le vas a dar un cáncer de pulmón, no tenés nada que decirnos-
-Mira pimienta vos reza porque no te agarre el gustito porque lo fulminas con un ataque cardiaco, además no se que te metes si tenés recién dos semanas acá, y vos sal no te hagas la boluda porque no sos ninguna lechuguita, además no te agrandes con eso de que le das gusto a todo porque si seguís así le van hacer cortar con tu saborcito y ahí te quiero ver-.
Viendo que las cosas se estaban poniendo tensas salto la lata abierta de arbejas a querer calmar los ánimos.
-Hey chicos cálmense un toque, acá ninguno tiene la culpa, es El, el que decide consumirnos, ¿porque se van a estar peleando por algo de lo que no tienen la culpa?, no tiene sentido-. Todos se quedaron callados mirándola por un momento pero enseguida salto la pimienta ya bastante alterada.
-Pero callate hippie de mierda, vos porque sos una verdura, a vos te consume por obligación nomás, no te metas en esto que no tenés nada que ver-.
A lo que todos secundaron sin inhibición.
-Pero si callate nomás, anda metete en la heladera que te vas a podrir boluda-.
El zapallo quiso defender a su colega pero ni su nombre ayudaba mucho y se quedo muzarella, cabe aclarar que la muzarella miraba tranquila la situación y no decía nada, creo haber escuchado que le susurro a la heladera que cierre la puerta que le estaba entrando calor pero no logre escuchar bien.
Con un tono bastante canchero empezó a hablar el encendedor.
-Pucho, ¿sabes lo que pasa acá? Nos tienen envidia-.
-Ya salto el amiguito-, se quejo el chuker
El encendedor se ríe bien piola y le dice
-Mira edulcorante vos estas acá solo porque la vieja de El te trajo, así que volvete al fondo de la alacena y seguí esperando tranquilo ¿estamos?-
Exactamente eso es lo que hizo el edulcorante largando un par de gotas manchando al café que lo putio de una, -¡pero mira lo que haces gil!- Y el azúcar lo calma -Hey dejalo tranquilo che, se siente solo pobre-.
El encendedor retoma su explicación con su tono canchero y relajado.
-Nos tienen envidia puchito, ellos saben bien que no están presentes en los mejores momentos como nosotros, después de los momentos de puro nervio ¿Quiénes creen que les hacen el aguante he? nosotro muchacho-
-¿Y después del sexo? ¿Quiénes creen que entran en escena? ¡nosotro muchacho!-
-La vez que conoció a Catalina en la sierras de cordoba ¿Quiénes creen que estaban ahí para acompañarlo? ¡¡ ¡nosotro much- Ahí fue cuando decidí entrar de golpe y parar con la discusión…
-Hey muchachos, yo los quiero a todos por igual, ahora déjense de joder y ¡córtenla con el barullo que no me dejan dormir!-
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Por Martin

martes, 27 de abril de 2010

Introduccion a una novela policial

Belén prepara el té, como siempre a las 9:30 de la mañana, con dos cucharadas de azúcar, mientras lee por millonésima vez el titulo del libro de turno que reposa sobre la mesa del desayunador. Es un libro especial, casi como todos, pero por poco como ninguno. Su autor es un desconocido: no se le conoce ni la cara, ni el nombre verdadero, sino sólo su seudónimo y una caricatura.


Es el libro mas largo que ha leído, y el que más le ha gustado. Está fascinada con el personaje, un tal Frank, un hombre casi real, que ama a dos mujeres. Si tal vez no fuera porque hace todo lo que piensa y dice, sería un hombre real.

Ella es una artista reconocida, que no usa seudónimo ni caricaturas para esconderse de la idolatría, y quizá por eso, está enamorada de este misterioso escritor, sea quién sea, como sea que sea, y haga lo que haga. Obviamente con tantos elementos desconocidos, una persona es querible sin juicios. Ella piensa que Frank es él, su autor, pero no lo sabe. Está identificada con una de las mujeres que merecen el amor de este personaje, y lo ha confesado públicamente.

Una persona elegante, de actitud fuerte, pero simpática, frecuenta bares, y exposiciones de arte, siempre con algún portafolio, casi siempre cargado de libros. Ha venido a ver la galería de Belén, una decorosa muestra de trabajo arduo y extenso. Está maravillado, siente como si conociera a esta artista de toda la vida. Imagina, al instante en que observa un cuadro de un paisaje rural pintado desde una ventana, que le prepara un té, mientras ella se empeña en captar el color de la luz y la flora que se baña en ella. Uno de los personajes del libro que Belén ama, es artista, y pinta amaneceres y atardeceres, de otoño y primavera. Este hombre se acerca a Belén, un poco disimulado, como si las cosas sucedieran por azar.

-Discúlpeme señorita, pero es usted del todo parecida a Alexia, incluso imagino que alguien se habrá inspirado en usted para componer tan bello personaje-. Belén no puede disimular el asombro, y la alegría, que le causa recibir aquella observación sobre su persona, comparándola con el personaje al cual está identificada y que recibe el mejor amor de Frank, el más sincero, el mas pasional.

-Usted no me va a creer, pero yo me imagino como siendo ella, Alexia, la mayoría del tiempo-. Respondió ella, dándole la mano con una bella sonrisa.

-Perdón, pero es usted quien no me va a creer a mi, que me imagino siendo Frank desde que tengo conocimiento de esa magnífica obra de arte-. Mucho más ingenioso respondió, y ya casi no hacía falta hablar ni invitarse a nada: se tomaron un café en algún bar pintoresco por el cual frecuentaron tantos intelectuales de su ciudad.

Se sentaron y comenzaron a relatarse los fragmentos mas impresionantes del libro, las situaciones mas elaboradas, y los personajes mas sentidos, de cada capitulo, de ese basto libro sobre el amor y la vida, de un hombre que no conseguía acotar su interés a una sola persona, casi un hombre real. Mientras tomaban café, él le confesó estar admirado por su obra, por su belleza, y por su amabilidad en acompañarlo con una taza de café, a él, un desconocido que se la imagina como Alexia. Ella le dijo que no hacía falta agradecer, porque desde el momento en que la puso en lugar de Alexia ya tenía derecho hasta a insultarla. Reían y tomaban el café, se mostraban caras de compasión, de ternura, de felicidad, de tristeza, con cada fragmento del libro que era puesto sobre la mesa. Mantenían una charla ingeniosa y entretenida, casi por naturaleza.

-Y vos a qué te dedicás, aparte de leer mucho?-. Preguntó ella sonriendo, calculadamente, al volver del baño (lo había pensado mientras se lavaba las manos).

-No me lo vas a creer- le dijo él, y se puso serio (ella también) –Soy asesino psicópata, y tengo mucha plata heredada, por eso no necesito trabajar, sólo leer y matar mujeres-. Y ambos soltaron en carcajada, después de tres segundos muy tensos.

-No, en serio. A ver, tenés pinta de ser intelectualoide-.

-Bueno gracias por el insulto, pero no lo soy tanto. No me lo vas a creer, pero soy escritor-. A ella le brillaron los ojos.

-Que bueno! Y qué escribís, novelas? Cuentos? Poesía?-.

-No me lo vas a creer-. Seguía con eso, ella suspiraba como cansada de la repetición.

–Yo soy “El Noctámbulo”- le dijo, poniéndose serio nuevamente (ella también). Ese era el seudónimo del autor del libro que tanto le gustaba a ella. –Te dije que no me ibas a creer-. Le dice mientras se acomoda mejor para lo que viene, la observa, esperando la avalancha de preguntas que ella acumula en silencio con la mirada puesta en el mantel de la mesa.

-Cómo hago para creerte, probalo-. Ya del todo seria, quiere saber si está frente a él o no.

-Bueno es fácil, preguntame lo que quieras sobre mis libros-.

-No- además de que no le interesaba preguntar por sus supuestas obras, eso no le daría la pauta de que estaba frente al verdadero, -mejor decime por qué el noctámbulo, y si sos Frank, el personaje-.

-Bueno eso es porque no consigo dormir en las noches, nada de otro mundo, y porque prefiero estar exento de la fama, que solo trae consigo molestia, vos lo debes saber, sos muy famosa-. Le explicó muy convincentemente que en realidad era sociólogo, pero que no ejercía la profesión, porque le iba bien con la escritura. Que Frank era como él no era, pero que por eso precisamente, se le parecía mucho. Ella comenzó a enredarse entre tantas explicaciones de por qué prefiere el anonimato, por qué Frank es como es, y de cómo es que arma frases tan únicas en las bocas de Alexia y Frank, al tiempo que se las recita casi como si hubieran nacido de él. Helena, el otro personaje, la otra mujer de la novela, permanece ignorada.

-Y te llamás Francisco?- después de preguntar reiteradas veces convenciéndolo de que se lo confiese, -como Frank, pero en castellano!-. Le observa ella alegremente, excitada. Él asiente con la cabeza, sonríe, y sigue demostrando que es quién dice ser, mientras ella se va entregando a la verdad enunciada en esa mesa de café, cuando ya es de noche, y el quehacer los tira a cambiar de lugar, probar un poco de realidad, después de tanta ficción.

A esta altura ya están todos y absolutamente todos los elementos necesarios, sólo hace falta armar el rompecabezas, y es eso lo que el oficial Ramírez trata de hacer, mientras conversa con Palacios, un inspector detective que ha sido asignado para develar el misterioso asesinato de Belén Sunchales, la reconocida artista que apareció muerta en el puente que atraviesa el río y dirige el tránsito hacia la ciudad siguiente. Su cuerpo apareció, o bien fue encontrado, aunque sea mas descriptible la expresión de que un cuerpo aparezca, porque eso es lo que hace un cuerpo: aparece y desaparece... en una rara posición: sentada al borde el puente, con la cabeza caída sobre su pecho, como dormida, sin signos de haber sido violentada. Al parecer murió por envenenamiento.

Una vez descubierto el hecho, gracias al cuerpo, comenzaron a caer hipótesis desde el cielo, de las paredes, de los cuadernos y anotadores de Belén, de sus libros subrayados, de sus cuadros... comenzaron a emerger del sótano los secretos de un cadáver que supo disfrutar de la sublimación de la realidad. Los investigadores se deleitaban con tanto material, se sorprendían por la dedicación de esta mujer para trabajar cuestiones que a veces se dejan un poco de lado, como el compañerismo y el amor que puede sentir un ser humano por otro. Era raro, a Belén le apasionaba el amor que había en un asesino, lo había anotado en su libretita, lo había concluido del libro que la fascinaba. Belén era todo un caso para Palacios, pues no había sospechosos, sólo muchos personajes de libros y cuadros pintados.

El inspector realizó paso por paso las preguntas de rutina: entrevistó amigas, familiares, allegados, colegas, amantes. Nadie sabía nada. Sólo se sabía que se fue con el posible asesino de la galería, a tomarse un café. Según le comentó su coordinadora artística, ella avisó muy entusiasmada que se iría con un hombre, al que vio como muy elegante y buen mozo. -La característica típica de los psicópatas-, piensa el inspector, pero cómo averiguar quién era, si lo conoció esa misma noche. Por otro lado no había ningún asesino serial dando vueltas por la ciudad. El último ya estaba cumpliendo condena.

Palacios estaba desorientado, debería pensar mucho y por mucho tiempo para encontrar alguna pista. Debería hallar el motivo por el cual Belén hubo de irse tan entusiasmada con el asesino, el motivo con el cual hubo de convencerla. Fue al bar donde se tomaron el café Belén y su asesino, pero nada. Fue la semana siguiente, el mismo día, a la misma hora, pero no vio ningún hombre elegante entusiasmando a ninguna mujer. Preguntó a la moza, quien habiendo sido la que estuvo de turno aquel día, le comentó que la Srta. Belén, -la “pintora”- (dijo la moza), parecía estar muy alegre y entretenida con aquel hombre. –Hablaban de un libro- le dijo al inspector, que enseguida fue a la casa y buscó entre todos los libros de Belén nuevamente, armándose un lío un tanto mas grande que el que ya tenía. Pero no fue hasta después de leer varios prólogos y varias introducciones que lo vió. Estaba sobre el desayunador, la trampa de Belén, el último lugar donde iría a buscar.

El inspector lo tomó y leyó la tapa, la contratapa, las páginas señaladas por ella, y entendió todo. El personaje del libro, un tal Frank, casi un hombre real, además de estar en una encrucijada amorosa, era cómplice secreto de su único amigo, un hombre obsesionado por una mujer, una artista, a quien asesinó luego de tener un encuentro amoroso con ella.

El inspector sólo leyó hasta donde Belén tenía marcado, casi a la mitad del libro, en la parte donde, como en toda novela policial, un investigador va a la casa de Alexia, la artista asesinada, y encuentra un libro, como él, que dice exactamente lo que estaba ocurriendo.

A esta altura la conmoción es tal que sobrepasa todo intento de describir o narrar, la sensación del inspector, que se pensó siendo el objeto de una especie de conspiración, o de un juego perverso en su contra. A esta altura están todos los elementos para la trama del crimen y una novela policial, pero están escritos, y en el intento de darle alguna comprension a la cuestión, hay un nudo completamente hermético e indescifrable para el investigador. Es el final de la historia real, es decir esta, hasta donde llega Palacios. Belén murió, y habrá que leer el libro para saber cómo sigue la ficción.

Nadie acepta la verdad, ni ante sus ojos... 
 
Por Chespi

martes, 30 de marzo de 2010

Del malinche es la maldicion

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-Ya no quiero sentir miedo- expresó un alma, a los escrupulosos enjambres de amaneceres tardíos.
Pelié con ochenta seres de mi condición, a fin de no entregar el fruto, el efecto, de un engordar tres kilos. Me ví vacío, necesitado, en fin, atado, no siendo libre, no prestando atención a las mesetas.
Escuché muchos gritos, quise saber qué, pero cuando supe un llanto, sentí terror.
Y no fui por tierra, mucho menos por aire, pero hubiera querido nadar. Me fue imposible, no supe en qué tipo de materia me desplazaba, en qué elemento podía yo caber. Empero me fue fácil advertir: no hay lugares dispuestos a ser ocupados, para quienes vienen entre correntadas de ruidos, a querer ser causa de existencia, de algo que no tiene por qué ser.
Y el alarido, ese llanto desesperado, me era insoportable, pensaba que era yo el hijo de puta que rompía zonas, que moretonaba pieles, que quebrantaba almas. Estaba asimilado a la perversión, y quería solamente dejar de pensar en eso.
Justo ahí fue que me encontró, con enorme suerte, y gran sorpresa para mí, una mano, que nunca supe, y ahora me reprocho tal imprudencia, debió ser mi mejor historia.
Pero a fin de cuentas, sólo resultó ser una mano, nunca aislada de todo un cuerpo, un brazo, una cabeza, un seno, un ombligo, unas piernas, una boca, que si bien fueron lo develado después de cierto ardor, nunca dejaron de ser lo que acompañaba aquella mano.
Cierta mirada detrás del flequillo, cierta caricia de esa mano, cierta sangre en mi hombro, elementos materiales con que se construyen grandes edificios laberínticos, hermosas perdiciones.
Nunca fue habitable para mí ese pequeño seno de indiferencia. Cómo hubiera querido que eso se dirigiera a mí! Esa indiferencia que hace a uno partícipe del odio, ese que viene como lava de volcán, al ser más despreciable en relación a un ideal.
Tantos truenos, tantas tramas, chocolates, alcohol, rayos, líquidos abrazos, que me hicieron dudar de mi cobardía, pues bien: jamás pude destruirla, a esa cobardía que me mantenía cerca, y por otro lado, como el imposible de aquella vida, que se iba a otro continente, mundo, galaxia, universo, y sin saber qué está más allá, incluso más allá de eso.
-Decime qué es, hijo de puta- quiso sacarme un secreto, pero fiel a mi cobardía dije un “no sé”, la mejor forma de terminar ciertas discusiones.
Maldigo tu conciencia, maldigo tu cuerpo, maldigo todo lo que en vos deseo, por ser el mapa mejor dibujado de las fronteras en que ando, y que no animo a atravesar. Maldigo también ese cariño, esa devoción por mi persona, que no se acompañan de deseo, de carne, de sexo, ni de beso. Maldigo todo lo que es, por estar en lugar de lo que no es, y que deseo que sea. Maldigo mi cobardía, mi buena voluntad de no amarte en quilombos ni armarlos, mi querer que estés bien, mi concienzuda forma de estar cerca tuyo anhelando estúpidamente estar dentro, o lejos, tal vez mejormente ignorante de todo cuanto escape a mi reconocimiento de eso que sin ahuyentar, despojo de mis posibilidades. Maldigo el destino. Maldigo mi cordura y la tuya, que no nos dejan adentrar en lo que los roces invitan a pasar: Venid y disfrutad, este es el reino del placer, el prohibido, el mejor, el único.
Maldigo finalmente esos artificios que se cruzaron en nuestros caminos, haciéndonos creer que estábamos bien, cuando realmente nos alejábamos, hacia imaginarios encuentros, días en compañía, noches de conversaciones tranquilizantes, cuales si fueran grandes dosis de clonasepanes, silenciamientos de esas tardes en la vereda, en el patio, esas noches en la calle, en los bares, que nos enseñaron cómo deberíamos marchar, y que enojaron al vernos aflojar, fieles a nuestra cobardía (si, también pienso que la cobardía no fue sólo mía), yéndonos a otros continentes, otros mundos, para metaforizar el verdadero sentir.
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Por Chespi

viernes, 12 de marzo de 2010

Canapés de fiesta sin gusto


A los morrones rellenos de la abuela
nadie los come porque son feos.
Se encargo de esconder el que dirán,
ahora los vecinos se están secando parejo
y la Mary nunca pudo jugar con sus chamitos.
Todos hacen chistes sobre los morrones,
y cada vez, hay que mover menos sillas en tu navidad.

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Si llaman invéntales algo y listo,
después estas tranquilo.
La importancia de lo alternativo me hace feliz,
y me da la pauta de que la perfección puede existir.
Lo que hoy es A mañana es W.
Aleluya señor, aleluya
- pero tiene novio – dije, - y que importa chavon – dijo el Negro
¡ y tenia razón!
Aplicando lo alternativo al molde puedo vivir tomando soda.
- a mi nadie me saca a pasear – dice la abuela
- a nosotros nadie nos ayuda, nos dejan acá tirados – dicen los pobres
- y quien es el che? – pregunta una rubia
Aleluya dios, ¡aleluya!
gracias por el pan duro de cada día.
Igual no te preocupes, para eso tengo lo alternativo,
y aunque a muchos les parezca una boludez,
a mi me gusta pasar por las góndolas de agua mineral.

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Tengo un amigo que se ríe mucho
cuando no encuentro algo que esta al lado.
O de mis lapsus…
- estas buscándole la quinta gata al pato –
lo que pasa es que estudia psicología.
Tengo otro amigo que para mi es un genio,
pero no lo veo nunca.
Por eso cuando lo veo siempre voy pensando, en esas 4 cuadras, en que ojala pasen
cosas fuera de lo común.
Cuando pasan, vuelvo tranquilo a casa (si es que vuelvo).
Pero cuando no pasa nada, me decepciono.
Como ven soy bastante infantil.
También hay veces que pienso que no pasó nada,
pero con el tiempo me doy cuenta de lo contrario.
A veces me aborrece que el cerebro no pueda abarcar ampliamente
ciertas situaciones, pero si lo pienso un poco nomás,
con estar en esas situaciones alcanza.
El problema es que nunca alcanza,
tenemos el bolsillo agujereado
y encima metemos la mano cuando hace frío.
La otra noche pasó eso, nos fuimos a tomar al castillo
No había absolutamente nadie en San Carlos, madrugada potente.
Se escuchaban esos truenos de las nubes que explotan con luces por dentro.
No paraban un segundo, y con el viento fuerte en verano,
daba un miedo que estaba bueno.
Pero, ¿Por qué no nos acordamos de la estatua del principito?, si estaba ahí nomás.
Yo me hubiese subido al planeta.
Si vos te animabas, yo seguro me mandaba.
-
-
Por: Martin



domingo, 28 de febrero de 2010

Las noches de rock con súperman (Cap. XV)

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Súperman se despierta, entreabre los ojos varias veces hasta que consigue mirar, y lo que ve, es que no sabe donde está. Usa las manos, para tantear entre la oscuridad, y ver qué hay a su alrededor. Está dentro de un auto. Cómo llegó ahí, es algo de lo que no conserva ningún registro. Mientras se lo pregunta un tipo que está parado en la calle mirándolo asombrado, trata de rescatar algún vestigio del deambular de su cuerpo esa noche, pues es claro que su alma nunca lo acompañó.

Yo me encontraba en una fiesta, en una casa bastante transitada y poco habitable. Protocolarmente se les llama cócteles, pero donde yo me encontraba no tenía nada de cóctel, más que el que servía de vía de escape y se mezclaba con algunos licores. Había muchos seres extraños, que disimulaban entrar en conocimiento mutuo conmigo y con otras personas. Iban y venían toda la noche, de acá para allá, seguían y seguían, no comprendían, reían, gritaban, sentían, que flotaban, no sentían, ni la cara. Uno se acercó y me dijo que se le congelaba la mano, que su bebida estaba demasiado fría, esa bebida que estaba en ese vaso vacío que sostenía. Qué podía hacer, más que reír, y tratar de disfrutar algo de todo aquello. Observaba, siempre fui de aislar detalles, y ante todo, los detalles de aquellos sujetos que en el fondo de alguna casa, o mimetizados entre los demás, están solos. Y fue así que uno, después de estar un rato cantando, tambaleando, con los ojos cerrados, los abrió de golpe y quedó inmóvil, miró a su alrededor, no comprendió qué pasaba, y salió al patio a ver quién era. Yo lo seguí, con mi botella caliente, dejando al de la mano congelada contemplando su vaso vacío, y me acerqué. Estaba afuera viendo el cielo, trastabillaba un poco, parecía rodeado de personas que jugaban con su cuerpo a empujarlo sin dejarlo caer.

-Estás bien?- le pregunté, y se sorprendió nuevamente.

-Estoy como me ves- me dijo, y volvió la mirada al cielo. Sonreía.

-Por lo que veo estás feliz, demasiado feliz-.

-Demasiado es poco- me dijo, y entró a la casa, atravesó la sala, chocó varios cuerpos, derramó el néctar, el cóctel, de algunos en el suelo, se ligó un par de golpes, y salió de la casa, como vino, tambaleando.

Cuando recobró algo de conciencia en el auto, y el hombre lo ayudó a darse cuenta de su condición, comenzó a recordar algo de esa noche.

-No te lastimaste?- le preguntó ese hombre desconocido.

-Por qué habría de lastimarme, yo no me lastimo-, le contestó eufórico.

-Mirá tu auto loco, está destrozado- le insistía ese desconocido, en que accediese a la realidad, que se diera cuenta de que había chocado contra una columna.

-Ah si, el auto, parece que se rompió no?- y comenzó a reírse. –Qué le vamos a hacer-.

Y se fue caminando, no sin antes preguntarle al desconocido en qué zona de la ciudad estaba, por qué calle debía irse, y algunos otros datos necesarios para encontrar algún rumbo. La noche era tremendamente silenciosa, él sabía que no estaba ni cerca de los lugares agitados que solía frecuentar. Todo el mundo dormía y él en la calle, trataba de salir de allí.

Mientras llegaba a su casa, ya habiendo amanecido, alguien lo observaba desde el otro lado del portón, le preguntaba por el auto, y no conseguía respuesta. Pensaba que tal vez se lo había olvidado, como tantas otras veces. A veces las personas de su casa se alegraron de que se olvidara del auto, sino quién sabe qué le ocurriría. Pero esta vez no se lo había olvidado, sino que lo había chocado y dejado allí donde ocurrió el accidente. –Se lo dejé a un tipo allá lejos, como a veinte cuadras de acá, por esa calle, derechito nomás. Lo tiene el tipo-, repitió unas tres veces más hasta que llegó a la habitación y cayó rendido en la cama.

Cuando yo estuve con él en el patio me ofrecí para llevarlo a su casa, pero me dijo que no tenía casa, que no tenía hogar, que no tenía lugar en este mundo, que no sabía cómo hacía para sobrevivir a la gente, pero que le iba bien, porque todavía estaba vivo. –La verdad que no sé cómo hago para vivir conmigo mismo-, me dijo, y era lo que muchas otras personas pensaban, pero nadie lo entendía. –Lo que pasa es que yo mismo no soy yo, entendés, entonces no me conozco, y no tengo necesidad de vivir conmigo mismo, o algo así- y se reía, cuando llegaba a nudos como esos, se reía porque seguramente en su pensamiento entendía algo, pero no lo podía expresar en palabras, y eso tal vez le era cómico, como un enano tratando de pegarle en la cara a un hombre de casi dos metros.

Tenía pocos amigos, o no los tenía, y cuando algo así le pasaba, nadie se lamentaba su suerte, ni mucho menos se preocupaba por él. A sus “conocidos” sólo les causaba mucha gracia todo lo que le acontecía. Pero si había Uno que era algo parecido a un amigo. Uno con quien hablaba de sobra, a quien visitaba siempre que podía, para contarle de su vida, y saber de la de él, que era un florista que vivía en la misma esquina donde comercializaba algo más que flores. Un hombre que nunca tuvo la preocupación suficiente como para ir a la escuela, a la universidad, o tener un empleo y comprarse una casa, un auto, un televisor, y alguna que otra cosa consumible como una necesidad. Un hombre que se relacionaba con los perros callejeros como con los amigos del club.

Yo mismo tuve varias conversaciones con el florista, en las noches en que debía volver hasta mi casa y esperaba el colectivo en la parada de la esquina de en frente. Si uno no seguía su consejo, podía estar más de dos horas esperando un colectivo que nunca venía. En eso consistía una parte mínima de su saber. -Y a mí quién me manda a vivir en la calle?- Concluyó una vez que me hablaba desde la esquina, enojado, pero riendo de esa forma en la que la risa es una expresión de impotencia. Se quejaba del calor agobiante del gran horno de cemento en el que vivimos.

Y quién lo mandó a vivir allí? Y quién nos manda a nosotros a amontonarnos de a millones en reducidos espacios, y de tan reducidos, que nos obligan a vivir hacia arriba o hacia abajo. La “falta de lugar”, es una característica del hombre moderno. Sino por qué tendría que vivir en la calle el florista?

Me pregunto qué tipo de representaciones elaborará su cerebro, como para molestarse o preguntarse por su condición. Tendrá algo que ver la corteza cerebral en esta cuestión? Y si no fuera porque muchos otros tipos como él, pero con más “posibilidades” (como dicen los que ostentan el poder de darlas) tuviesen lo que tienen, es decir más que una mesa de madera, unos baldes de pintura con agua y flores, un colchón, y algunas vestimentas, él tendría que lamentarse por vivir en la calle? Tal vez el vivir en la calle fuera natural si no nos hubiéramos embarcado en esta carrera por tener. Pero cómo va a serlo, si la calle existe gracias al hombre que “tiene”, y que la ha construido para que todo lo que ostenta circule por allí. Tal vez por eso a algunos de los que tienen, les moleste que en sus calles, haya tipos como ese que vende flores. Tal vez por eso, una vez que iba caminando por la vereda, llegando a la esquina, tuve que ver que unos cuantos policías se lo llevaban. Por qué habrían de considerarlo un criminal o un delincuente? Quién lo habría denunciado? Qué habría hecho? Pues bien, no creo que haya hecho nada malo, sino todo lo contrario, él no hizo nada, pero no hizo nada de lo que se supone debería haber hecho.

Súperman, está de más decirlo, se encontraba bastante enojado por aquella injusticia cuando se lo conté.

-En tales estupideces consisten las leyes de la sociedad- me decía, -en la que un florista independiente, libre de todo impuesto, es considerado y nominado como un desacatado, y merece, igual que un delincuente o un asesino, estar encerrado. Ya que encierren sujetos es una idiotez, todo gracias a los imbéciles que proclamaban al ser humano como un ser libre, qué animales! Ahora se castigan quitándose algo que no tienen, te das cuenta que animales?-. Era una de las pocas veces en que lo veía realmente alterado en su tranquilidad.

-Le sacan lo único que sabía hacer, que consiguió con esfuerzo, aguantando esos ojos perversos que lo miraban como un pobre loco. Se lo sacan para darle tres comidas diarias, ropa limpia, aparte de los paseos por el patio una vez por día, y una ducha fría. Pobre hombre, pobre hombre, qué animaladas tiene que soportar!-. Mientras yo me apenaba por la privación de la libertad del florista, por la confiscación de su mesita de madera, sus baldes y flores, su colchón, su ropa; lo peor, pensaba yo, era que había perdido el contacto con sus más cercanos seres. Y puedo asegurar que esa esquina era la única en el planeta donde se observaban perros con rostros tristes, de no entender qué pasó, aullando por su ser humano más querido. Súperman fue varias veces a pasar las tardes allí, conversando con ellos, recordando al florista con alegría, riendo de sus bromas cotidianas, de sus frases irónicas, de su sonrisa arrugada. Pero al final de la tarde, era inevitable, la ausencia del florista baldeando la esquina, conversando con los vecinos que volvían de trabajar, dándoles algo de alimento a sus perros, les era insoportable, y nada que súperman hiciera o dijera para entretenerlos podía con la nostalgia. Tenían necesidad verdadera de mover la cola para él, de marcar el territorio para él, de cuidarlo, y recibir las caricias. Desorientados, abandonados, se iban a pelear con otros perros, marcando territorio y buscando en todas las esquinas al florista, que lamentaba durante la caminata por el patio haber dejado solos a sus perros, extrañando la calle, y las raras historias de súperman, que según él pensaba estaría en alguna casa, entre mucha gente, tambaleando, pensando muy rápido, totalmente separado de lo que lo rodeaba, teniendo algo importante para decir, y sin nadie que lo escuche verdaderamente.

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Por Chespi

sábado, 13 de febrero de 2010

Las cuerdas equivocadas

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Estuvo diez minutos sentado en ese cordón con los pies en la tierra mientras el cigarrillo se consumía lento, siempre mirando hacia esa casa vieja. Le gustan las casas viejas, dentro de ellas uno puede vivir mejor. Esas que tienen un patio interior y en el medio una mesa redonda con un par de sillas simples, se podría tomar unos mates y hablar despacio de mañana o tarde y seguramente seria mejor vivir en un lugar así.

Pensaba en eso cuando se dio cuenta de que esa casa vieja era una compraventa. Una compraventa en medio de este pueblo debe tener algo interesante, en realidad siempre pensaba eso cuando veía uno de estos lugares, pero muy pocas veces se metía a investigar. Se levanto, su amigo estaba mirando como el mecánico arreglaba la camioneta, y se fue directo a la gran puerta de madera. Las calles estaban desiertas y el sol rajante, entro. No había ningún patio interior, todo lo contrario, era un gran lugar lleno de cosas ocultas en la oscura humedad. Desde que cerró la puerta y sus ojos se acostumbraron al ambiente, sintió que ahí dentro habitaba en cada rincón de esa geografía uniforme, una personalidad única, ese lugar era como un mundo olvidado, como una gran caja de fotos viejas almacenada en el fondo de un sótano. Eso le gusto y mientras observaba una imponente araña con sus velas amarillentas, hacia sonar sus palmas para verificar si había alguien allí. Nadie contesto, el estaba solo dentro de ese mundo acustizado por curiosidades.

Luego de recorrer en silencio el lugar, luego de reflejarse en los espejos de muebles antiguos con sacos y sombreros de época, luego de abrir libros y hacer pasar sus paginas rápidamente para oler ese olor a viejo, el la vio. Escondida en una esquina detrás de una radio gigantesca había una guitarra, una guitarra oscurecida por el tiempo y curtida por quien sabe cuantas noches de recios acordes. Sin pensarlo la tomo, la afino rápidamente e improviso un tímido folclore. Fue el sonido mas sincero que haya escuchado salir de un instrumento. La tomo y apurado se fue al frente, había decidido comprarla aunque se quede sin dinero, golpeo las palmas con fuerza esta vez, pero nadie se acerco. Miro por la ventana y no vio el pueblo ni el taller ni a su amigo, lo único que vio fue un interminable campo seco. Se desespero y salio afuera con la guitarra en mano y cuando dio el primer paso en la tierra se hundió en lo que parecía un lago oscuro con una superficie de tierra. Se hundió lentamente observando como se alejaba de los cimientos de la casa, que ahora no era mas esa gran casa antigua, era un simple rancho con un joven ombú a un costado. A eso de los quince metros su espalda y la guitarra golpearon con el fondo del lago, lo único que se veía era el rancho y el árbol en la superficie. No lograba comprender lo que estaba pasando, estaba tieso, recostado en el fondo y podía respirar. Empezó a escuchar el galope de un caballo que se acercaba con fuerza, miro hacia el costado desde donde venia el sonido y vio al caballo blanco y un gaucho bien curtido arriba. Se dio cuenta en seguida, el gaucho sabia que su guitarra había sido robada y estaba encrespado con el facon en mano listo para liquidar. Mudo en el fondo estaba el con su guitarra, mientras se daba cuenta con terror que el caballo blanco lo estaba mirando fijo. El gaucho se dio cuenta que su caballo miraba fijo hacia abajo, y se quedaron mirando los dos hacia donde estaba el acobardado en el fondo. El gaucho se bajo con calma de su caballo, se dirigió hacia el árbol, clavo su facon en el tronco y miro hacia abajo, lo miro directamente a los ojos por unos segundos, monto su caballo y se alejo al galope con calma. Cuando no lo vio mas empezó a nadar hacia la superficie y cuando salio, piso la tierra firme y ahí estaba el pueblo, ahí estaba la camioneta y su amigo charlando con el mecánico. Miro hacia el costado, ahí estaba el gran ombú y en su tronco el viejo facon enterrado. Volvió dubitativo al taller con el facon en su cintura y la guitarra en sus manos.

Su amigo lo vio llegar con la guitarra y le pregunto de donde la había sacado. El solo contesto que la había conseguido en una compraventa.

Cuando la Dodge arranco no tardaron en salir del pueblo, estar de nuevo en la ruta era el aire fresco. Las rutas verdes del interior se dejaban pasar con tranquilidad pero también había que tener mucha paciencia, para este par de ociosos no había ningún problema con eso, lo que importaba era conseguir dinero para la comida y el gasoil, todo lo demás era bienvenido.

Se metían en donde se les antojaba, a veces no estaban de acuerdo en meterse en tal lugar o ciudad pero se llevaban muy bien y enseguida llagaban a un acuerdo.

Lo que hacían en cada lugar donde caían era tocar, un cajón peruano y una guitarra acústica era lo que usaban para hacer sus canciones, algo así como una mezcla bastante agitada entre el rock, el funk y el folklore. Pero ahora con la nueva guitarra sonaban diferente, había un groove que se intercalaba en sus canciones como una enredadera de pegamento, con esto las cosas empezaron a cambiar, con esto la calle quedo en segunda y los bares y las casas de cultura quedaron al frente.

El no podía evitarlo, y aunque le molestara, siempre, en algún momento de la tocada, se le venia la imagen del facon, que estaba guardado en la guantera de la Dodge.

Tierra negra, tierra colorada, yuyos cortos y largos, calor, mucho calor, olor a lluvia, viento fresco, oscuridad, monte, luces solitarias en el medio del bosque, santuarios, ofrendas, hoteles baratos, heladerías artesanales, carros con caballos, cervezas, mas cervezas, humo, gente humilde, gente asquerosa, gente tonta, personas que ninguno de los dos trataría de olvidar, mujeres imposibles, mujeres irrepetibles, invitaciones de las mejores, decisiones pelotudas, mediodías imposibles, el perro bruno, mate en cualquier sombra, viejas en las veredas, pibes en bicicletas, baños de estaciones de servicio, puentes que metían miedo, arroyitos, la Dodge empantanada, la Dodge a 150, el techo de la Dodge y las fractales nubes gigantes de los sábados, el mejor viaje en cualquier parte del interior.

Una noche bastante fresca y llena de nubes se deslizaban por una ruta bastante rustica cuando de golpe empiezan a ver a lo lejos lo que parecía ser una casilla y un patrullero al costado de la ruta, el inspector de transito con su campera fluorescente les hizo señas para que se detengan, como no era la policía no tuvieron problemas.

Era muy joven y tenia aspecto de ser de la zona, tenia pinta de ser alguien tranquilo, de pueblito, pero dada su profesión debía ser bastante firme con su actitud.

- Permiso para conducir por favor –

- Sírvase – después de entregarle el permiso se dio vuelta y miro a su amigo, los dos se rieron disimuladamente.

- Cedula verde - Pregunto con ganas de que no existiera.

- Está en la guantera, espere un segundo - Se inclino para abrirla y cuando apretó el botón se abrió bruscamente la puertecilla y se pudo ver el facón iluminado por la luz de la guantera. El que manejaba miro a su amigo como preguntando ¿Qué mierda es eso? Pero no alcanzaron a decir nada que el joven inspector irrumpió el momento.

- ¡¿Que hacen ustedes con eso?! -

Se lo veía muy nervioso y con miedo, el que manejaba no entendía nada y el otro solo estaba en silencio.

- Váyanse de acá, ¡desaparezcan! -

Les tiro el carné por la ventana dio media vuelta y se fue directo a la casilla.

La Dodge puso primera y arranco lentamente, hicieron casi dos kilómetros en silencio mientras el que manejaba iba pensando porque no se habían metido en problemas y porque el zorro se había asustado tanto al ver ese facón. Tomo aire para preguntarle ¿de donde había salido eso? Pero antes que pronunciara algo su amigo le grita.

- ¡¡Cuidado!! -

Adelante, en el comienzo de un puente estaba parado un caballo blanco que los miraba fijo y se mantenía inmóvil, venían muy rápido como para frenar y el que manejaba pego el volantazo para esquivarlo, la van empezó a coletear, se fue contra la baranda y cayeron en un rió hondo. La Dodge, luego de estrellarse contra el agua, se dio vuelta y se empezó a hundir lentamente, los dos se habían puesto los cinturones de seguridad antes de que el inspector los parara, pero estaban en shock por el gran golpe y no reaccionaban, solo estaban inmóviles en sus asientos que apuntaban hacia arriba y por el parabrisas se podía ver un extremo del puente, las barandas rotas y las nubes.

Los dos estaban ya bajo el agua y lo último que alcanzaron a ver fue un gaucho parado en el borde del puente, que observaba como los ladrones se hundían en el fondo del río.
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Por: Martin