domingo, 28 de febrero de 2010

Las noches de rock con súperman (Cap. XV)

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Súperman se despierta, entreabre los ojos varias veces hasta que consigue mirar, y lo que ve, es que no sabe donde está. Usa las manos, para tantear entre la oscuridad, y ver qué hay a su alrededor. Está dentro de un auto. Cómo llegó ahí, es algo de lo que no conserva ningún registro. Mientras se lo pregunta un tipo que está parado en la calle mirándolo asombrado, trata de rescatar algún vestigio del deambular de su cuerpo esa noche, pues es claro que su alma nunca lo acompañó.

Yo me encontraba en una fiesta, en una casa bastante transitada y poco habitable. Protocolarmente se les llama cócteles, pero donde yo me encontraba no tenía nada de cóctel, más que el que servía de vía de escape y se mezclaba con algunos licores. Había muchos seres extraños, que disimulaban entrar en conocimiento mutuo conmigo y con otras personas. Iban y venían toda la noche, de acá para allá, seguían y seguían, no comprendían, reían, gritaban, sentían, que flotaban, no sentían, ni la cara. Uno se acercó y me dijo que se le congelaba la mano, que su bebida estaba demasiado fría, esa bebida que estaba en ese vaso vacío que sostenía. Qué podía hacer, más que reír, y tratar de disfrutar algo de todo aquello. Observaba, siempre fui de aislar detalles, y ante todo, los detalles de aquellos sujetos que en el fondo de alguna casa, o mimetizados entre los demás, están solos. Y fue así que uno, después de estar un rato cantando, tambaleando, con los ojos cerrados, los abrió de golpe y quedó inmóvil, miró a su alrededor, no comprendió qué pasaba, y salió al patio a ver quién era. Yo lo seguí, con mi botella caliente, dejando al de la mano congelada contemplando su vaso vacío, y me acerqué. Estaba afuera viendo el cielo, trastabillaba un poco, parecía rodeado de personas que jugaban con su cuerpo a empujarlo sin dejarlo caer.

-Estás bien?- le pregunté, y se sorprendió nuevamente.

-Estoy como me ves- me dijo, y volvió la mirada al cielo. Sonreía.

-Por lo que veo estás feliz, demasiado feliz-.

-Demasiado es poco- me dijo, y entró a la casa, atravesó la sala, chocó varios cuerpos, derramó el néctar, el cóctel, de algunos en el suelo, se ligó un par de golpes, y salió de la casa, como vino, tambaleando.

Cuando recobró algo de conciencia en el auto, y el hombre lo ayudó a darse cuenta de su condición, comenzó a recordar algo de esa noche.

-No te lastimaste?- le preguntó ese hombre desconocido.

-Por qué habría de lastimarme, yo no me lastimo-, le contestó eufórico.

-Mirá tu auto loco, está destrozado- le insistía ese desconocido, en que accediese a la realidad, que se diera cuenta de que había chocado contra una columna.

-Ah si, el auto, parece que se rompió no?- y comenzó a reírse. –Qué le vamos a hacer-.

Y se fue caminando, no sin antes preguntarle al desconocido en qué zona de la ciudad estaba, por qué calle debía irse, y algunos otros datos necesarios para encontrar algún rumbo. La noche era tremendamente silenciosa, él sabía que no estaba ni cerca de los lugares agitados que solía frecuentar. Todo el mundo dormía y él en la calle, trataba de salir de allí.

Mientras llegaba a su casa, ya habiendo amanecido, alguien lo observaba desde el otro lado del portón, le preguntaba por el auto, y no conseguía respuesta. Pensaba que tal vez se lo había olvidado, como tantas otras veces. A veces las personas de su casa se alegraron de que se olvidara del auto, sino quién sabe qué le ocurriría. Pero esta vez no se lo había olvidado, sino que lo había chocado y dejado allí donde ocurrió el accidente. –Se lo dejé a un tipo allá lejos, como a veinte cuadras de acá, por esa calle, derechito nomás. Lo tiene el tipo-, repitió unas tres veces más hasta que llegó a la habitación y cayó rendido en la cama.

Cuando yo estuve con él en el patio me ofrecí para llevarlo a su casa, pero me dijo que no tenía casa, que no tenía hogar, que no tenía lugar en este mundo, que no sabía cómo hacía para sobrevivir a la gente, pero que le iba bien, porque todavía estaba vivo. –La verdad que no sé cómo hago para vivir conmigo mismo-, me dijo, y era lo que muchas otras personas pensaban, pero nadie lo entendía. –Lo que pasa es que yo mismo no soy yo, entendés, entonces no me conozco, y no tengo necesidad de vivir conmigo mismo, o algo así- y se reía, cuando llegaba a nudos como esos, se reía porque seguramente en su pensamiento entendía algo, pero no lo podía expresar en palabras, y eso tal vez le era cómico, como un enano tratando de pegarle en la cara a un hombre de casi dos metros.

Tenía pocos amigos, o no los tenía, y cuando algo así le pasaba, nadie se lamentaba su suerte, ni mucho menos se preocupaba por él. A sus “conocidos” sólo les causaba mucha gracia todo lo que le acontecía. Pero si había Uno que era algo parecido a un amigo. Uno con quien hablaba de sobra, a quien visitaba siempre que podía, para contarle de su vida, y saber de la de él, que era un florista que vivía en la misma esquina donde comercializaba algo más que flores. Un hombre que nunca tuvo la preocupación suficiente como para ir a la escuela, a la universidad, o tener un empleo y comprarse una casa, un auto, un televisor, y alguna que otra cosa consumible como una necesidad. Un hombre que se relacionaba con los perros callejeros como con los amigos del club.

Yo mismo tuve varias conversaciones con el florista, en las noches en que debía volver hasta mi casa y esperaba el colectivo en la parada de la esquina de en frente. Si uno no seguía su consejo, podía estar más de dos horas esperando un colectivo que nunca venía. En eso consistía una parte mínima de su saber. -Y a mí quién me manda a vivir en la calle?- Concluyó una vez que me hablaba desde la esquina, enojado, pero riendo de esa forma en la que la risa es una expresión de impotencia. Se quejaba del calor agobiante del gran horno de cemento en el que vivimos.

Y quién lo mandó a vivir allí? Y quién nos manda a nosotros a amontonarnos de a millones en reducidos espacios, y de tan reducidos, que nos obligan a vivir hacia arriba o hacia abajo. La “falta de lugar”, es una característica del hombre moderno. Sino por qué tendría que vivir en la calle el florista?

Me pregunto qué tipo de representaciones elaborará su cerebro, como para molestarse o preguntarse por su condición. Tendrá algo que ver la corteza cerebral en esta cuestión? Y si no fuera porque muchos otros tipos como él, pero con más “posibilidades” (como dicen los que ostentan el poder de darlas) tuviesen lo que tienen, es decir más que una mesa de madera, unos baldes de pintura con agua y flores, un colchón, y algunas vestimentas, él tendría que lamentarse por vivir en la calle? Tal vez el vivir en la calle fuera natural si no nos hubiéramos embarcado en esta carrera por tener. Pero cómo va a serlo, si la calle existe gracias al hombre que “tiene”, y que la ha construido para que todo lo que ostenta circule por allí. Tal vez por eso a algunos de los que tienen, les moleste que en sus calles, haya tipos como ese que vende flores. Tal vez por eso, una vez que iba caminando por la vereda, llegando a la esquina, tuve que ver que unos cuantos policías se lo llevaban. Por qué habrían de considerarlo un criminal o un delincuente? Quién lo habría denunciado? Qué habría hecho? Pues bien, no creo que haya hecho nada malo, sino todo lo contrario, él no hizo nada, pero no hizo nada de lo que se supone debería haber hecho.

Súperman, está de más decirlo, se encontraba bastante enojado por aquella injusticia cuando se lo conté.

-En tales estupideces consisten las leyes de la sociedad- me decía, -en la que un florista independiente, libre de todo impuesto, es considerado y nominado como un desacatado, y merece, igual que un delincuente o un asesino, estar encerrado. Ya que encierren sujetos es una idiotez, todo gracias a los imbéciles que proclamaban al ser humano como un ser libre, qué animales! Ahora se castigan quitándose algo que no tienen, te das cuenta que animales?-. Era una de las pocas veces en que lo veía realmente alterado en su tranquilidad.

-Le sacan lo único que sabía hacer, que consiguió con esfuerzo, aguantando esos ojos perversos que lo miraban como un pobre loco. Se lo sacan para darle tres comidas diarias, ropa limpia, aparte de los paseos por el patio una vez por día, y una ducha fría. Pobre hombre, pobre hombre, qué animaladas tiene que soportar!-. Mientras yo me apenaba por la privación de la libertad del florista, por la confiscación de su mesita de madera, sus baldes y flores, su colchón, su ropa; lo peor, pensaba yo, era que había perdido el contacto con sus más cercanos seres. Y puedo asegurar que esa esquina era la única en el planeta donde se observaban perros con rostros tristes, de no entender qué pasó, aullando por su ser humano más querido. Súperman fue varias veces a pasar las tardes allí, conversando con ellos, recordando al florista con alegría, riendo de sus bromas cotidianas, de sus frases irónicas, de su sonrisa arrugada. Pero al final de la tarde, era inevitable, la ausencia del florista baldeando la esquina, conversando con los vecinos que volvían de trabajar, dándoles algo de alimento a sus perros, les era insoportable, y nada que súperman hiciera o dijera para entretenerlos podía con la nostalgia. Tenían necesidad verdadera de mover la cola para él, de marcar el territorio para él, de cuidarlo, y recibir las caricias. Desorientados, abandonados, se iban a pelear con otros perros, marcando territorio y buscando en todas las esquinas al florista, que lamentaba durante la caminata por el patio haber dejado solos a sus perros, extrañando la calle, y las raras historias de súperman, que según él pensaba estaría en alguna casa, entre mucha gente, tambaleando, pensando muy rápido, totalmente separado de lo que lo rodeaba, teniendo algo importante para decir, y sin nadie que lo escuche verdaderamente.

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Por Chespi

sábado, 13 de febrero de 2010

Las cuerdas equivocadas

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Estuvo diez minutos sentado en ese cordón con los pies en la tierra mientras el cigarrillo se consumía lento, siempre mirando hacia esa casa vieja. Le gustan las casas viejas, dentro de ellas uno puede vivir mejor. Esas que tienen un patio interior y en el medio una mesa redonda con un par de sillas simples, se podría tomar unos mates y hablar despacio de mañana o tarde y seguramente seria mejor vivir en un lugar así.

Pensaba en eso cuando se dio cuenta de que esa casa vieja era una compraventa. Una compraventa en medio de este pueblo debe tener algo interesante, en realidad siempre pensaba eso cuando veía uno de estos lugares, pero muy pocas veces se metía a investigar. Se levanto, su amigo estaba mirando como el mecánico arreglaba la camioneta, y se fue directo a la gran puerta de madera. Las calles estaban desiertas y el sol rajante, entro. No había ningún patio interior, todo lo contrario, era un gran lugar lleno de cosas ocultas en la oscura humedad. Desde que cerró la puerta y sus ojos se acostumbraron al ambiente, sintió que ahí dentro habitaba en cada rincón de esa geografía uniforme, una personalidad única, ese lugar era como un mundo olvidado, como una gran caja de fotos viejas almacenada en el fondo de un sótano. Eso le gusto y mientras observaba una imponente araña con sus velas amarillentas, hacia sonar sus palmas para verificar si había alguien allí. Nadie contesto, el estaba solo dentro de ese mundo acustizado por curiosidades.

Luego de recorrer en silencio el lugar, luego de reflejarse en los espejos de muebles antiguos con sacos y sombreros de época, luego de abrir libros y hacer pasar sus paginas rápidamente para oler ese olor a viejo, el la vio. Escondida en una esquina detrás de una radio gigantesca había una guitarra, una guitarra oscurecida por el tiempo y curtida por quien sabe cuantas noches de recios acordes. Sin pensarlo la tomo, la afino rápidamente e improviso un tímido folclore. Fue el sonido mas sincero que haya escuchado salir de un instrumento. La tomo y apurado se fue al frente, había decidido comprarla aunque se quede sin dinero, golpeo las palmas con fuerza esta vez, pero nadie se acerco. Miro por la ventana y no vio el pueblo ni el taller ni a su amigo, lo único que vio fue un interminable campo seco. Se desespero y salio afuera con la guitarra en mano y cuando dio el primer paso en la tierra se hundió en lo que parecía un lago oscuro con una superficie de tierra. Se hundió lentamente observando como se alejaba de los cimientos de la casa, que ahora no era mas esa gran casa antigua, era un simple rancho con un joven ombú a un costado. A eso de los quince metros su espalda y la guitarra golpearon con el fondo del lago, lo único que se veía era el rancho y el árbol en la superficie. No lograba comprender lo que estaba pasando, estaba tieso, recostado en el fondo y podía respirar. Empezó a escuchar el galope de un caballo que se acercaba con fuerza, miro hacia el costado desde donde venia el sonido y vio al caballo blanco y un gaucho bien curtido arriba. Se dio cuenta en seguida, el gaucho sabia que su guitarra había sido robada y estaba encrespado con el facon en mano listo para liquidar. Mudo en el fondo estaba el con su guitarra, mientras se daba cuenta con terror que el caballo blanco lo estaba mirando fijo. El gaucho se dio cuenta que su caballo miraba fijo hacia abajo, y se quedaron mirando los dos hacia donde estaba el acobardado en el fondo. El gaucho se bajo con calma de su caballo, se dirigió hacia el árbol, clavo su facon en el tronco y miro hacia abajo, lo miro directamente a los ojos por unos segundos, monto su caballo y se alejo al galope con calma. Cuando no lo vio mas empezó a nadar hacia la superficie y cuando salio, piso la tierra firme y ahí estaba el pueblo, ahí estaba la camioneta y su amigo charlando con el mecánico. Miro hacia el costado, ahí estaba el gran ombú y en su tronco el viejo facon enterrado. Volvió dubitativo al taller con el facon en su cintura y la guitarra en sus manos.

Su amigo lo vio llegar con la guitarra y le pregunto de donde la había sacado. El solo contesto que la había conseguido en una compraventa.

Cuando la Dodge arranco no tardaron en salir del pueblo, estar de nuevo en la ruta era el aire fresco. Las rutas verdes del interior se dejaban pasar con tranquilidad pero también había que tener mucha paciencia, para este par de ociosos no había ningún problema con eso, lo que importaba era conseguir dinero para la comida y el gasoil, todo lo demás era bienvenido.

Se metían en donde se les antojaba, a veces no estaban de acuerdo en meterse en tal lugar o ciudad pero se llevaban muy bien y enseguida llagaban a un acuerdo.

Lo que hacían en cada lugar donde caían era tocar, un cajón peruano y una guitarra acústica era lo que usaban para hacer sus canciones, algo así como una mezcla bastante agitada entre el rock, el funk y el folklore. Pero ahora con la nueva guitarra sonaban diferente, había un groove que se intercalaba en sus canciones como una enredadera de pegamento, con esto las cosas empezaron a cambiar, con esto la calle quedo en segunda y los bares y las casas de cultura quedaron al frente.

El no podía evitarlo, y aunque le molestara, siempre, en algún momento de la tocada, se le venia la imagen del facon, que estaba guardado en la guantera de la Dodge.

Tierra negra, tierra colorada, yuyos cortos y largos, calor, mucho calor, olor a lluvia, viento fresco, oscuridad, monte, luces solitarias en el medio del bosque, santuarios, ofrendas, hoteles baratos, heladerías artesanales, carros con caballos, cervezas, mas cervezas, humo, gente humilde, gente asquerosa, gente tonta, personas que ninguno de los dos trataría de olvidar, mujeres imposibles, mujeres irrepetibles, invitaciones de las mejores, decisiones pelotudas, mediodías imposibles, el perro bruno, mate en cualquier sombra, viejas en las veredas, pibes en bicicletas, baños de estaciones de servicio, puentes que metían miedo, arroyitos, la Dodge empantanada, la Dodge a 150, el techo de la Dodge y las fractales nubes gigantes de los sábados, el mejor viaje en cualquier parte del interior.

Una noche bastante fresca y llena de nubes se deslizaban por una ruta bastante rustica cuando de golpe empiezan a ver a lo lejos lo que parecía ser una casilla y un patrullero al costado de la ruta, el inspector de transito con su campera fluorescente les hizo señas para que se detengan, como no era la policía no tuvieron problemas.

Era muy joven y tenia aspecto de ser de la zona, tenia pinta de ser alguien tranquilo, de pueblito, pero dada su profesión debía ser bastante firme con su actitud.

- Permiso para conducir por favor –

- Sírvase – después de entregarle el permiso se dio vuelta y miro a su amigo, los dos se rieron disimuladamente.

- Cedula verde - Pregunto con ganas de que no existiera.

- Está en la guantera, espere un segundo - Se inclino para abrirla y cuando apretó el botón se abrió bruscamente la puertecilla y se pudo ver el facón iluminado por la luz de la guantera. El que manejaba miro a su amigo como preguntando ¿Qué mierda es eso? Pero no alcanzaron a decir nada que el joven inspector irrumpió el momento.

- ¡¿Que hacen ustedes con eso?! -

Se lo veía muy nervioso y con miedo, el que manejaba no entendía nada y el otro solo estaba en silencio.

- Váyanse de acá, ¡desaparezcan! -

Les tiro el carné por la ventana dio media vuelta y se fue directo a la casilla.

La Dodge puso primera y arranco lentamente, hicieron casi dos kilómetros en silencio mientras el que manejaba iba pensando porque no se habían metido en problemas y porque el zorro se había asustado tanto al ver ese facón. Tomo aire para preguntarle ¿de donde había salido eso? Pero antes que pronunciara algo su amigo le grita.

- ¡¡Cuidado!! -

Adelante, en el comienzo de un puente estaba parado un caballo blanco que los miraba fijo y se mantenía inmóvil, venían muy rápido como para frenar y el que manejaba pego el volantazo para esquivarlo, la van empezó a coletear, se fue contra la baranda y cayeron en un rió hondo. La Dodge, luego de estrellarse contra el agua, se dio vuelta y se empezó a hundir lentamente, los dos se habían puesto los cinturones de seguridad antes de que el inspector los parara, pero estaban en shock por el gran golpe y no reaccionaban, solo estaban inmóviles en sus asientos que apuntaban hacia arriba y por el parabrisas se podía ver un extremo del puente, las barandas rotas y las nubes.

Los dos estaban ya bajo el agua y lo último que alcanzaron a ver fue un gaucho parado en el borde del puente, que observaba como los ladrones se hundían en el fondo del río.
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Por: Martin

martes, 2 de febrero de 2010

Presentimientos sobre un viaje

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Son las 17:00 hs. justo cuando veo, siento y presiento, lo que ocurrió y ha de ocurrir.
Relamianse mis tripas, se avecinaba el escape. Algo parecido a la angustia apretaba el pecho, decía que no le era yo inmune a lo que venia. Iba a ser mas o menos así.
Saldría con unos cuantos otros como yo, a la hora indicada en el boleto. Horarios, trasbordos, asientos, equipajes, días, personas, lugares, kilómetros, todo y absolutamente todo numerado, calculado, cifrado, como por alguna matemática ordenadora del mundo, de la realidad, esa de la que algunos aun intentan escapar, incluso en este viaje que se formó por alguna atrocidad del destino.
Entonces partimos, y fue la ruta, fueron las paradas, la casa de algún amigo lejano pero cercano, el centro de alguna ciudad de pasada, compras, más números: 17:30 hs., asientos 46, 47, 48, 49, 50, 51, 52, etc., un vehículo con 64 pasajeros, individuos, personas, mucha gente para un lugar tan limitado, tan numerado.
Otro país, otra gente, otro lenguaje, otro dialecto, tonada, costumbres, y hasta otra mirada en el trato. Las ciudades y sus formas, sus disposiciones, sus historias, y aquellos que cargan con las propias historias, que se avecinan a transitar aunque sea una mañana de lluvia, con algunos mates, unas dos horas. Las terminales y la espera, la peor parte de nunca llegar a destino.
Por fin el aviso, la parada indicada en el boleto, el pueblo anhelado, la tierra, el pasto, la arena, el mar, la parada del primer destino. Bajada apresurada, carga de equipajes al hombro, sueño, y la incertidumbre de estar en un lugar remoto y desconocido, donde casi no se advierten los números. “Qué hacemos” es lo mas oído, lo que evoca que hay que hacer algo, ir a algún lado, en vez de estar parados en la calle. Ahora si, a buscar un techo. Pueblo manso, sin demasiadas preocupaciones por llenarse de asfalto o cemento, por iluminarse con la electricidad, o por llenarse de vidrieras, telones de una cultura que va en detrimento y que se intenta alejar lo más posible de este lugar que dicen se llama Valizas. Un lugar donde lo sucio todavía no causa tanta repugnancia, o se ha hecho costumbre, o como gesto reaccionario nunca se ha apagado. Las calles terminan en la nada, o en alguna casa, algún rancho, alguna cabaña, hecha mas o menos con una arquitectura bastante rustica, sino algo desprolija y malhecha. Un grupo de borrachos anima la llegada de los turistas desde la placita central, un triángulo apenas más grande que el patio de alguna casa. Ellos representan el comercio de la zona, el que buscan todos afuera de los almacenes y despensas. Se dificulta conseguir techo, caminamos todo el pueblo, con un mapita hecho por algún extranjero con nombres, no de calles, sino de personas. Entonces por esta calle, doblando a la izquierda, buscas a Teresa, y no la avenida San Martín. Al final de una hora ya teníamos caminado el pueblo entero, y conseguido un techo, una cama, un baño, una cocina, eso que es tan común para nuestra cotidianeidad, nos causó tanta alegría conseguir, supongo que no podemos abandonar ciertas cosas del “estilo de vida”, ese patrón que en la ciudad mide la miseria. Se abre el cielo, el sol nos quema la nuca y los antebrazos, es hora de dejar la ropa e irse al mar.
Caminamos una cuadra, subimos un médano, tal vez dos, llegamos a la orilla, dejamos las cosas tiradas en el piso, y sin ninguna otra preocupación, corrimos en una carrera hacia las olas. Un salto, dos, y caímos derribados por una rompiente, el frío del mar, nos recibe, y le damos un buen abrazo, estrechamos nuestros cuerpos, y las tripas dejaron de relamerse: por fin llegamos, a esos momentos de la vida que nos hacen sentir de algún modo aproximado la felicidad, el llegar a destino en un viaje. Y una vez en el lugar donde consiguiéramos techo, me hubo de dar la certeza de que el comunismo es mas un estilo de vida que crea política, antes que una política que crea estilo de vida: la comida, las habitaciones, los baños, los patios, las mesas, las sillas, los utensilios de cocina, la comida, el agua, el alcohol, el tabaco, la residencia, y la vida, se comparte, se vivencia en grupos humanos, formados al azar o con antelación. Da igual, el hecho es que no hay otra forma de ser en este lugar.
La noche es oscura, naturalmente, da toda la impresión de que ahí es donde estuvieron tantos creadores de mitos e historias sobre las cosas que anidan en la oscuridad. Y cuando se ve bien no hay más que personas, gente, individuos, caminando por las calles, bebiendo, fumando, riendo, cantando, gritando, bailando, todo espontáneamente, deliberadamente, ya no hay números que representen a nuestros equipajes ni a nosotros, somos otra vez nombres, apodos, caras, imágenes, cuerpos, danzando, fumando, bebiendo, cantando, gritando, en la oscuridad, dejando en cada paso por esas calles, algo más que un rastro imperceptible, bajo ese cielo que aumenta cuando no hay luz humana, el mar de noche: “La oscuridad, cerca de mí hoy, tus ojos son el sol. Viento lunar, en tu respiración, i live in paradise”.
Nuevamente el día, el colectivo, el equipaje al hombro, cosas de viajantes, cansados de descansar, partimos hacia destino final, pero esta vez sin numero, parados en un colectivo lleno de incontables personas.
-Es una casa con techo azul- nos indicaron, -está en la entrada-. Y ahí estaba, mirando hacia la ruta, a ver cuando llegábamos. Traíamos encima mucha oscuridad, mucha aceleración, poca realidad, y esa casa nos dijo que deberíamos de sentarnos a descansar, y sin dudarlo, algunos se acostaron donde hubo lugar, con la brisa que traía al mar consigo, la primer siesta afortunada y cómoda en mucho tiempo. Este lugar lo llaman Punta del Diablo, y según cuentan aquí una viuda hubo de sufrir el infortunio, la consecuencia, de un naufragio, la pérdida de su amor, a quien esperó por mucho tiempo en una casa, que se convirtió en faro, alrededor del cual emergió un pueblo pesquero, y hacia el cual emprendimos el escape.
Lo presentí, el paisaje era abrumador, el sol parecía estar a mil metros encima nuestro, no había nubes, y la tranquilidad era suprema.
Son las 19:30 hs., debo irme, el colectivo parte a las 21:00 hs., tengo el asiento numero 42, ya tengo ahorrado un poco de humor, y algo de dinero, me voy al mar, mis tripas se relamen.

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Por Chespi