domingo, 28 de febrero de 2010

Las noches de rock con súperman (Cap. XV)

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Súperman se despierta, entreabre los ojos varias veces hasta que consigue mirar, y lo que ve, es que no sabe donde está. Usa las manos, para tantear entre la oscuridad, y ver qué hay a su alrededor. Está dentro de un auto. Cómo llegó ahí, es algo de lo que no conserva ningún registro. Mientras se lo pregunta un tipo que está parado en la calle mirándolo asombrado, trata de rescatar algún vestigio del deambular de su cuerpo esa noche, pues es claro que su alma nunca lo acompañó.

Yo me encontraba en una fiesta, en una casa bastante transitada y poco habitable. Protocolarmente se les llama cócteles, pero donde yo me encontraba no tenía nada de cóctel, más que el que servía de vía de escape y se mezclaba con algunos licores. Había muchos seres extraños, que disimulaban entrar en conocimiento mutuo conmigo y con otras personas. Iban y venían toda la noche, de acá para allá, seguían y seguían, no comprendían, reían, gritaban, sentían, que flotaban, no sentían, ni la cara. Uno se acercó y me dijo que se le congelaba la mano, que su bebida estaba demasiado fría, esa bebida que estaba en ese vaso vacío que sostenía. Qué podía hacer, más que reír, y tratar de disfrutar algo de todo aquello. Observaba, siempre fui de aislar detalles, y ante todo, los detalles de aquellos sujetos que en el fondo de alguna casa, o mimetizados entre los demás, están solos. Y fue así que uno, después de estar un rato cantando, tambaleando, con los ojos cerrados, los abrió de golpe y quedó inmóvil, miró a su alrededor, no comprendió qué pasaba, y salió al patio a ver quién era. Yo lo seguí, con mi botella caliente, dejando al de la mano congelada contemplando su vaso vacío, y me acerqué. Estaba afuera viendo el cielo, trastabillaba un poco, parecía rodeado de personas que jugaban con su cuerpo a empujarlo sin dejarlo caer.

-Estás bien?- le pregunté, y se sorprendió nuevamente.

-Estoy como me ves- me dijo, y volvió la mirada al cielo. Sonreía.

-Por lo que veo estás feliz, demasiado feliz-.

-Demasiado es poco- me dijo, y entró a la casa, atravesó la sala, chocó varios cuerpos, derramó el néctar, el cóctel, de algunos en el suelo, se ligó un par de golpes, y salió de la casa, como vino, tambaleando.

Cuando recobró algo de conciencia en el auto, y el hombre lo ayudó a darse cuenta de su condición, comenzó a recordar algo de esa noche.

-No te lastimaste?- le preguntó ese hombre desconocido.

-Por qué habría de lastimarme, yo no me lastimo-, le contestó eufórico.

-Mirá tu auto loco, está destrozado- le insistía ese desconocido, en que accediese a la realidad, que se diera cuenta de que había chocado contra una columna.

-Ah si, el auto, parece que se rompió no?- y comenzó a reírse. –Qué le vamos a hacer-.

Y se fue caminando, no sin antes preguntarle al desconocido en qué zona de la ciudad estaba, por qué calle debía irse, y algunos otros datos necesarios para encontrar algún rumbo. La noche era tremendamente silenciosa, él sabía que no estaba ni cerca de los lugares agitados que solía frecuentar. Todo el mundo dormía y él en la calle, trataba de salir de allí.

Mientras llegaba a su casa, ya habiendo amanecido, alguien lo observaba desde el otro lado del portón, le preguntaba por el auto, y no conseguía respuesta. Pensaba que tal vez se lo había olvidado, como tantas otras veces. A veces las personas de su casa se alegraron de que se olvidara del auto, sino quién sabe qué le ocurriría. Pero esta vez no se lo había olvidado, sino que lo había chocado y dejado allí donde ocurrió el accidente. –Se lo dejé a un tipo allá lejos, como a veinte cuadras de acá, por esa calle, derechito nomás. Lo tiene el tipo-, repitió unas tres veces más hasta que llegó a la habitación y cayó rendido en la cama.

Cuando yo estuve con él en el patio me ofrecí para llevarlo a su casa, pero me dijo que no tenía casa, que no tenía hogar, que no tenía lugar en este mundo, que no sabía cómo hacía para sobrevivir a la gente, pero que le iba bien, porque todavía estaba vivo. –La verdad que no sé cómo hago para vivir conmigo mismo-, me dijo, y era lo que muchas otras personas pensaban, pero nadie lo entendía. –Lo que pasa es que yo mismo no soy yo, entendés, entonces no me conozco, y no tengo necesidad de vivir conmigo mismo, o algo así- y se reía, cuando llegaba a nudos como esos, se reía porque seguramente en su pensamiento entendía algo, pero no lo podía expresar en palabras, y eso tal vez le era cómico, como un enano tratando de pegarle en la cara a un hombre de casi dos metros.

Tenía pocos amigos, o no los tenía, y cuando algo así le pasaba, nadie se lamentaba su suerte, ni mucho menos se preocupaba por él. A sus “conocidos” sólo les causaba mucha gracia todo lo que le acontecía. Pero si había Uno que era algo parecido a un amigo. Uno con quien hablaba de sobra, a quien visitaba siempre que podía, para contarle de su vida, y saber de la de él, que era un florista que vivía en la misma esquina donde comercializaba algo más que flores. Un hombre que nunca tuvo la preocupación suficiente como para ir a la escuela, a la universidad, o tener un empleo y comprarse una casa, un auto, un televisor, y alguna que otra cosa consumible como una necesidad. Un hombre que se relacionaba con los perros callejeros como con los amigos del club.

Yo mismo tuve varias conversaciones con el florista, en las noches en que debía volver hasta mi casa y esperaba el colectivo en la parada de la esquina de en frente. Si uno no seguía su consejo, podía estar más de dos horas esperando un colectivo que nunca venía. En eso consistía una parte mínima de su saber. -Y a mí quién me manda a vivir en la calle?- Concluyó una vez que me hablaba desde la esquina, enojado, pero riendo de esa forma en la que la risa es una expresión de impotencia. Se quejaba del calor agobiante del gran horno de cemento en el que vivimos.

Y quién lo mandó a vivir allí? Y quién nos manda a nosotros a amontonarnos de a millones en reducidos espacios, y de tan reducidos, que nos obligan a vivir hacia arriba o hacia abajo. La “falta de lugar”, es una característica del hombre moderno. Sino por qué tendría que vivir en la calle el florista?

Me pregunto qué tipo de representaciones elaborará su cerebro, como para molestarse o preguntarse por su condición. Tendrá algo que ver la corteza cerebral en esta cuestión? Y si no fuera porque muchos otros tipos como él, pero con más “posibilidades” (como dicen los que ostentan el poder de darlas) tuviesen lo que tienen, es decir más que una mesa de madera, unos baldes de pintura con agua y flores, un colchón, y algunas vestimentas, él tendría que lamentarse por vivir en la calle? Tal vez el vivir en la calle fuera natural si no nos hubiéramos embarcado en esta carrera por tener. Pero cómo va a serlo, si la calle existe gracias al hombre que “tiene”, y que la ha construido para que todo lo que ostenta circule por allí. Tal vez por eso a algunos de los que tienen, les moleste que en sus calles, haya tipos como ese que vende flores. Tal vez por eso, una vez que iba caminando por la vereda, llegando a la esquina, tuve que ver que unos cuantos policías se lo llevaban. Por qué habrían de considerarlo un criminal o un delincuente? Quién lo habría denunciado? Qué habría hecho? Pues bien, no creo que haya hecho nada malo, sino todo lo contrario, él no hizo nada, pero no hizo nada de lo que se supone debería haber hecho.

Súperman, está de más decirlo, se encontraba bastante enojado por aquella injusticia cuando se lo conté.

-En tales estupideces consisten las leyes de la sociedad- me decía, -en la que un florista independiente, libre de todo impuesto, es considerado y nominado como un desacatado, y merece, igual que un delincuente o un asesino, estar encerrado. Ya que encierren sujetos es una idiotez, todo gracias a los imbéciles que proclamaban al ser humano como un ser libre, qué animales! Ahora se castigan quitándose algo que no tienen, te das cuenta que animales?-. Era una de las pocas veces en que lo veía realmente alterado en su tranquilidad.

-Le sacan lo único que sabía hacer, que consiguió con esfuerzo, aguantando esos ojos perversos que lo miraban como un pobre loco. Se lo sacan para darle tres comidas diarias, ropa limpia, aparte de los paseos por el patio una vez por día, y una ducha fría. Pobre hombre, pobre hombre, qué animaladas tiene que soportar!-. Mientras yo me apenaba por la privación de la libertad del florista, por la confiscación de su mesita de madera, sus baldes y flores, su colchón, su ropa; lo peor, pensaba yo, era que había perdido el contacto con sus más cercanos seres. Y puedo asegurar que esa esquina era la única en el planeta donde se observaban perros con rostros tristes, de no entender qué pasó, aullando por su ser humano más querido. Súperman fue varias veces a pasar las tardes allí, conversando con ellos, recordando al florista con alegría, riendo de sus bromas cotidianas, de sus frases irónicas, de su sonrisa arrugada. Pero al final de la tarde, era inevitable, la ausencia del florista baldeando la esquina, conversando con los vecinos que volvían de trabajar, dándoles algo de alimento a sus perros, les era insoportable, y nada que súperman hiciera o dijera para entretenerlos podía con la nostalgia. Tenían necesidad verdadera de mover la cola para él, de marcar el territorio para él, de cuidarlo, y recibir las caricias. Desorientados, abandonados, se iban a pelear con otros perros, marcando territorio y buscando en todas las esquinas al florista, que lamentaba durante la caminata por el patio haber dejado solos a sus perros, extrañando la calle, y las raras historias de súperman, que según él pensaba estaría en alguna casa, entre mucha gente, tambaleando, pensando muy rápido, totalmente separado de lo que lo rodeaba, teniendo algo importante para decir, y sin nadie que lo escuche verdaderamente.

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Por Chespi

6 comentarios:

Xaj dijo...

Al final, nunca nadie lo escuchò. Que verdad aterradora.

Saluditos locos.

Anónimo dijo...

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cosas que me ponen nerviosa

((Cioran el pirata)) dijo...

nadie dijo que esta vida seria justa...a no sorprenderse. saludos!!!!!

Anónimo dijo...

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