martes, 27 de abril de 2010

Introduccion a una novela policial

Belén prepara el té, como siempre a las 9:30 de la mañana, con dos cucharadas de azúcar, mientras lee por millonésima vez el titulo del libro de turno que reposa sobre la mesa del desayunador. Es un libro especial, casi como todos, pero por poco como ninguno. Su autor es un desconocido: no se le conoce ni la cara, ni el nombre verdadero, sino sólo su seudónimo y una caricatura.


Es el libro mas largo que ha leído, y el que más le ha gustado. Está fascinada con el personaje, un tal Frank, un hombre casi real, que ama a dos mujeres. Si tal vez no fuera porque hace todo lo que piensa y dice, sería un hombre real.

Ella es una artista reconocida, que no usa seudónimo ni caricaturas para esconderse de la idolatría, y quizá por eso, está enamorada de este misterioso escritor, sea quién sea, como sea que sea, y haga lo que haga. Obviamente con tantos elementos desconocidos, una persona es querible sin juicios. Ella piensa que Frank es él, su autor, pero no lo sabe. Está identificada con una de las mujeres que merecen el amor de este personaje, y lo ha confesado públicamente.

Una persona elegante, de actitud fuerte, pero simpática, frecuenta bares, y exposiciones de arte, siempre con algún portafolio, casi siempre cargado de libros. Ha venido a ver la galería de Belén, una decorosa muestra de trabajo arduo y extenso. Está maravillado, siente como si conociera a esta artista de toda la vida. Imagina, al instante en que observa un cuadro de un paisaje rural pintado desde una ventana, que le prepara un té, mientras ella se empeña en captar el color de la luz y la flora que se baña en ella. Uno de los personajes del libro que Belén ama, es artista, y pinta amaneceres y atardeceres, de otoño y primavera. Este hombre se acerca a Belén, un poco disimulado, como si las cosas sucedieran por azar.

-Discúlpeme señorita, pero es usted del todo parecida a Alexia, incluso imagino que alguien se habrá inspirado en usted para componer tan bello personaje-. Belén no puede disimular el asombro, y la alegría, que le causa recibir aquella observación sobre su persona, comparándola con el personaje al cual está identificada y que recibe el mejor amor de Frank, el más sincero, el mas pasional.

-Usted no me va a creer, pero yo me imagino como siendo ella, Alexia, la mayoría del tiempo-. Respondió ella, dándole la mano con una bella sonrisa.

-Perdón, pero es usted quien no me va a creer a mi, que me imagino siendo Frank desde que tengo conocimiento de esa magnífica obra de arte-. Mucho más ingenioso respondió, y ya casi no hacía falta hablar ni invitarse a nada: se tomaron un café en algún bar pintoresco por el cual frecuentaron tantos intelectuales de su ciudad.

Se sentaron y comenzaron a relatarse los fragmentos mas impresionantes del libro, las situaciones mas elaboradas, y los personajes mas sentidos, de cada capitulo, de ese basto libro sobre el amor y la vida, de un hombre que no conseguía acotar su interés a una sola persona, casi un hombre real. Mientras tomaban café, él le confesó estar admirado por su obra, por su belleza, y por su amabilidad en acompañarlo con una taza de café, a él, un desconocido que se la imagina como Alexia. Ella le dijo que no hacía falta agradecer, porque desde el momento en que la puso en lugar de Alexia ya tenía derecho hasta a insultarla. Reían y tomaban el café, se mostraban caras de compasión, de ternura, de felicidad, de tristeza, con cada fragmento del libro que era puesto sobre la mesa. Mantenían una charla ingeniosa y entretenida, casi por naturaleza.

-Y vos a qué te dedicás, aparte de leer mucho?-. Preguntó ella sonriendo, calculadamente, al volver del baño (lo había pensado mientras se lavaba las manos).

-No me lo vas a creer- le dijo él, y se puso serio (ella también) –Soy asesino psicópata, y tengo mucha plata heredada, por eso no necesito trabajar, sólo leer y matar mujeres-. Y ambos soltaron en carcajada, después de tres segundos muy tensos.

-No, en serio. A ver, tenés pinta de ser intelectualoide-.

-Bueno gracias por el insulto, pero no lo soy tanto. No me lo vas a creer, pero soy escritor-. A ella le brillaron los ojos.

-Que bueno! Y qué escribís, novelas? Cuentos? Poesía?-.

-No me lo vas a creer-. Seguía con eso, ella suspiraba como cansada de la repetición.

–Yo soy “El Noctámbulo”- le dijo, poniéndose serio nuevamente (ella también). Ese era el seudónimo del autor del libro que tanto le gustaba a ella. –Te dije que no me ibas a creer-. Le dice mientras se acomoda mejor para lo que viene, la observa, esperando la avalancha de preguntas que ella acumula en silencio con la mirada puesta en el mantel de la mesa.

-Cómo hago para creerte, probalo-. Ya del todo seria, quiere saber si está frente a él o no.

-Bueno es fácil, preguntame lo que quieras sobre mis libros-.

-No- además de que no le interesaba preguntar por sus supuestas obras, eso no le daría la pauta de que estaba frente al verdadero, -mejor decime por qué el noctámbulo, y si sos Frank, el personaje-.

-Bueno eso es porque no consigo dormir en las noches, nada de otro mundo, y porque prefiero estar exento de la fama, que solo trae consigo molestia, vos lo debes saber, sos muy famosa-. Le explicó muy convincentemente que en realidad era sociólogo, pero que no ejercía la profesión, porque le iba bien con la escritura. Que Frank era como él no era, pero que por eso precisamente, se le parecía mucho. Ella comenzó a enredarse entre tantas explicaciones de por qué prefiere el anonimato, por qué Frank es como es, y de cómo es que arma frases tan únicas en las bocas de Alexia y Frank, al tiempo que se las recita casi como si hubieran nacido de él. Helena, el otro personaje, la otra mujer de la novela, permanece ignorada.

-Y te llamás Francisco?- después de preguntar reiteradas veces convenciéndolo de que se lo confiese, -como Frank, pero en castellano!-. Le observa ella alegremente, excitada. Él asiente con la cabeza, sonríe, y sigue demostrando que es quién dice ser, mientras ella se va entregando a la verdad enunciada en esa mesa de café, cuando ya es de noche, y el quehacer los tira a cambiar de lugar, probar un poco de realidad, después de tanta ficción.

A esta altura ya están todos y absolutamente todos los elementos necesarios, sólo hace falta armar el rompecabezas, y es eso lo que el oficial Ramírez trata de hacer, mientras conversa con Palacios, un inspector detective que ha sido asignado para develar el misterioso asesinato de Belén Sunchales, la reconocida artista que apareció muerta en el puente que atraviesa el río y dirige el tránsito hacia la ciudad siguiente. Su cuerpo apareció, o bien fue encontrado, aunque sea mas descriptible la expresión de que un cuerpo aparezca, porque eso es lo que hace un cuerpo: aparece y desaparece... en una rara posición: sentada al borde el puente, con la cabeza caída sobre su pecho, como dormida, sin signos de haber sido violentada. Al parecer murió por envenenamiento.

Una vez descubierto el hecho, gracias al cuerpo, comenzaron a caer hipótesis desde el cielo, de las paredes, de los cuadernos y anotadores de Belén, de sus libros subrayados, de sus cuadros... comenzaron a emerger del sótano los secretos de un cadáver que supo disfrutar de la sublimación de la realidad. Los investigadores se deleitaban con tanto material, se sorprendían por la dedicación de esta mujer para trabajar cuestiones que a veces se dejan un poco de lado, como el compañerismo y el amor que puede sentir un ser humano por otro. Era raro, a Belén le apasionaba el amor que había en un asesino, lo había anotado en su libretita, lo había concluido del libro que la fascinaba. Belén era todo un caso para Palacios, pues no había sospechosos, sólo muchos personajes de libros y cuadros pintados.

El inspector realizó paso por paso las preguntas de rutina: entrevistó amigas, familiares, allegados, colegas, amantes. Nadie sabía nada. Sólo se sabía que se fue con el posible asesino de la galería, a tomarse un café. Según le comentó su coordinadora artística, ella avisó muy entusiasmada que se iría con un hombre, al que vio como muy elegante y buen mozo. -La característica típica de los psicópatas-, piensa el inspector, pero cómo averiguar quién era, si lo conoció esa misma noche. Por otro lado no había ningún asesino serial dando vueltas por la ciudad. El último ya estaba cumpliendo condena.

Palacios estaba desorientado, debería pensar mucho y por mucho tiempo para encontrar alguna pista. Debería hallar el motivo por el cual Belén hubo de irse tan entusiasmada con el asesino, el motivo con el cual hubo de convencerla. Fue al bar donde se tomaron el café Belén y su asesino, pero nada. Fue la semana siguiente, el mismo día, a la misma hora, pero no vio ningún hombre elegante entusiasmando a ninguna mujer. Preguntó a la moza, quien habiendo sido la que estuvo de turno aquel día, le comentó que la Srta. Belén, -la “pintora”- (dijo la moza), parecía estar muy alegre y entretenida con aquel hombre. –Hablaban de un libro- le dijo al inspector, que enseguida fue a la casa y buscó entre todos los libros de Belén nuevamente, armándose un lío un tanto mas grande que el que ya tenía. Pero no fue hasta después de leer varios prólogos y varias introducciones que lo vió. Estaba sobre el desayunador, la trampa de Belén, el último lugar donde iría a buscar.

El inspector lo tomó y leyó la tapa, la contratapa, las páginas señaladas por ella, y entendió todo. El personaje del libro, un tal Frank, casi un hombre real, además de estar en una encrucijada amorosa, era cómplice secreto de su único amigo, un hombre obsesionado por una mujer, una artista, a quien asesinó luego de tener un encuentro amoroso con ella.

El inspector sólo leyó hasta donde Belén tenía marcado, casi a la mitad del libro, en la parte donde, como en toda novela policial, un investigador va a la casa de Alexia, la artista asesinada, y encuentra un libro, como él, que dice exactamente lo que estaba ocurriendo.

A esta altura la conmoción es tal que sobrepasa todo intento de describir o narrar, la sensación del inspector, que se pensó siendo el objeto de una especie de conspiración, o de un juego perverso en su contra. A esta altura están todos los elementos para la trama del crimen y una novela policial, pero están escritos, y en el intento de darle alguna comprension a la cuestión, hay un nudo completamente hermético e indescifrable para el investigador. Es el final de la historia real, es decir esta, hasta donde llega Palacios. Belén murió, y habrá que leer el libro para saber cómo sigue la ficción.

Nadie acepta la verdad, ni ante sus ojos... 
 
Por Chespi

3 comentarios:

Xaj dijo...

Belèn buscaba el aura de la obra.

Saludos, locos.

El Tulumbano dijo...

Muy buen blog!!! te felicito... lo iré leyendo de a poco!!!

El llano en llantas dijo...

Nadie acepta la verdad, ni ante sus ojos...

Me tomo el atrevimiento de agregar en calidad de un sincero aporte solo esta pregunta ¿Sera que no podemos renunciar a veces a lo comoda que se vuelve la ceguera que provoca mentirse al uno propio?

Un abrazo desde el LLano en LLantas Chespi...

Keke