martes, 27 de julio de 2010

... Cap. XVI

Ludmila mira el reloj, y aunque no tiene ganas, se levanta, toma sus anteojos, se saca la fina remera blanca, y va a la ducha, a sacarse otro hombre de la piel.

Ludmila odia a las personas que invierten demasiado y ganan poco en el rubro de las relaciones amorosas. Por eso, cada tanto en algún bar, consigue al menor precio algún que otro acompañante, y se lo lleva a la cama, para que no se quede. El placer de la carne le parece sumamente necesario, pero no como para involucrarse en fines de semana con familias desconocidas, divisiones de bienes, contratos, cápsulas de aire compartidas, y compañías constantes. Ella necesita que después de que hagan lo suyo, se vayan, la dejen sola, con su adorable biblioteca y las dos plazas de la cama para ella sola. Desde aquel que se fue sin dificultades, todos deben irse por igual, piensa ella.

Alfredo trataba de escribir, esbozar todas las ideas que le venían de Ludmila, y lo hacía sin orden preciso, sin continuidad, pensaba que en algún momento, todo encajaría como un rompecabezas.

Volvió en algún momento, después de algún tiempo, a su cápsula, sola. Recordó la nota que había dejado reposando sobre la mesita de luz, de la cual resultó una nube de pensamiento que la acompañó durante todo el tiempo que no estuvo en su cápsula.
Le dió toda la impresión de que hacer desaparecer tanto, era fácil para aquel que se fue, pero resultaba que no lo era para ella. Pues bien, resulta que no lo es, ella lo sabe, lo piensa a cada rato.
Por un lado sabe que tiene que dejarlo ir, es inevitable. Pero por otro quisiera pedirle que no apure por favor, a menos que ella ya esté llegando tarde, y hace ya tiempo que sus mundos no tengan ese lugar que en algún momento pensó que era el de ellos.
Que no apure la distancia porque es cruel, siente ella. Más cruel que ese silencio, esa indiferencia con que le da trato, y esa nada en que se ha convertido lo que en cierto punto de lo que pasó, lo fue todo.
Pero que no apure, solamente si no quiere hacerlo (y no por la estúpida razón de que ella se lo pide), el entierro de ese cadáver… todavía respira… todavía siente.

Tiene un eco en la sien, y piensa que “te amo” es la expresión más estúpida que una persona puede darle a otra. Todavía la consideran un regalo, incluso el mejor, qué idiotez. Lo que si es cierto, es que es importante, por lo grave del hundimiento que causa: conduce a lugares desiertos, a ausencias tristes, a guerras interminables.
Cómo puede una persona ser tan desprevenida? Sembrar así una desilusión cual si estuviera regando una planta?
Lo que es peor, cómo puede una persona creer en semejante mentira? Cómo puede aceptar sin protesta una condena tal? Se machaca el cerebro, Ludmila.
Es fácil advertirlo para ella, parece un juego ida y vuelta entre sadismo y masoquismo.
Es increíble ver las cosas descabelladas que alguien puede decir. Pero más impactante es lo que uno pueda callar. Porque claro está, cuando alguien dice que ama miente, y cuando alguien no tiene palabra para pronunciar, no es ni creído ni ignorado, y está en algo que lo sobrepasa, aunque sea ahí cuando se está en presencia de algo que puede parecerse al amor. Al menos a ese que todo el mundo pretende querer alcanzar. Qué cantidad de ingenuos existen en este mundo! Entre ellos, lamentablemente se incluye ella.
Lo cierto, según ella, es que ese amor promete cosas que no hay, a quien no las quiere ni las pide, pero por alguna razón acepta, sin medir consecuencias: pues ahora está en deuda.
En lugar de buscar lejanos planetas, estrellas, fórmulas y sustancias que acomoden las cosas en un orden artificial, debería de buscarse la razón por la cual alguien dice “te amo”, piensa. Incluso se debería ir más lejos, y saber por qué el que lo dice lo hace tan a la ligera, como si no pasara nada luego, más que algunos ratos de alegría, incluso de mal humor: “no todo es color de rosas”. Por supuesto que no, piensa, sigue pensando, pero nadie avisa que absolutamente nada es de ese color. Y piensa que a pesar de todo, hay gente que busca la felicidad en esas dos palabras, qué mediocridad, se enoja.
Establece la conclusión de que el desconocimiento de lo que produce tan grande hipocresía, es algo que forma parte de la estupidez humana. Como el reconocible hecho de que alguien tenga que esperar que otro esté lejos para darse cuenta de que lo quiere cerca. Son cosas que forman parte de esa estupidez que le dio la idea de infinito a cierto científico que entre teorías universales nunca encontró felicidad, que bien sabía cuando teorizaba, que si ha de haber algo inexplicable, es la condición humana, y esa justamente es la condición de un ser estúpido: un ser que provoca poco, que preanuncia demasiado, que se preocupa, que sabe que es imperfecto y lo evidencia justamente cuando pretende disimularlo, que es sumamente egoísta porque trata de colmar su imperfección con el cuerpo de otro alguien, que siendo también un ser estúpido se presta para el juego, y que después de todo el lío, suele irse por alguna estúpida razón, a buscarle sentido a la vida.
Él era cruel, y por eso le decía a ella que la amaba a cada rato, como si un verdugo estuviera advirtiéndole, haciéndole acordar a cada rato, que es su verdugo.
De tanto amasijo de resortes, se hizo un amor mas ruidoso de lo que imaginaban era la cuenta, pero por sí mismo, acabó yéndose, y terminó por hacerlo silenciosamente.
Pensaron pasarla bien, tener algo de comodidad, pero de entrada, desde el preludio, se sabían insuficientes, y sobre todo, descubiertos. No pudieron ni siquiera acobardar las frases, como para que el silencio diera a entender algo, a excepción de los instantes posteriores al sexo. Lo ruidoso era justamente esa nebulosa de estupideces, de resortes oxidados, de “siempre voy a estar”, y era realmente insoportable, insostenible.
-No cuentes conmigo- le dijo él, que no quería ser de esos objetos fácilmente disponibles para llenar cualquier tipo de bolsa, por mas agujereada que esté, y mucho menos para esas bolsas de reciclar.
Ella no era vulnerable, sino que necesitaba serlo. Cada tanto, sabía bien como anidar en esos pozos artificiales de supuestas depresiones, recaídas, no más que gritos, de quien cae por su propia cuenta en trampas, y pide auxilio como si lo necesitara. –Yo te quiero, sin vos no soy nada ni siquiera por un instante- terminó por confesarle, lo que él sabía ya desde que empezaron con el vicio de regar miserias. Realmente ella era algo, un algo construido, un algo merecible, necesitable, un algo que no merecía mucho, pero mucho menos nada. Era algo, algo que no lo dejaba tranquilo, y que aseveraba, a cada instante de su sintomatismo, algo que no puede ser nada.

La noche terminó por serles común, y el tacto, un ingrediente infaltable. Qué más podía resultar accesible a ese “no cuentes conmigo” que le decía al “sin vos no soy nada” que no iba a solventarle ningún tipo de fraude? Sin duda, unos cuantos símbolos irrefutables, evidentes, aún para cualquier cartesiano que diga “no voy a hacer el experimento, no lo necesito”. Era casi obvio, la fórmula regía en cada rincón de esa cama de resortes ruidosos, molida a palos, lo que ahí se pone en juego es mucho más lejano a cualquier ofrenda que un grito al silencio absoluto de otra galaxia.
Eran sacrificios, de los más cruentos, de inmensidades de cadáveres exquisitos y abusados, incluyendo esos del cyber-espacio, esos intangibles esfuerzos por “conectarse”.
-Un día voy a volver-, palabras crueles, amenazadoras, posibles sólo en bocas de seres remotamente fríos, calculadores de días, de tiempos, de necesidades.
-Espero el tiempo que sea necesario- la estupidez humana.



 Por Chespi