lunes, 1 de noviembre de 2010

La duda

-Sacame la duda por favor, porque tengo la certeza inaudita de que te conozco de alguna parte- le dijo él, a ella, que nunca en su vida había visto a alguien de esas características, tan exuberantes, tan coloridas.

Él creía conocer, o mas bien re-conocer, cada detalle de su rostro: la cara fina, nariz puntiaguda, color claro, dientes siempre visibles, un labio más grueso que el otro, el flequillo para ese lado, de ese largo, de ese color, apenas tapando el ojo izquierdo, que era de color marrón claro, casi color miel. Se preguntaba si acaso uno conoce a las personas por sus rostros y nada más. Qué había con la persona que habitaba detrás de esa mirada que no entendía nada? Creía conocerla también? No estaba seguro, pero la certeza de conocerla de alguna parte le afectaba tal y como afecta la certeza: se estaba volviendo loco.
Se encontraban en una localidad del norte, dispuestos por una diagramación típica de pueblo: la plaza central, la iglesia, la escuela, la comisaría, el supermercado, la plazoleta, el correo, la municipalidad, los bares y pizzerías, todo en un radio de diez cuadras. Con la salvedad de que no era ya un pueblo, o no era precisamente lo que se denomina pueblo, pues el pueblo se había extendido, se había multiplicado, y las personas habían hecho lo que hace a las ciudades: se amontonaron. Y lo hicieron tanto que, como en toda ciudad, algunos comenzaron a quedar al margen, literalmente. Entre la basura de la ciudad, y la amenaza constante de inundaciones, los que llegaron tarde al amontonamiento, en las periferias se acomodaron creando otro amontonamiento, dejando huérfano de vida un inmenso campo que se extendía por todos lados, hacia todos lados, casi vacío y como desolado, quién sabe tal vez anhelando unos pasos de hombre. Pero no, pues la sociedad moderna, aparte de ser todo eso que dicen que es, consiste básicamente en el amontonamiento en unos pocos kilómetros cuadrados.
-No sé la verdad, a mi no me pareces conocido, te habrás confundido- le contestó, y lo dejó tambaleante, lo cortó, le hizo sentir un idiota, un lanzado, le hizo sentir que nunca había aprendido a hablar, que no poseía voz, y que el pecho se le llenaba de plomo fundido. Más allá de haber quedado como un desmedido, tal vez desubicado, lo cual no le preocupaba tanto, pues si ella no lo conocía no tendría que enfrentarse a la vergüenza en alguna ocasión futura, quedó desconcertado. Era la primera vez que escuchaba su voz, y tal cosa lo había impactado. Y coincidiendo con la atemporalidad del pensamiento, en una dimensión mucho más compleja que la visible, asoció todo ese rostro con esa voz, con ese cuerpo, en esa vereda, frente a esa vidriera, a unas cuadras de esa plaza, en esa localidad, con esos colores que tenían todas las construcciones, los árboles. Comenzó a re-conocer las formas de transporte más usadas del lugar, abundaban las bicicletas y motos. Los olores a comida frita y tierra mojada, a perfumes baratos en cuerpos que deambulaban por la misma vereda, vestidos de camisas y vestidos, con zapatos, nada de zapatillas ni remeras ni jeans. Recordó un paseo, creyó recordarlo, pero no supo si lo inventaba, por la costanera, un sábado a eso de las cinco de la tarde. Ella estaba de buen humor, lo abrazaba fuerte, lo empujaba, le ajetreaba los hombros, le quería animar, él estaba un poco existencialista en ese momento, y ella trataba de que se alegrara con un paseo por la rivera. Lo llevó hasta donde terminaba el asfalto, descendieron juntos por el pasto, hasta el borde del río, a unos metros de los camalotes, a unos cuantos metros mas de unos pescadores, que entre mates y tabaco, se conversaban sobre chamamés etílicos, sobre los enojos de las patronas, de los patrones, y la liviandad de los críos. En ese momento, en lugar de alcanzar algún vestigio de efímera alegría, recuerda haber alcanzado algo mucho más fugaz, mientras escuchaba a los pescadores a lo lejos, con la vista puesta en el caminito de tierra que se demarcaba en el pasto por el cual descendieron, mientras ella se recostaba en su hombro dejando oler su perfume, alcanzó una sensación de paz, que si tuviera expresión en movimientos, sería precisamente el de las olas del brazo de río que se encorvaba hacia el sur y se perdía entre montes. Se puso en el lugar de la barcaza que cruzaba a lo lejos hacia la isla, con un motor fiel y pundonoroso, no tanto como la madera con la que estaba hecha, y ahí sí, experimentó retoños de alegría, siendo una barcaza como esa, cruzando río, hacia una isla.
Decidió pedirle disculpas a esa mujer que lo miraba como se mira a alguien que aparenta ser raro, con desconfianza de reojo, y al tiempo que abandonaba aquella vida, aquel momento de paz, le dijo –si, me debo haber confundido-.

Por Chespi

3 comentarios:

Luna dijo...

Cosas que resultan disparadoras de recuerdos-


Besos

Caro Pé dijo...

Mui muy bueno Chespi. LE relato está rebueno-

Te cito algo que em quedó grabado:"la sociedad moderna, aparte de ser todo eso que dicen que es, consiste básicamente en el amontonamiento en unos pocos kilómetros cuadrados." y sí es así.

pd:me quiero ir a vivir al campo...
saludos!

Luz dijo...

"... y las personas habían hecho lo que hace a las ciudades: se amontonaron. Y lo hicieron tanto que, como en toda ciudad, algunos comenzaron a quedar al margen, literalmente".
excelentes descripciones, imágenes fuertísimas. con este texto se abren los ojos.
las palabras como fotografía, gustó-me mucho :)