martes, 14 de diciembre de 2010

Por delante (Parte I)

Luz barre el living, piensa en la carta, barre la cocina, piensa en la carta, el pasillo, la carta, el baño, la carta, y cuando llega a la habitación en la que duerme ya ni siquiera sabe qué hizo con la carta, si la envió, si la guardó, o si la borró. Está confundida, a un nivel supremo, la ansiedad le colma el espíritu, su casa la contempla, ella permanece sentada en la cama, con la escoba en la mano. Hace tres días llueve, hace tres días está terriblemente sola. Y encima el tiempo se hace real, se siente, no sabe donde, pero lo siente, tiene un esquema gnósico en su anatomía que recepta el paso del tiempo cuando su espíritu se encuentra en cierto estado, como el de ahora.
Pablo tiene 23 años, cree en las coincidencias de las películas, y en los ángeles. Pero tiene un serio problema… no entiende a las personas… casi nunca.
Disfruta del desorden, pero odia la suciedad. Le dan pánico los túneles, y tiene unas ratas de mascota. Le parece que son seres humanos, y le gustaría tener algunas de ellas de tamaños gigantes para que le construyan una cueva en una montaña, parecida a las que construyen en sus peceras entre las migajas de cartones y maderas.
Todos los días, cuando se despierta, piensa en una sola cosa.
Le gusta demasiado viajar y conocer el mundo, aunque haya salido de su país sólo una vez. Pero su mayor placer es la música, sobre todo la que no conoce.
Durante el día no puede evitar perder el tiempo, desaprovechar oportunidades, sentir ansiedad, y bailar un rato en el living mientras canta desafinadamente.
Todas las noches, cuando se acuesta, piensa en una sola cosa.
Cocina todas las comidas que puedan salir de todas las combinaciones posibles que se puedan preparar con arroz y cebolla. Odia la gente que come carne, es adicto al mate, y fuma en demasía.
Su preocupación es la de todos, pero él es distinto, aunque parezca muy normal… pues ha inventado una nueva forma de fracasar. Hace cinco años se fue a estudiar, trabajar, y malvivir a la ciudad. Pero sólo una vez superado el miedo, dos años después de partir, pudo comenzar a vivir.
En este momento preciso, mientras cae desde el décimo piso de un edificio, nada de eso importa ya…

No importa ya que las coincidencias y los ángeles no hayan llegado, mucho menos no haber conocido El Cairo, o no haberse cuidado la salud dejando de fumar. Ni siquiera importa esa única cosa, aunque fuera la causa original de su ansiedad y hasta de su pasión por la música, así como también de su muerte… su pasión por la muerte.
Pablo tiene apenas 23 años y se está suicidando, no en un rapto de efímera acción sino también en un momento que el juzgó hermoso para hacerlo: es sábado en la noche, hace tres días llueve, y hace tres días que está terriblemente solo. Nunca pensó hacerlo un domingo, pues su odio por el sentido común no le dejaba aceptar que los domingos fueran especiales para ese tipo de acciones, así como también para dormir, o bien estar simplemente aburrido. Nunca pudo encontrar el origen de ese odio, pero le era bien palpable la ira que se esparcía por su rostro cuando las personas daban por cierto cosas que para el no tenían no tenían por qué ser así. Ese mismo aspecto de su vida le había inspirado una ideología de la revolución que consistía en llevarla a cabo por medio de la aniquilación del sentido común: eso que hace que todos piensen que “las cosas son así” para que todo marche mas o menos bien. También por eso inflaba el pecho cuando todos estaban en desacuerdo con él, pues así se conseguía relaciones que comenzaban por el odio, y no que terminaban en él.
El que tenga “apenas 23 años” es algo que también le molestaría escuchar, pues por convención se dice que nadie tiene que, o por qué, matarse a esa edad, ya que se es muy joven y se tiene toda una vida por delante. Cosas que naturalmente le darían tanto asco escuchar que le producirían una arcada. Pues nadie, según el piensa, puede decir lo que es estar dispuesto a morir. Nadie puede entender lo que es que la vida por delante ni siquiera sea considerada como opción. Pues la vida, según siempre lo pensó, era precisamente eso que llevaba a la muerte, y no algo por delante… por delante está una sola cosa, y se puede acortar camino, desde un balcón.
Su idea fue siempre no entrar en el juego, fracasar de entrada. Pero no pudo no recibir educación, no pudo no formar parte de ciertas instituciones, no ser parte del mercado laboral, de las listas de universidades y de deudores de ciertas empresas. No pudo no formar parte del gran fracaso, y en eso consistía su fracaso, en no poder no fracasar, como todo el mundo lo hace. Ha fracasado en su intento de fracasar. Le iba bien, como se suele decir, como suelen decir los que juzgan ciudadanos perfectamente adaptados, en su subsistencia urbana, en sus relaciones interpersonales, a pesar de ciertas discordias, a pesar de su desamor, el fin que lo acechaba era bastante normal, bastante predecible, con una jubilación, deudas, una casa, una familia tal vez. Todo esto, para una persona como él, representaba el fracaso.
Incluso fracasó matándose, pues es un final normal del fracaso, según lo veía. Hasta le parecía que era demasiado patético (tal vez al modo de novela), pero no le quedó otra, o no se le ocurrió nada. Ni si quiera pudo volverse loco, como para tener algo más llamativo, más creativo, a que aferrarse.
Sucede que esa única cosa en la que a menudo pensaba le hizo sufrir ese dramático intento de apresar a la felicidad con un invento. No pudo ni siquiera devenir melancólico, como para que su suicidio tuviera un motivo racional, al menos clínicamente hablando, ya que ese tipo de justificaciones, nadie sabe para qué sirven, o a quién le sirven. Será la fiabilidad de lo que es científicamente sabido? Puede ser que inspire confianza la explicación sobria, más bien soberbia, que da un psiquiatra, del por qué del suicidio de alguien, un hermano, un padre, un tío, una madre. Y ahí no se sabe muy bien ya, -pensando en las religiones, y en el por qué de justificar un suicidio- si la confianza es muy distinta de la fe o no.
Pablo ya se encuentra a unos pocos metros del suelo, del duro cemento inamovible en donde su cuerpo va a desparramarse, y observa unas macetas con plantines en el balcón de una señora, y después una bicicleta en el balcón de abajo, un hombre en bata mirando televisión en el interior del departamento, fumando. Es una de esas noches donde las cajas de zapatos albergan intimidades demasiado tranquilas, donde no pasa nada, donde la muerte es lo que mejor describe esa quietud que le es inherente a las ciudades a altas horas de la madrugada. Pablo no tiene ninguna revelación, no ve ninguna luz, no siente nada, no percibe que su alma esté por irse a alguna parte, tampoco ve algo en el mundo que lo haga comprender ninguna cosa maravillosa. Todo le es más bien risible, y por eso, cuando choca contra el asfalto de la avenida, está sonriendo (tal vez esa fue su revelación), y muere, como era de esperar.
-Pobre chico, se ve que tenía muchos problemas-
-Era bastante antisocial, discutía mucho, siempre estaba generando polémica-
-Era un chico bueno, nunca cagó a nadie-
-Es un egoísta, no quiso compartir sus problemas con nosotros, se mató y nos dejó este gran dolor-
-Si hubiera podido lo hubiera ayudado, pero él no me dejaba, y me prohibió hablar con la familia-
-Hijo que te pasó, hijo por qué me hiciste esto-
-Tenía apenas 23 años, toda una vida por delante-
-Es increíble, terminar así-
-Dicen que no dejó ninguna carta ni nada, ninguna explicación… pobre familia-
-La madre está destrozada-
-Me imagino como deberá estar la familia-
-Hijo… por qué, por qué hijo, por qué… hijo, por qué hijo… hijo mío, por qué-

Por Chespi