martes, 22 de febrero de 2011

Por delante (parte II)


Cinco años atrás Pablo está en una fiesta, sin pensar aún en lo que tiene por delante.
Parece sumergido en un libro, o en una película. El lugar está en un tono rojo, lleno de personas vestidas de negro en su mayoría, a excepción de las que siempre resaltan en un tono verde o violeta. Al lugar se llega entrando en unos pasillos de paredes blancas irregulares, que se abren en otros pasillos que llevan a habitaciones o baños. Y mientras mas se adentra uno en el lugar, mas se percibe la música que suena en el fondo… un tango de antaño, el cual tres parejas bailan en el salón, con tacos, y miradas serias, compenetradas.
Como suele suceder en estos lugares, Pablo no sabe donde ir, donde ubicarse, en qué parte de la escena formar parte de ella. Observa, camina lentamente, parece haber un cumpleaños en una de las habitaciones, hay muchos globos, y una piñata, eso le parece raro. Hay un grupo de personas sentadas en otra habitación, está conversando sobre Aristóteles, le parece repugnante. Sigue caminando, hacia el fondo se ve que hay tres tipos con una guitarra criolla y un cajón peruano, la combinación perfecta piensa, pero cuando alcanza a escucharlos, están cantando reggae. Hasta que encuentra el lugar perfecto: un pequeño patio interno, con una mesita y cuatro sillas. Parece que recién hubo un grupo de personas allí, se observan los envases vacíos, los ceniceros llenos, pero en este momento está deshabitado, es un planeta solitario, y él, el último ser humano vivo. Se sienta, pide una cerveza y dos vasos, siempre pide dos vasos aunque esté solo, es muy perseguido, no quiere que nadie se de cuenta de que está solo.
Enciende un cigarro y comienza a escuchar. Entre el tango de fondo, y bajo un manto rojizo, los que hablaban de Aristóteles ahora están callados, en el cumpleaños se canta el feliz cumpleaños, los del reggae acompañan musicalizando el canto, y los que bailaban tango acaban de volver al planeta tierra. Ciertas personas van y vienen por los pasillos, entran y salen. Se da cuenta de que hay varios registros de lenguaje en el lugar: dos mujeres le hablan en francés, aunque una de ellas es argentina; un alemán no entiende nada a las francesas, entonces, como suele suceder, hablan en inglés. Le piden un cigarro a Pablo, lo vieron sólo, le charlaron un rato, le dijeron de afuera de qué, adentro de qué, qué es afuera y qué es adentro, le dieron mucho asco, por suerte para él se fueron, y se quedó con el alemán. A pesar de que tenía muchas ganas de saber qué carajo hacía un alemán en ese lugar, solamente pudieron intercambiar palabras vacías y malentendidos, además de un buen silencio, durante el cual quedó sonando lo que los tipos del fondo estaban cantando. El alemán le preguntó: -la canción habla de Maradona, están hablando de Maradona-. Pablo le dijo que si, y el alemán le dijo que Manu chao es francés, con un gesto de curiosidad, levantando las cejas. Después de nada, el alemán finalmente se fue, y Pablo quedó tendido en la soledad, ignorando ya todas las conversaciones y músicas a su alrededor, quería entender algunas cosas, mirando el suelo.
En un segundo todo se tornó absurdo, todo, él, el lugar ese, las personas que allí estaban, el espacio físico, y los espacios abstractos. El mundo, el universo, Dios, su cerveza, su cigarrillo, su vestimenta, su casa, la arrogancia de las francesas, su juventud, su vejez, su infancia, la escuela, la universidad, los padres, los vecinos, su vida entera, el tiempo… el tiempo no existe, pensaba, cuando escuchó una voz que, dirigiéndose a él, pedía fuego. Alzó a mirada y la vió, esperando, con una leve sonrisa, vestida de verde, extendiéndole la mano, invitándolo a reaccionar. Le costó tres segundos, una eternidad, darse cuenta de lo que le decía esta mujer, como así también que todo se volviera a tornar real, que todo tuviera sentido, el lugar, las personas, el mundo, el universo, su cigarrillo, su vestimenta, su casa, su vida, su cerveza, su encendedor, ese patio, la sensación en su pecho, en sus dedos, en su boca, lo que veía, lo que escuchaba… el tiempo.
Mientras caía desde el décimo piso, cinco años después, le vino a la mente la imagen de Luz aquella noche, extendiéndole la mano, vestida de verde, pidiéndole fuego, mientras pasaba por el cuarto piso del edificio.
Ella se sentó a su lado, parecía sola también. Pablo le ofreció un vaso de cerveza, le dijo que la estaba esperando, arrepintiéndose de lo que decía ni bien terminaba de pronunciarlo. No se podía contener, estaba hecho un boludo, coqueteaba con ella, que se reía de él, y decidía entrar en el juego, mientras él le escribía en un papel algo y se lo daba, sin decir nada, tomaba su cerveza, prendía otro cigarro.
El papel decía: “escriba una pregunta”. Ella escribió, y se lo devolvió: “estamos en un sueño?”. Pablo se sorprendió, dudó un instante, y contestó escribiendo: “por qué?”. Ella sonrió, escribió: “porque sino es así, estamos en una película”. Pablo: “puede ser, en qué película?”. Luz: “una de Woody Allen… cómo te llamás?”. Pablo: “me llaman Pablo, pero me parece que estamos en un libro de Cortázar”. Luz: “shhhh, no se lo cuentes a nadie entonces”.
Sonrieron luego del juego y observaron el lugar que estaría describiendo Cortázar, el patio, la música, la casa, los pasillos, las personas, el manto rojizo que completaba las expresiones en los rostros y la lentitud con la que todos parecían moverse. Y en eso pasa un hombre vestido con un sobretodo negro y una galera, después uno con un maletín marrón, ven que hay un sillón verde en la habitación abandonada de al lado, y suena un jazz de repente, entre la constante del tango, como un quiebre. Se miran entre sí, se ríen a carcajadas, y tienen la sensación de que todo está perfectamente pensado por alguien, cuando son las cuatro de la madrugada, y empieza a llover.

Por Chespi

miércoles, 2 de febrero de 2011

Yerba


En Corrientes comen tomando tere.
Olvidate.
Si o si con Kurupi,
la de los indios cosechando en el paquete.